Vicente Echerri

Fracaso más reciente de una vieja receta

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, habla en una concentración por las mujeres y la paz celebrada en el Palacio de Miraflores, en Caracas, el martes pasado.
El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, habla en una concentración por las mujeres y la paz celebrada en el Palacio de Miraflores, en Caracas, el martes pasado. Bloomberg

Mientras Venezuela se hunde en medio de la crisis más grande de su historia como nación, el presidente Nicolás Maduro —desconociendo cada vez con mayor énfasis la opinión del pueblo, adversa a su gestión en casi un 70 por ciento— se aferra al poder apelando a manidos recursos dictatoriales: medidas de excepción y amenaza de invasión extranjera.


¿Habrá alguien en su sano juicio que pueda creer en la posibilidad de que Estados Unidos —quién si no— esté preparándose para invadir Venezuela? Los venezolanos no serán tan afortunados de que el “Imperio” acuda a sacarlos del abismo y a enderezarles el país. Tal expediente no creo que esté ni en los planes más contingentes del Pentágono. Sólo Maduro insiste en hablar de esa amenaza con aparente convicción. ¿Se trata de una burda mentira —típica de regímenes de fuerza endebles para distraer la atención y consolidar su poder valiéndose del peligro extranjero— o el presidente de Venezuela cree de veras esto y entonces responde más bien a la definición que hiciera de él, en días pasados, el ex presidente de Uruguay José Mujica de que “está loco como una cabra”?


Pobres cabras, de las que solemos hablar mal diciendo también que “siempre tiran al monte” y las cuales, en su elemental conducta de bestias, de seguro se comportan con más mesura que este chofer devenido presidente que insiste en salir de las torpezas que a diario comete con otras torpezas aún mayores, cuando lo más sano —para él y para su país— sería reconocer que preside un fracaso del que todavía puede salir de manera pacífica. Si tuviera una pizca de inteligencia y de buena fe, este señor (lo de señor, desde luego es un eufemismo) debería agradecerle a la oposición que le está brindando los instrumentos para desentenderse de la dirección de un Estado que cada día se torna más ingobernable. Esa suerte no ha de durarle mucho tiempo. Si insiste en cerrarle la puerta a los instrumentos jurídicos que legitimen su remoción, no tendrá más opción que apelar, si puede, a la represión desembozada, que bien podría llevarle, como le sucedió a Jadafi, a la muerte por linchamiento. La frustración y la cólera del pueblo venezolano no son combustibles desestimables.


En este momento —en medio de una inflación galopante, con un desabastecimiento que tiende a ser total y una violencia pública que supera, por ejemplo, la de un país en guerra como es Afganistán, amén de una crisis institucional que enfrenta a los poderes constituidos— no resulta exagerado hablar de Venezuela como un Estado fallido, con un desequilibrio que empieza a convertirse en un peligro regional que obliga a ponerla en la mira de los organismos internacionales, específicamente de la Organización de Estados Americanos, cuyo secretario general calificó recientemente a Maduro de dictadorzuelo.


No obstante, del sufrimiento actual del pueblo venezolano puede derivarse una sabia lección: el fracaso, una vez más, de la idea socialista, la secuela de arbitrariedad, miseria y caos que suele seguir indefectiblemente a la aplicación —con mayor o menor radicalismo— de las viejas recetas de la igualdad con el barniz cientificista del marxismo. A esto añádasele la retórica populista de un caudillo —como fue Chávez— o de su parodia —como el caso de Maduro— y ya tenemos todos los ingredientes del desastre, aunque se trate de un país con una asegurada fuente de recursos como es el petróleo. ¡Ojalá Venezuela pueda salir del agujero donde la han metido estos ilusionistas sin que tenga que pagar el alto precio de una guerra civil! ¡Ojalá otros pueblos sepan mirarse en ese espejo y rechazar, como conviene, a sus propios aprendices de brujos!

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2016

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