Vicente Echerri

Un registro del degradante olvido

Un acto en memoria de los Hermanos al Rescate abatidos por aviones cubanos en 1996 se llevó a cabo en FIU el 24 de febrero.
Un acto en memoria de los Hermanos al Rescate abatidos por aviones cubanos en 1996 se llevó a cabo en FIU el 24 de febrero. el Nuevo Herald

El pasado 24 de febrero se cumplieron 20 años del derribo de dos de las avionetas de Hermanos al Rescate y, si bien hubo menciones en la prensa y algunos actos conmemorativos, la efeméride pasó casi inadvertida para la mayoría de los miamenses y, en particular, de la comunidad cubana del exilio, para la cual este crimen alevoso del castrismo —impune aún— ha sido uno de sus mayores traumas.

Por lo que sé, y por lo que pude ver en algunos de estos actos a los que asistí, la concurrencia fue escasa. No hubo mucha gente en el monumento que recuerda a los pilotos asesinados —cerca del aeropuerto de Opa Locka—, ni tampoco en la misa que se celebró en su memoria la noche del 24 en la ermita de La Caridad. En la presentación de la versión en español del libro sobre la historia de los Hermanos al Rescate —que escribiera Lily Prellezo en colaboración con José Basulto y que tuvo lugar el jueves 25 en un salón de la Universidad Internacional de la Florida— la asistencia no estuvo a la altura de la ocasión. En todas partes, la ausencia que más se hacía notar era la de los balseros cubanos, al menos una representación simbólica de las más de 4,000 personas que este grupo de voluntarios ayudó a rescatar, en algunos casos de una muerte segura, y por causa de quienes estos cuatro jóvenes dieron sus vidas.

Un pasaje del evangelio de Lucas cuenta el encuentro de Jesús con diez leprosos que, reconociéndolo, le piden que los libre del azote de su enfermedad. Él les dice que vayan a mostrarse al sacerdote —quien, según la ley judía, era quien tenía que dar fe de si ya no padecían de lepra. Por el camino, los diez leprosos se dan cuenta de que han sido sanados, pero sólo uno de ellos regresa para dar las gracias. Conforme a este relato, la gratitud de los seres humanos es aproximadamente de un diez por ciento. Si los balseros que Hermanos al Rescate ayudaron a salvar hubieran tenido el mismo porcentaje de agradecimiento, más de 400 de ellos habrían acudido a estas conmemoraciones; pero ni siquiera el 1 por ciento hizo acto de presencia. Para vergüenza de ellos y de toda nuestra comunidad, el agradecimiento de estos sujetos se ha reducido a cero.

El olvido, en todas sus manifestaciones, nos degrada, como individuos y como sociedad. Inmersos en sus quehaceres cotidianos, los miembros de una nación náufraga, como ha sido la cubana desde hace mucho, se bestializan cuando optan por no recordar, por querer librarse frívolamente del pesar colectivo, de una historia común sobrada de sufrimiento, hecha de prisiones, de exilio y de mártires. Cuando huyen de Cuba debido a la intolerancia política y al fracaso económico inherente al socialismo en el poder, quieren escapar también de su identidad, cercenar sus raíces de todo lo importante y profundo en que estas pueden afincarse, para reducir la idiosincrasia de su patria a unos platos típicos, un grosero mestizaje cultural, una jerga bárbara, unos ademanes obscenos y unos ritmos musicales que, en algunos casos, pueden llamarse atroces. El cubano promedio que ha llegado a estas playas en las arribazones de las últimas décadas es —triste reconocerlo— un individuo con una humanidad degradada, aunque conserve o incluso haya aguzado el instinto primario para la supervivencia y el medro. No es de extrañar que la gratitud, que tanto ennoblece a los seres humanos, haya dejado de contarse entre los rasgos de su carácter.

Otros, aunque seamos muy pocos —como los que acudimos a las tristes conmemoraciones de la semana pasada— estamos decididos a no olvidar. Nuestra condición de personas nos va en ello.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

© Echerri 2016

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