Vicente Echerri

En el papel de hombres

Theresa May acaba de convertirse en primera ministra del Reino Unido a menos de un mes de que los británicos se pronunciaran a favor de la salida de la Unión Europea y de la súbita dimisión de David Cameron que le siguió. Su liderazgo se impuso entre los parlamentarios conservadores —cuyo gobierno se mantiene— por una suerte de decantación natural. Era obvio que mediaba una gran distancia —en experiencia, competencia y don de mando— entre ella y los que por breves días se presentaron como sus rivales. Una vez más la clase política británica aportaba, en el momento en que hacía falta, una dirigente de primera a quien le toca gobernar en circunstancias muy difíciles.

Siendo la segunda mujer que llega al premierato en Gran Bretaña, son inevitables las comparaciones con su antecesora, Margaret Thatcher, que estuviera al frente del gobierno durante once años (1979-1990) y los medios de prensa han destacado las semejanzas: provenientes de la clase media (no de la élite como Cameron), ambas se labraron una carrera a fuerza de perseverancia y de carácter, ambas se han destacado por firmeza de decisiones y de convicciones. A May, que ha sido la ministra del Interior que más ha durado en ese cargo donde más de una vez ha dado muestra de energía y recia voluntad, ya han empezado a apodarla “dama de hierro”, al igual que a la Thatcher.

No sé si para elogiarlas o para denigrarlas, a las mujeres que llegan tan lejos en la política y que dan muestra de estas dotes para el gobierno suelen atribuirles una mentalidad masculina, se dice que piensan y actúan “como hombres”. Yo así lo creo, por mucho que esa opinión pueda irritar a los que sostienen la teoría feminista de que las mujeres en el poder harían las cosas distintas a los hombres; es decir, estarían más dispuestas a dialogar y serían menos propensas a hacer la guerra, al extremo de que algunos hasta han llegado a proponer el matriarcado como una solución a los conflictos humanos.

En mi opinión, el ejercicio del poder —en la manada, en el clan, en la tribu y en las sociedades más avanzadas— es un acto de dominación que, entre seres humanos, se ha asociado ya durante varios milenios con el patriarcado, pero que no ha diferido sustancialmente cuando ha estado en manos de mujeres, ni siquiera en las primitivas organizaciones matriarcales. En tiempos históricos, las mujeres al frente de un Estado siempre se han comportado como hombres y especialmente las que han tenido mayor relieve y éxito: Semíramis, Zenobia, Isabel I, Catalina la Grande… a la cabeza de una lista que incluye a las estadistas contemporáneas, acaso por la sencilla razón de que el poder no es un atributo femenino. La mujer que lo ejerza asumirá, pues, un rol masculino, lo cual no tiene nada que ver, desde luego, con su conducta sexual.

Al aceptar el encargo de la Reina de formar gobierno, Theresa May ha aceptado un gran desafío al tiempo que ha entrado a formar parte de ese reducido club de mujeres al frente de gobiernos cuyo trabajo habrá de distanciarlas, necesariamente, de lo que, en el lenguaje machista de otra época, solían calificar de “sexo débil”. Si alguien espera, pues, que el gobierno británico se torne más amable, delicado o florido, más femenino en una palabra, por el ingreso de esta señora en el número 10 de Downing Street, no tardará en desengañarse. Lo mismo ocurriría si Hillary Clinton resultase electa a la presidencia de Estados Unidos en noviembre. Portarse “como un hombre” es lo primero que hace una mujer cuando llega al poder.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

© Echerri 2016

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