Vicente Echerri

Traje de baño

Varias tunecinas, una de ellas (izq.) vestida con un burkini, un traje de baño que cubre todo el cuerpo, creado para las mujeres musulmanas, salen del agua en una playa al noreste de la capital de Túnez.
Varias tunecinas, una de ellas (izq.) vestida con un burkini, un traje de baño que cubre todo el cuerpo, creado para las mujeres musulmanas, salen del agua en una playa al noreste de la capital de Túnez. AFP/Getty Images

En varios municipios de Francia, las autoridades locales han prohibido el llamado “burkini”, un traje de baño que las mujeres musulmanas suelen usar para entrar en el agua o mostrarse en la playa y que sólo deja verles la cara, las manos y los pies. Algunos jueces y el primer ministro Manuel Valls han respaldado la decisión en nombre del laicismo de la república y de la igualdad de la mujer, de la cual Francia ha sido, en los tiempos modernos, fervorosa defensora.

Otras voces se han levantado para argüir que estas mujeres tienen derecho a usar cualquier bañador, en tanto no ofenda la moral pública o ponga en peligro la seguridad de los demás. La medida —por lejos que podamos estar— nos coloca en una disyuntiva entre nuestros principios y nuestros prejuicios: de una parte, la libertad que profesamos y defendemos; y, de la otra, el rechazo que despierta en nosotros todo lo que asociamos con un credo que nos parece cada vez más ajeno y hostil. La guerra que el extremismo islámico le ha declarado a Occidente —a partir de los atentados terroristas cometidos en nombre del islam en los últimos años— lleva a muchos de nosotros a rechazar de plano cualquier manifestación de la cultura islámica, a traducirla como un acto de penetración o contaminación, de abierta agresión a nuestros valores. Todos nos hemos vuelto algo islamófobos, al menos en un nivel emocional, aunque en el plano intelectual nos avengamos a reconocer que la mayoría de los musulmanes no se dedica al terrorismo. Creemos —y no dudo en incluirme— que una religión o una ideología es responsable de sus errores o aberraciones, del mismo modo que el cristianismo fue responsable de la Inquisición y de otros crímenes cometidos en su nombre.

Esta noticia sirvió para traerme un recuerdo de infancia. En los veranos de los años cincuenta, iba yo a diario a la playa, en mi natal Trinidad de Cuba, con una de mis tías que —a partir de una experiencia religiosa— había entendido que mostrarse en bañador era poco menos que una obscenidad y, en consecuencia, solía ponerse una bata de algodón corrugado encima del traje de baño, lo mismo cuando estaba a la orilla del mar que en el agua. A la distancia de los muchos años, me doy cuenta de que los demás debieron considerarlo una notable excentricidad, pero nadie, que yo me acuerde, llegó a sentirse ofendido o agredido por este atuendo con que mi tía ejercía su libertad y, de alguna manera, su fe. No entiendo por qué una conducta semejante tendría que suscitar hoy día —sobre todo en el contexto de una de las sociedades más libres del mundo— mayor alarma o abierta interdicción.

Sin embargo, el problema —preciso es reconocerlo— no está en el traje de estas bañistas, sino en que el mismo se percibe como signo emblemático de una “cultura” que empezamos a juzgar, en Occidente, como el enemigo que se propone subvertir nuestras costumbres y tradiciones. El extremismo musulmán ha sido exitoso en provocar esa reacción que nos lleva a ver nuestro enfrentamiento al yijadismo terrorista como un conflicto religioso o cultural. Lo peor es que estamos descendiendo una pendiente irremontable, por muchas que sean las voces que pretendan negarlo o impedirlo. La persecución general (sin excluir las deportaciones masivas y los campos de concentración) en Europa —e incluso en Estados Unidos— podría estar más cerca de lo que somos capaces de prever, y el choque entre Occidente y Oriente obedecer a un ímpetu más poderoso que la suma de todos nuestros principios y buenas intenciones.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2016

  Comentarios