Vicente Echerri

Milagro en Grecia

El líder del partido griego Syriza, Alexis Tsipras, llega al Palacio Presidencial en Atenas, el lunes pasado, para prestar juramento como primer ministro de Grecia.
El líder del partido griego Syriza, Alexis Tsipras, llega al Palacio Presidencial en Atenas, el lunes pasado, para prestar juramento como primer ministro de Grecia. AFP/Getty Images

Pocas veces en la historia reciente la palabra demagogia puede aplicarse en su sentido literal —de engaño a la ciudadanía mediante halagos— como en la campaña que acaba de llevar al poder en Grecia a Syriza, la coalición, mayoritariamente de izquierda, encabezada por Alexis Tsipras, quien ya ha asumido el cargo de primer ministro.

Tsipras, un agitador populista clásico, montó su campaña electoral con las promesas más propias de un taumaturgo, las cuales podrían resumirse en este mensaje: si votan por mí eliminaré las onerosas medidas de austeridad impuestas por nuestros acreedores, aumentaré el salario mínimo y las pensiones, suspenderé las privatizaciones y, por milagro —de qué otro modo si no— recuperaremos la economía y superaremos el déficit. No es de extrañar que este mensaje haya encontrado tanto eco y respaldo en una nación abrumada por el desempleo y las deudas. Cualquier se sentiría llamado a elegir al político que promete quitarle de los hombros un yugo que lo abruma. Cuando se supieron los resultados de las elecciones el domingo en la noche fueron muchos los griegos que salieron a festejar —si bien es cierto que es gente que no necesita muchos motivos para hacerlo.

¿Podrá Tsipras cumplir sus promesas electorales? Poco o nada, pues la deuda de Grecia, —de la cual sólo los fondos de rescate ascienden a $270,000 millones— sigue siendo la misma, o más bien más, que el día antes de las elecciones. El resultado electoral y las medidas que el nuevo gobierno se propone tomar no cambian esa circunstancia fundamental que determina todas las demás. Esto permite calificar la plataforma electoral de Syriza como un engaño que los votantes, en un arranque de optimismo ciego, han querido comprar. Ahora, Sr. Tsipras, ya está usted en el poder, muéstrenos su habilidad para multiplicar los panes y los peces, los griegos le acaban de ceder el escenario para que lleve a cabo tal prodigio.

Las reacciones negativas no se han hecho esperar: las acciones de la banca griega han caído en más de un 25 por ciento, ha descendido el valor del euro frente al dólar y se ha producido una previsible reacción de parte de los poderosos acreedores de Grecia: ya le han advertido al nuevo gobierno que es tan responsable de las deudas contraídas por la nación como el que acaba de abandonar el poder y han anunciado sus intenciones de no incurrir en nuevos préstamos a un país que juega con la irresponsable idea de declararse insolvente. Aunque reiteran su deseo de que Grecia no tenga que abandonar la eurozona, la enunciación de esta esperanza sólo resalta la posibilidad de que esa salida tenga lugar lo que, de paso, podría significar el principio del fin de la moneda común en Europa.

Como también es previsible en estos casos, apenas investido del poder, el nuevo dirigente se esfuerza en mostrar una parquedad de la que no había dado señales hasta ahora. El agitador ferviente quiere dar paso al estadista y, con vistas a aquietar los ánimos, promete, en su primer discurso, que reconocerá la deuda, al tiempo que reitera su rechazo a las medidas de austeridad imprescindibles para pagarla y, para satisfacer la avidez de un electorado radical, anuncia también la suspensión de unas privatizaciones que traerían un influjo de capital en los exhaustos fondos del Estado. Tsipras se ha puesto él solo en una encrucijada de la que no podrá salir bien librado, dejando insatisfechos a unos y otros y quedando muy pronto mal con todos, pues los milagros no existen y la única fórmula para liquidar una deuda que excede varias veces a los ingresos, trátese de países, empresas o individuos, es la reducción drástica —y dolorosa sin duda— de los gastos.

Entre tanto, el resto del mundo debe mostrarse atento, sobre todo los países donde hay actualmente movimientos populistas que seducen a las masas con las mismas recetas, como es el caso de Podemos en España. Los españoles en particular deben seguir con mucha atención lo que suceda en Grecia, pues eso podría ser el libreto —con consecuencias tal vez mucho más graves— de lo que ocurriría si Podemos llegase al poder. En mi opinión, la gestión de Tsipras al frente del Estado griego está llamada a fracasar, lo único debatible es el tamaño que tendrá ese fracaso.

© Echerri 2015

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