Vicente Echerri

La senda de la revolución

Una bandera cubana y otra del Movimiento 26 de Julio ondean sobre una calle de la Habana Vieja, el martes pasado, en el aniversario del inicio de la revolución cubana con el ataque al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953.
Una bandera cubana y otra del Movimiento 26 de Julio ondean sobre una calle de la Habana Vieja, el martes pasado, en el aniversario del inicio de la revolución cubana con el ataque al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953. AP

Cuando una revolución ha estallado en los destinos de un pueblo,

cuando le ha ocurrido esta desgracia...

Nikolái Berdiáyev

Los cubanos recordamos hoy —en el día en que esto escribo—los 63 años del asalto al cuartel Moncada, hito fundacional de la revolución castrista, aunque al hacerlo nos mueva la repulsión y la pena y el deseo de que las cosas hubieran ocurrido de otro modo. Si Batista hubiera mandado a matar a Fidel Castro en la mañana del 26 de julio de 1953, no andaríamos por aquí de desterrados ni usted, lector amigo, estaría leyendo esta columna. Desde luego, a estas fechas, nadie se acordaría del joven exaltado que quiso meterse a tiros en la historia, salvo por algún viejo romántico que hablaría, con ojos brillantes, de su martirio, ante la ignorancia y la desidia general de sus compatriotas.

¡Ojalá hubiese sido así! ¡Cuánto más felices habríamos sido, qué infinitas desgracias nos habríamos ahorrado! Tristemente, ya sabemos, la historia no es lo que pudo ser, sino lo que fue, y el incidente de aquel 26 de julio empollaría, como el huevo del basilisco, al régimen totalitario que ha esclavizado a los cubanos por casi 58 años —precio demasiado caro para satisfacer los anhelos redentoristas de una generación de revoltosos. La antigua república nuestra era mejor, mucho mejor, a pesar de cierto nivel de corrupción y de los sables (sin filo por demás) con que la Guardia Rural repartía planazos en los campos y de los garrotes y desmanes de la policía. En días como hoy echo de menos al país que precedió a estos facinerosos iluminados, portadores de la desgracia a que se refiere el filósofo ruso Berdiáyev.

Lo más curioso es que, a tantos años de tiranía y horror, de esperanzas truncas y de intentos fallidos, de patriotismo militante, pero también paródico, no faltan en nuestro exilio, entre las mismas víctimas que leen esta página, los que recuerdan el 26 de julio con nostalgia, y sus corazones revolucionarios, por muy anticastristas que sean, se duelen del rumbo torcido y ruin que tomó —en su opinión— el movimiento por el que en un momento apostaron como herramienta regeneradora de una sociedad corrupta. Ja, ja, ja. Algunos de los que así creen y sienten son mis amigos, gente muy honesta, ciudadanos de primera, pero poseídos de una peligrosa ingenuidad. Alguna vez —como resultado de lecturas mal digeridas, encandilados por peligrosos demagogos, envenenados por intelectuales rencillosos— creyeron en la Revolución (con mayúscula) como el máximo instrumento corrector de una sociedad desviada y, en consecuencia, en cualquiera de sus profetas, ya fuese loco o gánster. Más tarde, como los maridos traicionados, no pueden entender la estafa que siempre estuvo en el proyecto, desde aquel día liminar del asalto al cuartel.

Siento profunda pena por estos “revolucionarios” trasnochados que aún sueñan, aunque no se atrevan a confesarlo, con la empresa imposible de recobrar el tiempo y enderezar su querida Revolución por derroteros decorosos. De momento les toca morirse en el exilio (o pactar vergonzosamente con la tiranía como hacen los más lamentables). Vuestra revolución no es ni pudo ser otra cosa que ese burdel menesteroso en que se convirtió nuestro país. No se desvió ni un ápice, porque la revolución estaba encarnada en su líder a quien le distéis con entusiasmo vuestra adhesión y ese líder fue fiel a su programa: retener el poder aunque el país se destruyera y el pueblo se envileciera hasta límites irreconocibles.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2016

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