Vicente Echerri

VICENTE ECHERRI: Con entusiasmo de cruzada

Este jueves, las tropas de Ucrania, que habían estado resistiendo el asedio de los rebeldes pro rusos durante semanas en el aeropuerto de Donetsk, se retiraron desordenadamente de este enclave en el que incluso abandonaron muertos y heridos. El aeropuerto, totalmente en ruinas después de tantos días de batalla, constituye más bien un triunfo simbólico para los rebeldes secesionistas que ahora anuncian el reinicio de su ofensiva.

Esta ofensiva, según denuncia el gobierno ucraniano, está sostenida por cerca de 9,000 efectivos del ejército ruso, acompañados por tanques, cañones y obuses. De ser cierto, estamos asistiendo ya a una guerra entre Rusia y Ucrania que tiene por objeto, una vez más, la expansión territorial de la primera a costa de sus vecinos —actos de despojo que, hasta la reciente anexión de Crimea, no se veían en Europa desde los tiempos de Hitler y de Stalin.

Frente a la agresión, cada vez menos solapada de Putin, Occidente sigue reaccionando con medidas diplomáticas, llamados al cese al fuego —que los rebeldes acaban de rechazar— aplicación de sanciones, que todavía podrían calificarse de tibias, y apoyo verbal a Ucrania, el país agredido. Estas muestras de solidaridad están bien y tienen un peso relativo, pero serían del todo superfluas si no fuesen acompañadas por una ayuda que se equipare —o incluso supere—, en el campo de batalla, a la que prestan descaradamente los rusos a los rebeldes.

Hasta ahora, las potencias occidentales se han mostrado cautelosas, si no francamente renuentes, a brindarles a los ucranianos lo que más desesperadamente necesitan: armas. Se han limitado a proporcionar ayuda humanitaria y algunos créditos, en tanto regañan a Putin por ser una especie de socio díscolo y bravucón y claman por que se afiance un cese al fuego. Todos estos paños tibios no sirven para frenar decisivamente la dinámica de la agresión expansionista que está convirtiendo aceleradamente a Rusia en una potencia rapaz empeñada en reconstruir su desmembrado imperio y del cual estos subversivos no son más que un ariete y un pretexto.

Europa y Estados Unidos han impuesto sanciones que acaso hayan sido útiles en algún momento de este proceso, pero que los hechos mismos se han encargado de desbordar y que a estas alturas apenas si constituyen un incordio para el Kremlin, que parece dispuesto a pagar el precio que le imponen estas medidas con tal de adueñarse de la zona industrial de Ucrania y de evitar la occidentalización de ese país.

Esta crisis, además, ha sido fabricada por los rusos. La población rusa en Ucrania no constituye en absoluto una minoría discriminada y perseguida y los que han salido a reclamar independencia son, en la práctica, agentes plantados, orientados, inducidos y financiados por el gobierno de Putin, sin traza de legítimos agravios: emprendedora quinta columna de un régimen que está despojándose rápidamente de los ropajes democráticos que adquiriera al producirse el colapso de la URSS para adoptar los ademanes autoritarios que perviven en su tradición imperial, de la cual el comunismo no fue más que una modalidad.

Occidente debe poner su supremacía militar al servicio de Ucrania, con la misma urgencia y dedicación que ataca en este momento al Estado Islámico y por la misma razón: amenazar la integridad territorial de una nación cuya supervivencia independiente y próspera es vital para el equilibrio y la estabilidad de su región.

Es una pena que al frente de Estados Unidos —llamado a encabezar este esfuerzo— se encuentre un político tan cauteloso y torpe como Barack Obama, que carece de la visión, la inteligencia y el valor que deben caracterizar a un verdadero estadista, especie que ciertamente está casi extinta en este país. Por su parte, los medios de opinión deben hacer lo suyo para empujar a los gobiernos de las grandes democracias a emprender esta tarea de defender a Ucrania con entusiasmo de cruzada.

©Echerri 2015

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