Vicente Echerri

Testigo ignorado de una comunidad

Esta semana sepultaron en Miami a Enrique Hurtado de Mendoza y Pola en una deslucida ceremonia a la que sólo asistieron algunos de sus íntimos y sin otras flores que las que llevó su amigo Pedro Yanes por cariñosa iniciativa. Su vida se había ido apagando entre las paredes de una modesta casa de ancianos en la que pasó recluido sus últimos años y sin algunos de los alicientes que habrían hecho más llevadero ese anticipo de la nada que es la senilidad. Enrique no carecía de bienes, pero sus albaceas mostraron un excesivo celo en que los conservara.

Sin embargo, el que muere en el anonimato, tras un exilio de más de medio siglo, no fue un hombre cualquiera, sino el más dedicado y prolijo de los genealogistas, cuyo archivo dedicado al origen y peripecia de las familias cubanas —adquirido hace unos años por la Universidad Internacional de la Florida— se tiene por la mayor contribución contemporánea en ese campo. No hace tanto, la investigadora Alicia García Santana, que tuvo la oportunidad de consultar ese fondo, me dijo que era tan completo y magnífico que ni en Cuba había nada semejante. Las familias cubanas, particularmente las que ostentan una raigambre histórica, pueden contar en esos papeles de Enrique Hurtado asegurada permanencia, cuyo valor se acrecienta en la medida en que nuestro país se desfigura y se envilece por la acción de una tiranía demasiado longeva.

Desde niño, cuando asistía al colegio que los hermanos de La Salle tenían en El Vedado, el prestigioso barrio habanero donde nació y creció, Enrique había mostrado un ávido interés por las familias que habían fundado la nación que prosperaba en torno suyo, nación que, desde luego, era más que el Estado constituido y que excedía con mucho nuestra breve experiencia republicana: linajes de aventureros, de segundones de casas nobles que habían venido a América en busca de fortuna; de curas libertinos que, en algunos casos, habían tenido el decoro de reconocer a sus hijos bastardos; de industriosos burgueses o inmigrantes paupérrimos que, en nuestra tierra pródiga, habían terminado de opulentos indianos; de implacables negreros a quienes enriqueció la trata de africanos y que fueron también generadores de un amplio mestizaje que se asoma en los rasgos de algún vástago de una familia ilustre…

Enrique hurgó sin miramientos en ese pasado cubano, rastreando en archivos públicos y privados, en oscuros registros parroquiales, intentando armar siempre la fascinante cadena de los lazos de sangre que establecían extraordinarios parentescos. Así como la familia es la célula de la sociedad, la genealogía es un ingrediente indispensable de la historia, de suerte que en su largo y minucioso quehacer de genealogista, hizo él una contribución de primer orden a la historia de Cuba (y en alguna medida también de Hispanoamérica) al trazar esa red de infinitos enlaces y proles sobre la que descansan los hechos.

Él se sentía orgulloso de sus antepasados, particularmente de su bisabuelo Pedro González Llorente y Ponce de León, que había sido alcalde de La Habana en tiempos coloniales, vicepresidente luego de la Asamblea Constituyente de 1901 y magistrado del primer Tribunal Supremo de la república, hijo que era, a su vez, del último tesorero en la Bogotá virreinal y quien había llegado náufrago a Cuba después de la independencia de Colombia. Su pasión por las familias cubanas era, pues, en Enrique, asunto de amor propio, pasión que no hizo más que potenciarse en su carrera de funcionario diplomático, primero al servicio de Cuba y luego de la Organización de Estados Americanos hasta el momento de su jubilación.

Bibliófilo y hombre de salón, conversador ameno y mordaz, tierno y sarcástico, religioso y mundano, humorista y grave hasta las lágrimas, todo en uno, así fue el hombre que enterraron esta semana en Miami sin que la comunidad a cuya razón de ser dedicara lo mejor de su vida se llegara a enterar.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2016

  Comentarios