Vicente Echerri

Error y horror de un frente popular

Pablo Iglesias, líder del partido español de izquierda Podemos, participa en un debate en el Parlamento en Madrid, el 2 de marzo.
Pablo Iglesias, líder del partido español de izquierda Podemos, participa en un debate en el Parlamento en Madrid, el 2 de marzo. Bloomberg

Para escándalo de muchos, más de dos meses después de las últimas elecciones generales, el parlamento español no consigue formar gobierno. Este viernes, izquierdas y derechas rechazaban por segunda vez la candidatura de Pedro Sánchez, líder del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), que se presentaba al debate de investidura para la presidencia del gobierno en un pacto con Ciudadanos, una de las formaciones de nuevo cuño que —al igual que Podemos— segmentan la cámara e imponen de suyo un gobierno de alianzas o coalición que hasta ahora no parece posible. A pesar de las buenas palabras y de algunos gestos, perviven los viejos rencores ideológicos que se daban por superados y que ahora sirven para cuestionar el europeísmo de España. ¿Volverá a ser verdad el dicho sarcástico de que Europa empieza, o termina, en los Pirineos?

Lo cierto es que en el resto de la Unión Europea ha sido relativamente fácil la coalición o la cohabitación entre socialdemócratas (como es el PSOE español) y democristianos o conservadores (de perfiles parecidos al Partido Popular) que, lejos de plantear una crisis, ha servido para enfrentar, desde la moderación, los retos de la gobernabilidad en países como Austria, Alemania, Dinamarca, entre otros. Para los socialistas españoles, en cambio, es anatema entrar en coalición con la derecha del PP; y a la extrema izquierda, sobre todo a los descamisados de Podemos, les resulta imposible respaldar —siquiera con una abstención— una alianza donde estén los centroderechistas de Ciudadanos. El resultado es la parálisis y la congelación.

Visto desde aquí, creo que unas nuevas elecciones —que tendrían que convocarse por ley en dos meses a partir de este miércoles previa disolución del parlamento— sería la mejor solución para darle al electorado la posibilidad de que reconsidere sus preferencias y produzca un nuevo reordenamiento cameral, no dejándose llevar tanto por el deseo de castigar a determinados políticos, como de garantizar la solidez y viabilidad del gobierno. Esas nuevas elecciones podrían reducir la importancia de los grupos emergentes —cuyas filas se vieron hinchadas por la cólera— y de hacer regresar a muchos votantes a sus lealtades tradicionales para bien del orden, que no pasa, desde luego, por las estridencias de estos comunistas torpemente reciclados, como Pablo Iglesias, cuyo lugar debería estar más bien en la cárcel, por agitadores y apologistas del totalitarismo, y no en un parlamento democrático.

La estrategia de Iglesias y sus socios de bancada es clara: se proponen, en la mejor tradición marxista, exagerar las contradicciones para obligar al PSOE y a su líder a asociarse con ellos y de este modo anularlos y poderlos devorar mejor. En una coalición política cualquiera, los radicales, aunque sean minoría, siempre terminan por imponerse frente al discurso de los moderados. El lenguaje de barricada del radical, al menos en el corto plazo, es más atractivo para el elector ingenuo que sigue creyendo en la justicia social y la igualdad impuestas por decreto que predican ciertos manuales y en soluciones mágicas para resolver los problemas.

La historia, que tanta gente se empeña en ignorar, ya ha demostrado que esas fórmulas son impracticables y, casi sin excepción, criminales. Al asociarse con Podemos, el PSOE sólo logrará deslucirse y hacerse una pálida sombra de sus más enfáticos asociados. No sería buena esta alianza. No hay que olvidar que los españoles ya pasaron por este experimento cuando el triunfo del Frente Popular, cuyos errores y desmanes provocaron la Guerra Civil y la subsecuente dictadura.

© Echerri 2016

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