Vicente Echerri

El irrespeto, instrumento de la libertad

La respuesta de Occidente a la amenaza del extremismo musulmán —responsable del sangriento atentado de la semana pasada en París— no ha podido ser más formidable: una imponente manifestación encabezada por jefes de Estado y de gobierno, la puesta en vigor de nuevas medidas punitivas y restrictivas contra los promotores y alentadores del terrorismo y el apoyo masivo que ha tenido, en Francia y en otros países, el semanario donde se produjo la masacre. De una modesta edición de 60,000 ejemplares, Charlie Hebdo ha alcanzado una tirada de cinco millones este miércoles. En la cubierta del tabloide satírico aparece otra caricatura de Mahoma para que no quede duda de cual es el mensaje: la libertad de expresión no va a ceder ni un ápice en presencia de la barbarie.

Algunos musulmanes que no se identifican con el terrorismo tampoco pueden entender por qué no respetamos sus símbolos y sus figuras y, si bien no condonan la violencia, se asombran de la incomprensión e “insensibilidad” cultural de los occidentales. Y en este punto tocamos, creo yo, la esencia del conflicto y del auténtico choque de civilizaciones que tantos se empeñan en negar.

En Occidente la libertad de expresión —en su largo enfrentamiento con la tiranía política y religiosa— llegó a alcanzar el derecho al sacrilegio verbal: a cuestionar, y a burlarse incluso, de símbolos, valores o personas que otros tienen por sagrados, al irrespeto a los tabúes. Este derecho no es una frivolidad, sino la atmósfera misma donde prosperan las otras libertades. En tanto la integridad física de personas y bienes sigue siendo sagrada, en el mundo de la comunicación, oral o escrita, casi nada conserva ese carácter. Y en esto consiste exactamente la superioridad —no nos dé pena esta arrogancia— de la civilización donde vivimos y medramos y que a todos irradia desde la vieja Europa.

Egipto, el Oriente Medio, Persia, la India… lugares donde alguna vez florecieron grandes civilizaciones, hace mucho que no son más que centros de barbarie donde Occidente ha impuesto o ha vendido, precariamente, sus maneras, sus principios, su modus operandi, a veces mero disfraz o andrajo que apenas logra ocultar la brutalidad, el atraso, el despotismo que ampara la interpretación fanática de una religión elemental: el monoteísmo en su forma más pura que —afortunadamente, o a Dios gracias— en Europa se fue contaminando por su largo comercio con la razón.

La libertad de expresión, que en Europa fuera tan denostada y perseguida hasta tiempos recientes y que logró sobreponerse a la ferocidad del Estado totalitario, no ha de ceder ahora a la amenaza de unos extremistas a quienes motiva el temor a que esa libertad cuestione, ridiculice y pervierta sus opresivas tradiciones. Por el contrario, la libertad —de mano de la modernidad globalizada— debe funcionar como un ariete en el derribo de los muros que aún esclavizan a tantos millones de seres humanos. No respetar esos muros —que son esencialmente de palabras— no sólo es un derecho inalienable de los que vivimos en libertad, sino también un deber hacia nuestros semejantes que padecen esclavitud.

Resulta en extremo esperanzador para el futuro de la raza humana esta muestra desafiante de libertad con que Occidente ha respondido al atentado bárbaro de París. La atroz matanza no consigue amedrentar a nadie; por el contrario, sirve de aglutinante a pueblos y gobiernos y multiplica por 80 la tirada de la publicación agredida, la cual caricaturiza, una vez más, al gran profeta del islam.

En el mundo occidental alguna vez —y no hace tanto— también se reprimió el humor irreverente y la religión fue móvil de intolerancia y de persecución (la Iglesia, como el islam, solía castigar con la muerte el sacrilegio y la apostasía). Por ahí pasamos y, por haber superado esos estadios, podemos considerarnos, sin ninguna vergüenza, superiores. El irrespeto hilarante ayudó a afirmar la libertad que nos que nos exalta y nos distingue.

©Echerri 2015

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