Vicente Echerri

El agraviado ego de Erdogán

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, habla en una conmemoración del 101 aniversario de la batalla de Gallípoli, el pasado 18 de marzo. Un vídeo difundido por una emisora alemana ridiculiza al mandatario.
El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, habla en una conmemoración del 101 aniversario de la batalla de Gallípoli, el pasado 18 de marzo. Un vídeo difundido por una emisora alemana ridiculiza al mandatario. AP

El presidente turco Tayyip Erdogán acrecienta por días su vocación al despotismo. No le basta perseguir a la prensa que lo critica (arrestando a periodistas e interviniendo los periódicos) y hostigar a los opositores —cuya existencia misma es una de las pruebas de vida de la democracia—; ahora se ha enfurecido porque una teledifusora alemana difundió recientemente un vídeo en que se denuncian sus desmanes al tiempo que ridiculizan a su persona.

Ya se sabe lo corrosivo que puede ser el humor y la poca tolerancia que tienen hacia estas expresiones los regímenes autoritarios como el que, desde hace algunos años, ha venido lentamente suplantando a la precaria democracia turca. La reacción del ministro de Relaciones Exteriores en Ankara ha sido la de llamar —y más de una vez— al embajador de Alemania para protestar por la divulgación del vídeo y exigir que deje de transmitirse. El diplomático le ha tenido que explicar que en su país y en toda la Unión Europea —ese club al que Turquía aspira a pertenecer—, la libertad de expresión es inviolable. La incapacidad de entender este principio fundamental de la democracia prueba que Turquía no cuenta con las credenciales para el ingreso.

Como todos los tiranos, o aspirantes a serlo, Erdogán está convencido de que él es un hombre providencial que tiene como destino hacer de Turquía una nación poderosa y respetable, puente entre Europa y Asia, valladar frente a las ambiciones rusas, dominadora de curdos y de armenios y ejemplar propagadora del islam. No hay que olvidar que, hasta hace un siglo y durante mucho tiempo, los turcos fueron dueños del Oriente Medio y de los santos lugares mahometanos. En la arrogancia de Erdogán puede adivinarse una nostalgia por ese poder y una aspiración a que Turquía ejerza, al menos, un arbitraje decisivo en lo que alguna vez fueran sus dominios. El actual presidente turco —mucho más que Kemal Ataturk, el fundador de la república— debe soñar que es la encarnación de un jalifa.

Esos sueños de grandeza, cuyos críticos en Turquía han pagado con el encausamiento (1800 personas, celebridades y menores de edad entre ellas, han sido juzgadas por insultar al Presidente, una figura delictiva que había caído en desuso), se ven ahora ridiculizados por un vídeo con música que critica a Erdogán al tiempo que lo convierte en un hazmerreír. Es el pinchazo que viene a desinflar el globo de un patán con ínfulas cesáreas. Y esto resulta demasiado para quien pretende rescatar para su gobierno la dignidad y el esplendor —si no el poder real— de la corte otomana, lo que llamaban, en la jerga política de entonces, el diván de la Sublime Puerta.

Lo único que ha conseguido la protesta del gobierno turco es que el vídeo haya centuplicado su difusión y que ahora pueda verse en YouTube con subtítulos en inglés. No dudo que a esto seguirán versiones en otras lenguas para que el mundo entero se divierta a costa de quien se ha aprovechado del poder de las urnas para socavar la democracia de su país y, con el aval de las instituciones, asumir poderes dictatoriales. Gran favor viene a hacerle esta sátira a la sociedad turca y a la libertad en general al poner en ridículo la pomposa actuación de un tipo autoritario y documentar su desmedida vanidad. Los tiranos o los aspirantes a serlo detestan y temen el humor porque desacraliza la gravedad y la solemnidad que necesitan para erigir sus tronos. Una risotada puede ser siempre la primera salva de su final.

©Echerri 2016

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