Vicente Echerri

Turquía y el golpe que la pudo salvar

Manifestantes ondean banderas el martes 19 de julio de 2016, durante una protesta contra el fallido golpe de Estado en Estambul (Turquía).
Manifestantes ondean banderas el martes 19 de julio de 2016, durante una protesta contra el fallido golpe de Estado en Estambul (Turquía). EFE

La enorme purga que ha emprendido el gobierno turco —contra militares y civiles— luego del fallido golpe de Estado del pasado viernes es de tales proporciones que sirve para justificar a los golpistas. Aunque no suscribo la teoría de que se trató de un autogolpe para facilitar esta purga, en la práctica ha funcionado como si lo fuera. Las barreras que contenían el sesgo autoritario del gobierno de Recep Erdogán están ahora en el suelo y la sociedad turca a merced de este petulante sediento de poder. Visto así, el intento de golpe de Estado puede verse como la última oportunidad de los turcos de recobrar el Estado moderno y secular que fundara Mustafá Kemal Ataturk hace casi un siglo e impedir el establecimiento de una autocracia islamista.

Lamento, pues, que los militares golpistas hayan fracasado y me parecen hipócritas los parabienes que le han enviado al presidente Erdogán sus homólogos occidentales. Los golpes de Estado y las sublevaciones militares no son malos ni buenos per se. Mejor es juzgarlos por los objetivos a que aspiran y los males que atajan. La sublevación de los nacionales en España —de la que acaban de cumplirse 80 años— fue una respuesta salvadora frente a los desmanes que cometía y dejaba cometer la república del Frente Popular. Que el franquismo triunfante se comportara como un régimen represor y se eternizara en el poder son lamentables secuelas de una intención noble; lo mismo puede decirse del derrocamiento del presidente chileno Salvador Allende en 1973. Los militares, por ser fieles a la Constitución que habían jurado defender, depusieron violentamente al hombre que, amparado en las urnas, se proponía imponer un régimen de ideología comunista. Los militares hicieron bien en derrocarlo, sin que esta buena intención pueda justificar los delitos del régimen de Pinochet y su larga estada en el poder.

La purga que, en el momento en que esto escribo, ya afecta entre arrestos y despidos a unas 50,000 personas y a numerosas instituciones públicas y privadas es una señal ominosa del rumbo por el que se encamina la Turquía de Erdogán, cuya agenda en contra de la libertad se ve súbitamente favorecida por los acontecimientos. Los noticieros difunden sin escándalo que el gobierno ha depuesto (o arrestado) a más de 2,500 jueces. ¿En qué democracia donde exista separación de poderes esto es posible? ¿Por qué razón los despidos masivos de miles de profesores y de decanos de facultades universitarias? Una acción como esta no puede enmascarar el odio de los militantes religiosos —que respaldan al gobierno— a los altos centros de estudio donde enseñan y se forman los defensores de la modernidad. ¿Qué inteligencia podrían haber tenido estos educadores con los militares complotados para derribar el gobierno? Ninguna, de lo contrario el golpe se habría descubierto y habría sido abortado mucho antes.

Resulta patético ver a jóvenes que llenan las plazas de las ciudades turcas en apoyo al líder que ya les ha reducido sus libertades y que se dispone a reducírselas aún más. Es tan absurdo, como las multitudes que salieron a apoyar a Galtieri y al régimen militar argentino cuando la toma de las Malvinas, a pesar de que se trataba de una dictadura sangrienta en su momento de peor descrédito. El pueblo turco debió salir a la calle en apoyo de los golpistas y en contra de este régimen de atraso que ahora encontrará menos cortapisas para imponerse, pero he aquí que se dejó arrastrar por los símbolos glamorosos del caudillismo para volver a hacer buena la sentencia bíblica: “El pueblo que no tiene visión perece”.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2016

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