Trasfondo

Cuba y Venezuela: la diplomacia de la vulgaridad, un poco de inglés y buenos puños

Samuel Moncada, conocido por su propensión a la violencia, fue nombrado ministro de Relaciones Exteriores por el gobierno de Maduro.
Samuel Moncada, conocido por su propensión a la violencia, fue nombrado ministro de Relaciones Exteriores por el gobierno de Maduro. AP

La diplomacia, que es tan antigua como las propias naciones, es la forma en que los Estados conducen sus relaciones internacionales. Y se basa en la voluntad de diálogo y el entendimiento. Es por eso que se dice que los diplomáticos son agentes de la paz. Según Harold Nicholson, un embajador inglés de larga carrera y autor de los libros Portrait of a Diplomat y The Evolution of Diplomacy, estos deben poseer no solo “certeza intelectual y moral” y comportarse con “moderación y sutileza”, sino también “ser pacientes y respetar el país que los acoge”. Y podría añadirse que deben tener conocimientos de protocolo, ser cuidadosos en el vestir, hacer uso de un lenguaje apropiado y comportarse como personas de distinción.

Desafortunadamente, en algunos países latinoamericanos con poco respeto por la democracia, los diplomáticos son todo lo contrario. En Venezuela, por ejemplo, Nicolás Maduro acaba de nombrar a Samuel Moncada, conocido por su propensión a la violencia, como ministro de Relaciones Exteriores en sustitución de Delcy Rodríguez, famosa por sus deslices protocolares y por haber ofendido al secretario general de la OEA, Luis Almagro, llamándolo “mentiroso, deshonesto, malhechor, mercenario y traidor”.

Pero Delcy Rodríguez no fue sustituida, como pudiera pensarse, por su actitud poco diplomática, sino porque Maduro la necesitaba en otras tareas revolucionarias. En realidad, no hay nada nuevo en ese cambio. En Venezuela designan y destituyen cancilleres con inusual frecuencia. Hasta la fecha, desde Juan Vicente Rangel, que fue el primero investido por Chávez, ha habido una decena de ellos.

Inglés y habilidades boxísticas

Al anunciar el nombramiento del nuevo canciller, Maduro dijo: “Tiene buena labia, tiene pensamiento y habla perfecto inglés”. Para enseguida, levantando los puños en una clara alusión boxística, agregar en un tono jocoso: “Y también mueve las manos”, refiriéndose a un airado encuentro entre Moncada y el activista de los derechos humanos, Gustavo Tovar-Arroyo, en el vestíbulo del Hotel Moon Palace, en Cancún, México, donde se celebraba la 47 Asamblea General de la OEA, reunida allí para tratar de solucionar, precisamente, la grave crisis política y social de Venezuela.

No es la primera vez que diplomáticos chavistas recurren a lo que Maduro calificó como la “diplomacia del tatequieto”. Es decir, la de la violencia. Y la del insulto, la descalificación y la vulgaridad. Y cómo no iba a ser así cuando el propio Hugo Chávez, refiriéndose a la participación del presidente de Estados Unidos, George W. Bush, en la Asamblea General de la ONU de 2006, dijo al comenzar su discurso: “Ayer vino el diablo aquí. Huele a azufre todavía esta mesa”. Al parecer, eso sentó el tono de lo que sería la futura diplomacia venezolana. Hace unos meses, cuando Luis Almagro convocó a una sesión del organismo para votar la aplicación de la Carta Democrática, Maduro le dijo: “Señor Almagro, métase su Carta Democrática donde le quepa”. Solo para un poco después declarar: “Cuando un pueblo es libre no le importa la OEA para un carajo”.

“Ese ‘estate quieto’ es una forma de amenaza. El limitado vocabulario de Maduro lo obliga a recurrir a frases hechas que transitan entre su incoherencia y su incontinencia verbal”, opina Pedro Roig, asesor senior del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos de la Universidad de Miami.

En realidad, estas groserías no son de extrañar. Después de todo, la diplomacia chavista es una copia al papel carbón de la de Cuba. ¿Acaso no fue Fidel Castro quien calificó a la OEA como una cloaca? Si alguien quisiese medir el deterioro moral de la revolución cubana solo tendría que fijarse en el descenso intelectual de los cancilleres de la isla. Por ejemplo, el primero de ellos, Roberto Agramonte, nombrado por el presidente Manuel Urrutia el 5 de enero de 1959, fue un destacado abogado, político, filósofo, sociólogo, diplomático y profesor universitario de muchísimo prestigio que solo estuvo en el cargo seis meses, pues en cuanto la revolución comenzó a torcer su rumbo democrático, renunció y abandonó el país para siempre.

El que le siguió, Raúl Roa, abogado, intelectual, político de izquierda y famoso por su ardiente oratoria, comenzó su gestión como canciller utilizando en las Asambleas Generales de la ONU un lenguaje cuidadoso y de altura: “A la diplomacia de la Revolución Cubana corresponden deberes y responsabilidades congruentes con su naturaleza democrática, proyección continental y trascendencia universal”. Sin embargo, cuando esa misma revolución de “naturaleza democrática” se convirtió en una dictadura, sus discursos cambiaron. De acusar a gobiernos democráticos de la región llamándolos “dictaduras satélites” y de tildar de “traidores y mercenarios” a los cubanos anticastristas, pasó a proferir indecencias contra todo el que se atreviera a cuestionar la falta de libertades en Cuba.

La ruina moral de Cuba

A partir de Roa, los cancilleres que le siguieron no fueron otra cosa que un reflejo del carácter represivo de la revolución y de la ruina moral que poco a poco fue adueñándose de todos los estratos de la sociedad. El descenso comenzó con Isidoro Malmierca, quien antes de ser ministro de Relaciones Exteriores había sido el fundador de la Seguridad del Estado. Sin sonrojarse siquiera, Malmierca pasó de represor a diplomático. De repente, dejó de interrogar prisioneros en los oscuros calabozos de Quinta y Catorce y comenzó a pedir la palabra como “cuestión de orden” en los luminosos salones de las Naciones Unidas.

Pero cuando verdaderamente la diplomacia cubana tocó fondo fue con el nombramiento como canciller, primero, de Roberto Robaina, un payaso que se vestía como los personajes de la serie de TV Miami Vice. Y después, con el de Felipe Pérez Roque, al que el pueblo bautizó con el mote de “seboruco”, tanto por su físico como por su intelecto. Después de ser destituido por bromear sobre la salud de Fidel y sobre la incapacidad de Raúl para dirigir el país, Pérez Roque fue sustituido por Bruno Rodríguez, el actual canciller, de todos ellos quizás –aunque gris y sin carisma– el más preparado.

“Con la excepción de Roa, que fue culto, ácido y buen polemista, los demás cancilleres de la Revolución cubana son figuras mediocres que siempre han repetido, con temor a equivocarse, los disparates alucinantes de Fidel y Raúl Castro”, expresó el profesor Roig a El Nuevo Herald.

La verdad es que los cancilleres de Venezuela y Cuba son, por decirlo de alguna manera, la antítesis de la diplomacia. En los foros internacionales se comportan con grosería y recurren al insulto y a la violencia para hacer valer sus puntos de vista. La descalificación y el matonismo son sus marcas de fábrica. Quizás ya sea hora de llamarlos por sus verdaderos nombres: cancilleres de la vulgaridad.

manuelcdiaz@comcast.net

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