Vicente Echerri

La preocupante preeminencia de Trump

Donald Trump
Donald Trump Getty Images

Con el triunfo de Donald Trump en las primarias de este martes y el abandono de la campaña por parte del senador Ted Cruz y del gobernador John Kasich, la nominación del magnate neoyorquino a la candidatura presidencial parece asegurada aunque no llegara a la Convención del Partido Republicano con el número de delegados que pudieran blindarla. A esta fecha, parecería improbable que la dirigencia del partido, como se ha estado especulando, se sacara de la manga a última hora una figura que desbancara a Trump. Por el contrario, los “barones” (como llaman en España a los jerarcas de las formaciones políticas) republicanos han empezado a hacerse a la idea de que él será el hombre al que tendrán que apoyar en los comicios de noviembre. Poco menos que una pesadilla.

Esta “inevitable” nominación de Trump —que hace apenas seis meses tildaban de chiste— es fenómeno que obliga a la reflexión y que, necesariamente, enjuicia al sistema político y, desde luego, a los votantes.

Es escandaloso, en primer lugar, que un individuo sin experiencia política, sin una auténtica carrera en este terreno, pueda aspirar a la primera magistratura del país e incluso conseguirla (como fueron los casos de los tres últimos presidentes, a pesar de que Bill Clinton y George W. Bush habían sido gobernadores). ¿Cómo esta nación —donde hasta un vendedor de seguros debe dar pruebas de tener alguna pericia en el negocio— puede darle acceso a su sillón más alto, que de paso es el más poderoso de la tierra, a cualquier improvisado con la audacia, recursos y amigos suficientes para aspirar a él? No importa cuánto puedan invocarse, en defensa de ese despropósito, a los próceres fundadores, la Constitución y el ejercicio secular de la democracia. Se trata, objetivamente, de una flaqueza del sistema que no previó su ocurrencia durante los largos años en que los candidatos salían de las élites de los partidos. Estamos asistiendo a una subversión del sistema, a un verdadero desmadre populista.

Por otra parte tenemos a un electorado ignorante, analfabeto en muchos casos, aunque sepa escribir su nombre y leer la Biblia (functional illiterate diríase en inglés) que aunque anda en automóvil y no en burro, y viva en una casa moderna y cómoda y no en una choza, tiene mentalidad y horizonte de aldeano y una pavorosa incultura que se alimenta del consumo de largas sesiones de bazofia frente a un televisor o en las redes sociales, tareas que puede alternar incluso con el campo de una especialidad que casi siempre deja fuera la historia y la política. De esa cantera salen, mayoritariamente, los votantes de Trump, los que se sienten reflejados en su vulgaridad, que los muchos millones hacen aun más notoria.

¡Qué distancia ha recorrido este país desde que aquel grupo de cultos caballeros lo engendrara en Filadelfia hace 240 años! La más poderosa y avanzada nación de la historia empieza a mostrar sus pies de barro, una debilidad que acaso era congénita, pero que ha aflorado cada vez más en los últimos tiempos según se ha ido popularizando el ingrediente que más la enorgullece: la democracia, la opinión ciudadana que se expresa en las urnas sin el amparo de un sólido conocimiento del mundo, de una suerte de saber político que le permita superar su aldeanismo, sobre todo el mental. La actual preeminencia de Trump habla muy mal de quienes lo votan y de nuestro sistema electoral.

Creo, no obstante, que Trump no triunfará en las elecciones de noviembre y que la mayoría de los votantes decidirá, como un mal menor, a favor de la mujer mediocre y plúmbea que se perfila como la candidata del Partido Demócrata. No un gran consuelo, ciertamente.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2016

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