Vicente Echerri

Turquía: la identidad y el crimen

El Bundestag (la cámara baja) del parlamento alemán aprobó por abrumadora mayoría esta semana una resolución en que reconocía como “genocidio” el asesinato de más de un millón de armenios en la Turquía de 1915. Esta calificación —que ha irritado al gobierno turco y ha provocado el llamado “a consultas” de su embajador en Berlín— es un viejo diferendo y punto de crispación entre Turquía y la comunidad internacional, especialmente los miembros de la Unión Europea a la que ese país aspira a ingresar y donde más de veinte países han precedido a Alemania en calificar como crimen de lesa humanidad la matanza de los armenios cristianos mientras se libraba la primera guerra mundial.

Sorprende un poco esta resistencia de parte del moderno Estado turco a reconocer la naturaleza de un suceso ocurrido durante el antiguo imperio otomano, que se desplomara como secuela directa de la derrota de 1918 (actitud semejante a la renuencia de los japoneses a reconocer los muchos crímenes cometidos por sus tropas de ocupación en China, Corea y otros países del Asia). ¿Por qué cargar con ese peso histórico en lugar de ser ellos los primeros en denunciar esas atrocidades del modo ejemplar en que lo ha hecho Alemania con el genocidio de los nazis? Esto sería, en el caso concreto de los turcos, la manera expedita de sacudirse un sambenito infamante y de acercarse, con las manos más limpias, al encuentro de esa comunidad vecina a la que, por otra parte, insisten en pertenecer —pese a que Turquía no está en Europa salvo por un pequeño segmento territorial donde está enclavada la ciudad de Estambul, la antigua Constantinopla que, para vergüenza de la Cristiandad, cayera en poder de los otomanos en 1453.

La resistencia de los turcos a reconocer este crimen histórico tiene razones culturales y religiosas: los muertos eran armenios y cristianos y habían sido una espina en el costado de ese imperio musulmán durante siglos. Los armenios (la primera nación del mundo en cristianizarse) habían vivido en su patria ancestral mucho antes de que apareciera el mahometismo y cuando los turcos eran aún una nación bárbara y seminómada. El asentamiento de estos últimos en el Asia Menor y su posterior expansión desde los Balcanes hasta el norte de África sólo significó opresión, persecución y marginación para etnias y credos que rehusaron asimilarse, los armenios entre los primeros.

En 1915, al tiempo que era atacado por rusos, ingleses, franceses e italianos, el imperio otomano ve en los cristianos armenios —como también en los griegos contra los cuales se cometieron periódicas matanzas— una especie de quinta columna, de enemigo a la retaguardia, cuya aniquilación es una manera de protegerse las espaldas al tiempo que desahogar un resentimiento secular. Avenirse, en la actualidad, a aceptar esa culpa sería, a sus ojos, socavar la propia base de su legitimidad como nación, la cual se afirma en los fueros de su etnia y de su religión; reconocer —no importa cuan oblicuamente y pese a los siglos que llevan asentados en la región— que continúan siendo vistos como invasores y opresores, portadores de una fe advenediza en el mismo territorio donde empezó a afianzarse el cristianismo un milenio antes de que ellos llegaran.

La decisión del parlamento alemán, como la de otros países europeos, sirve para resaltar —más allá de la condena por el crimen cometido hace un siglo— que los turcos siguen siendo unos extraños a las puertas de Europa. La reacción furibunda de Ankara ayuda a reafirmar esta opinión.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2016

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