Vicente Echerri

El triunfo inevitable del Yijad

Policías y soldados registran a personas que entran en la estación del metro De Brouckere, en Bruselas, dos días después de los atentados que sacudieron a la capital de Bélgica.
Policías y soldados registran a personas que entran en la estación del metro De Brouckere, en Bruselas, dos días después de los atentados que sacudieron a la capital de Bélgica. AFP/Getty Images

Los terroristas que operan en nombre del islam terminarán por ganar esta guerra aunque sean derrotados. No se asuste demasiado el lector con una declaración tan tremendista, que enseguida explicaré la paradoja: triunfarán, aunque sean barridos de la faz de la tierra, en la medida en que consigan inducir a Occidente a emprender métodos cada vez más violentos y coercitivos para reprimirlos y garantizar nuestra seguridad, lo cual, por otra parte, es lo único eficaz y aconsejable; de suerte que algunos de nuestros valores más caros, ganados durante siglos en la lucha contra el despotismo, se han de quedar en el camino, por mucho que no queramos.

Desde el fatídico 11 de septiembre de 2001, tenemos que quitarnos zapatos y cinturones en los aeropuertos, pasar por detectores cada más sensibles y, en muchas ocasiones, ser palpados físicamente por un policía. Esas medidas de seguridad, que ciertamente nos han librado de delitos atroces, alguna vez se creyeron temporales, como las emergencias de un momento de crisis, pero han pasado casi quince años y no sólo siguen vigentes, sino que se refinan y se acentúan; y lo mismo sucede con las escuchas telefónicas, las cesiones de información de parte de compañías privadas a los servicios de inteligencia y la mayor facilidad con que la fuerza pública hace allanamientos y arrestos. Y bien es que así sea por la seguridad de todos, pero esa seguridad se pagará con merma de nuestras libertades, no quepa duda.

Los recientes atentados de Bruselas han acentuado la conciencia de nuestra vulnerabilidad y, al mismo tiempo, de la necesidad de acrecer las medidas de protección, de que los registros de viviendas en zonas urbanas donde se concentran los musulmanes sean generales. Algunos políticos, no lejos de nosotros, han llegado a proponer bombardeos masivos en Siria y la vigilancia permanente de ciertos barrios. Habrá quien hoy proteste; pero si se repiten estos actos terroristas, como parece predecible, terminarán por rodear de alambradas las áreas donde se hacinan los hijos de Mahoma con el aplauso de casi todos; es decir, que se reinstalarán los guetos que creímos haber dejado atrás con su mala fama. De ahí a concebir el exterminio colectivo, o al menos la expulsión, hay un paso más pequeño de lo que hoy suponemos. El terrorismo islámico está empezando a tener éxito en hacer retroceder al mundo occidental en materia de libertades civiles, libertades que todos, además, estaremos dispuestos a sacrificar, yo el primero, con tal de sentirnos más seguros.

No creo —me atrevo a opinar— que los terroristas del autoproclamado Estado Islámico, como sus congéneres de Al Qaeda, conciban, ni en sus sueños más delirantes, que tienen alguna posibilidad real de sobrevivir en su brutal desafío a Occidente. Sus agresiones indiscriminadas contra la población civil en las capitales europeas (como antes en Estados Unidos) no son, como dicen, actos de venganza por la intervención de los países occidentales en sus conflictos regionales, sino provocaciones para hacer retroceder a las grandes democracias al terreno de la barbarie del que tanto presumimos de haber salido. De la misma manera que algunos de estos terroristas se inmolan con el fin de matar a unos cuantos inocentes; asimismo los creo dispuestos a la inmolación colectiva con tal de que imperen sus valores, aunque ellos sean las primeras víctimas. El panorama actual me hace recordar el final de Deutsches réquiem, el cuento de Borges en que un nazi que espera la ejecución por sus crímenes llega a la conclusión de que su ideología ha vencido a pesar de la derrota: “Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos […] Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas”. El último yijadista bien podría hacer suyas estas palabras.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2016

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