Vicente Echerri

El Brexit y su riesgosa opción

Un hombre pasa el viernes junto al Parlamento, en Londres, llevando una bandera de la Unión Europea, el día después que los británicos votaron por la separación.
Un hombre pasa el viernes junto al Parlamento, en Londres, llevando una bandera de la Unión Europea, el día después que los británicos votaron por la separación. TNS

El referendo celebrado este jueves en el Reino Unido le ha dado el triunfo, por más de un millón de votos, a los que apostaban por salir de la Unión Europea, y las previstas consecuencias ya empiezan a cumplirse: descenso en los mercados de valores con un desplome histórico de la libra esterlina frente al dólar; nuevos amagos rupturistas dentro del RU y en otros países de la Unión y el fin de la carrera de un político eminente: el primer ministro David Cameron, que consolidara su puesto por una cómoda mayoría el año pasado, anunciaba —horas después de conocerse los resultados de la consulta pública— que se mantendría al frente del gobierno y de su partido a más tardar hasta octubre.

A mí me parece que hace bien porque el referendo fue su iniciativa para acallar las voces de los que pedían, dentro de las filas del Partido Conservador, la salida de Europa; se trataba, ni más ni menos, que un voto de confianza sobre su gestión que el Primer Ministro, pasando por encima de los representantes electos, le pidió directamente al electorado y éste le ha negado su respaldo. Lógico es, pues, que dimita, que es de los mecanismos más sanos de la democracia parlamentaria, pero también es lamentable ver que Gran Bretaña pierde a un líder capaz en medio de una carrera aún en ascenso. No ha de ser la última baja.

Aunque el Reino Unido siempre se acercó al resto de Europa con cautela —a partir de la condición particular dada por su geografía— era un socio fundador de este proyecto de paz y prosperidad que surgía como lección y aspiración de la experiencia atroz de dos guerras mundiales, guerras por las cuales Europa pagó un costo brutal en muertes, así como en destrucción de bienes y valores morales. La Unión Europea fue el resultado de un sueño, de una apuesta por la hermandad y la convivencia pacífica en el ámbito de la mayor civilización que haya conocido la humanidad. Por eso solo valía la pena conservarla y robustecerla. Los diecisiete y tantos millones de británicos que han hecho prevalecer la opción de separarse han votado desde el aldeanismo, desde un punto de vista parroquial, queriendo marginarse del gran marco cultural al que naturalmente pertenecen. No es de extrañar que David Cameron no quiera seguir representándolos.

Pero las consecuencias pueden ser aún más graves. Portavoces de movimientos políticos que miran al europeísmo con recelo —en Francia, en Holanda, en Alemania— han reaccionado al triunfo del Brexit como anticipo de otras rupturas en sus propios países e incluso hay franceses que han empezado a hablar del Frexit. Predecir que este puede ser el principio del fin de ese proyecto —que hemos visto desarrollarse en las últimas décadas y que ha abierto fronteras seculares y sacrificado provincianismos en pro de un orden superior— no es pecar de agorero: el ladrillo que los británicos acaban de aflojar en esta laboriosa construcción bien puede terminar por derruirla, pocas veces el efecto dominó parece tan susceptible de producirse.

De puertas adentro, este referendo puede tener muy serias consecuencias para el Reino Unido y no sólo la previsible contracción económica. Los escoceses, que votaron mayoritariamente por permanecer en la UE, pueden encontrar ahora nuevos argumentos para intentar independizarse de Inglaterra, de suerte que la consulta bien podría haber servido para reanimar el secesionismo y minar la unidad misma que da nombre al país. Mirado así, el 23 de junio de 2016 puede quedar como una fecha aciaga: cuando un pueblo tenido por sabio optó por la fragmentación.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2016

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