Vicente Echerri

El regreso de Fujimori

Keiko Fujimori
Keiko Fujimori AP

Alberto Fujimori, la bête noire del Perú, según algunos comentaristas de la actualidad de ese país, ha resurgido como Godzila, el gigantesco monstruo japonés, sólo que en una segunda generación: su hija Keiko, que ya había llegado bastante lejos en la política peruana en la pasada campaña electoral, se proyecta ahora como la vencedora en la segunda vuelta que tendrá lugar en junio. Con casi 20 puntos porcentuales por encima de su rival, Pedro Kuczinski, no es arriesgado pronosticar que ella ha de sentarse en la silla que alguna vez fue de su padre.

Otros lo miren con alarma, a mí me parece una buena noticia para el Perú: Fujimori II despliega una contagiosa energía y tiene un programa lo bastante transparente para confiar que sabrá hacer las cosas y que tendrá mano dura con los terroristas de Sendero Luminoso, los cuales han vuelto a las andadas el mismo día de las recientes elecciones. Si su gestión incluye la excarcelación de su padre, sería un precio menor. A pesar de la corrupción y los desmanes que aquejaron su mandato, la presidencia de Fujimori no fue fallida, al menos en la opinión de este columnista: el haber reducido a la insignificancia un pujante movimiento guerrillero comunista lava muchos pecados. Si ahora la hija lo indulta (algo que está por verse) tal vez se trate de un acto de justicia y no sólo de adhesión filial.

Muchos nos acordamos de cómo estaba la situación en el Perú al tiempo de la campaña electoral que enfrentó a Alberto Fujimori, hijo de inmigrantes japoneses, con el escritor Mario Vargas Llosa, que ya era entonces una figura icónica de las letras y un personaje de indiscutible peso y valía en su país. Al lado suyo, Fujimori era un advenedizo sin solera y sin raigambre, alguien que tenía el japonés como primera lengua y cuya nacionalidad algunos incluso cuestionaban. Sin embargo, los votantes decidieron por él, a pesar de las grandes simpatías con que contaba Vargas Llosa como escritor y hombre público y eso tal vez deba juzgarse como un acto de sabiduría popular. No son pocos hoy los que afirman que, si esas elecciones hubieran tenido otros resultados, el movimiento guerrillero peruano podría haberse convertido en un mal crónico, al igual que en Colombia, o incluso haber llegado al poder, para descrédito del autor de La guerra del fin del mundo, hoy laureado con el Nobel, cuya carrera literaria se habría visto seriamente perjudicada.

Los peruanos, al elegir a Alberto Fujimori, libraron a su célebre adversario de una responsabilidad abrumadora, al tiempo de hacerle a la nación un gran favor: el “japonés” le dio a su patria seguridad y estabilidad, dos grandes bienes que toda sociedad necesita para ser próspera y que sus conciudadanos le agradecen hasta hoy. Lástima que empañara esos dones con actos de malversación y violaciones de derechos humanos, sobre todo de manos de aquel factótum suyo que fue Vladimiro Montesinos, y que, si bien no pueden justificarse, pesan menos en la balanza general frente a sus muchos aciertos al frente del Perú en esa última década crucial del siglo XX.

Ahora, al votar mayoritariamente por su hija, los peruanos le están dando una suerte de desagravio histórico a Alberto Fujimori o, más bien, una segunda oportunidad, gracias a la cual, por tercero interpuesto, puedan reiterarse las políticas que hicieron más estable y próspero al país a fines del pasado siglo, sin incurrir en las graves irregularidades y delitos que también marcaron ese período. Yo creo que Keiko Fujimori está a la altura de ese desafío.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2016

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