Trasfondo

Recorra Aracataca, el pueblo que inspiró el Macondo de García Márquez

Desde la ventana del autobús, las pocas personas que caminan por las aceras del pueblo parecen moverse en cámara lenta, como si sus cuerpos pesaran más de lo que aparentan.

Al bajar del vehículo entiendo por qué: el calor, como una ráfaga de fuego, me paraliza. Es mediodía de un viernes de septiembre y el sol pica en Aracataca, el soñoliento pueblo del Caribe colombiano donde nació el escritor Gabriel García Márquez y que sirvió como inspiración de Macondo, la aldea ficticia del libro Cien años de soledad.

Bajamos los únicos tres pasajeros y en pocos minutos el hombre que nos trajo en el autobús desde Cartagena, anuncia con voz de apuro que “¡Me voy con los que hayan!”. Unas siete personas suben apresuradas al vehículo. Los neumáticos rechinan, dejando atrás una nube de polvo que se mete por los ojos y la boca de los que quedamos en la parada.

Es la hora de la siesta y las calles están casi vacías. A la entrada del pueblo, frente a un mural con el rostro de García Márquez rodeado de mariposas amarillas, se está lamiendo las patas un perro marrón y tan flaco que el cuero se le pega a las costillas.

Cerca de la parada, un hombre joven pregona “¡Dulce de coco!, Dulce de coco!” y solo repara en que “ya los había vendido todos en la otra calle”, cuando mi padre le hace saber que ya no queda nada en la batea que carga al hombro.

“Aquí en Cataca siempre se va más gente que la que llega”, nos advierte el vendedor de dulces sin dulces, al enterarse de que somos turistas.

En ese momento empiezo a entender lo que varias personas en el pueblo repetirán durante nuestra breve visita: el escritor no se lo inventó. Macondo existe.

Ha pasado medio siglo desde que Aracataca fuera inmortalizada en las obras de García Márquez, quien publicó Cien años de soledad en 1967 y recibió el premio Nobel de Literatura en 1982. Desde entonces, los cataqueros esperan que algún día la gloria que significó el Nobel para Colombia y América Latina, tenga un efecto dominó sobre el olvidado pueblo.

“Que nos toque algo, aunque sea por añadidura”, dijo Frank Domínguez Valiente, un maestro de literatura y estudioso de la obra del Gabo (en Aracataca todos le llaman Gabo, Gabito o El Nobel). “Ha habido temporada alta, como cuando Gabo ganó el Nobel, que llegaron los turistas. O cuando la muerte de Gabito, que volvieron a llegar”.

   

El pueblo tiene casi 40,000 habitantes y está en la categoría de los que menos recursos reciben en Colombia. Hace un par de años, un titular sobre Aracataca le dio la vuelta al mundo, anunciando que después de un siglo, el agua potable por fin llegó a Macondo (aunque, al día de hoy, el agua sale a cuentagotas en las plumas de algunos vecindarios). Varios lugareños lamentan que “el propio Nobel” solo haya visitado el municipio dos veces en sus últimas tres décadas de vida, aunque otros insisten en que el escritor de vez en cuando iba de incógnito.

Aun así, cataqueros de diferentes generaciones se ven a sí mismos como herederos de un legado inigualable. Para ellos, Aracataca ocupa un lugar único entre los pueblos de América Latina, por ser “la materia prima de Macondo”. Dicen que es “una responsabilidad y una oportunidad, reconocer esa carga histórica”.

“Para nosotros lo importante es apoderarnos y empoderarnos de todo eso”, dijo Daniel López, de 34 años y director de la Casa Museo Gabriel García Márquez, o ‘la casa de los abuelos’, donde el escritor vivió sus primeros ocho años.

La vivienda, que estuvo abandonada por años, fue restaurada en el 2010 con muebles antiguos comprados en otros lugares. Los cuartos han sido recreados como los describe el escritor en sus libros.

Los cataqueros se han apoderado de la historia del pueblo, real o imaginaria. Para la gente de aquí, aun los que no se han leído a García Márquez — que los hay, como Humberto, un conductor de bicitaxi de unos 30 años—, no resulta inverosímil que un niño nazca con cola de puerco, que un diluvio dure años, o que los vivos y los muertos hablen regularmente.

“Las cosas que contaba el Gabo aún suceden en Aracataca, los chismes, los pasquines”, asegura Ancízar Vergara, de 62 años, bibliotecario de la Biblioteca Municipal Remedios La Bella. “Aracataca puede ser cualquier pueblo de América o cualquier lugar del Caribe”.

En una esquina del comedor de la casa museo, cuelga un racimo de bananos hechos de poliespuma, con un letrero de cartón pintado para que parezca viejo. “Guineo: Hay que pelarlos antes de comerlos”.

A modo de explicación, le escucho decir a un joven que guía a un grupo de turistas argentinos en un recorrido por el museo: “Este letrero lo puso El Coronel, el abuelo del Gabo, porque por esos días de la United Fruit Company, venían un poco de gringos a visitar la casa y le metían el diente a los guineos con todo y la cáscara”.

- Ves, estos muchachos se conocen toda la historia y las anécdotas, me dice orgulloso Vergara, el bibliotecario.

- ¿Y esas cosas a quién se las escuchan, a sus padres o lo aprenden en las escuelas?, le pregunto.

-Eso fue una campaña de los maestros del pueblo. Yo te voy a llevar donde alguien que te hace todo el cuento.

Frank Domínguez tiene 62 años, enseña literatura a estudiantes de secundaria en la Escuela Gabriel García Márquez. Vive en una casa humilde que queda frente a un canal de irrigación que va a las plantaciones de Palma Africana, que en la última década han desplazado a los bananos.

Encontramos a Domínguez sentando debajo de un árbol frondoso tomando el fresco de la tarde, acompañado de una cotorra enjaulada. Un niño de una vivienda vecina correteaba desnudo por el canal.

-¡Tenga cuidado que se lo lleva la corriente!, le advirte Domínguez, en un tono paternal.

-No ve que es maestro, señala Vergara, riendo.

Para 1982, cuando anunciaron que García Márquez se había ganado el premio Nobel, en Aracataca “nadie tenía idea de quién era el Gabo”, contó Domínguez.

Los turistas empezaron a llegar y a preguntar a la gente sobre los libros y los personajes, pero los cataqueros no sabían qué decir.

“¿Usted no se han leído Cien años de soledad? ¿Ustedes no saben quien es Melquiades? ¿Ustedes no saben quien es no sé quién?”, preguntaban los visitantes.

Domínguez y otros maestros iniciaron entonces una jornada de capacitación, visitando casa por casa los fines de semana, para asignar lectura a sus paisanos, y después examinarlos sobre la obra. Algunos perezosos no hicieron caso, pero muchos otros se interesaron, cuenta el profesor.

“Ahora tu le preguntas a cualquier persona en la escuela, o en el parque y te saben explicar, saben atender al turista”, insiste Domínguez, quien ha pasado años analizando el trabajo de García Márquez y es autor de ensayos y libros sobre el tema, desde la relación entre Cien años de soledad y la biblia, hasta estudios psicoanalíticos de los personajes.

El programa literario continuó por años y se extendió a zonas cercanas. Jóvenes que han formado parte del mismo, hoy “lideran un renacer cultural”, según Domínguez.

“Como los muchachos que están de guías turísticos en la casa museo, Kiki, el hijo de Abel Rodríguez…”, cuenta Domínguez.

   

Algunos cataqueros se adentraron tanto en los libros de García Márquez, que encontraron en ellos a sus abuelos y tíos.

Antonio Daconte nació en Calabria, Italia y terminó en Aracataca. Allí fundó un cine, el Teatro Olympia, al que Gabo, cuando era un niño, iba con su abuelo, el coronel Nicolás Márquez. Hoy el lugar es un comercio lleno de sacos de arroz.

La esposa del maestro Domínguez es la nieta de Daconte. Domínguez asegura que “Gabito convirtió a Antonio Daconte en un personaje de Cien años de soledad. Pero después le cambió el nombre, porque en el libro el personaje se vuelve homosexual, entonces lo llamó Pietro Crespi para evitarse problemas”.

“Como dice el dicho, pueblo chico infierno grande”, comenta Vergara, el bibliotecario.

Andrea Aarón es una mujer simpática, de ojos pequeños y cuerpo grueso, que habla sin tomar pausa. Es cocinera de platos típicos de Aracataca. La conocí un sábado por la mañana, frente a la biblioteca municipal Remedios la Bella.

“Siento que no los puedo atender pero es que tengo una agenda muy apretada porque hoy viene el padre Linares a visitar el pueblo y le estoy cocinando un festín. Me hubieran avisado con tiempo que venían y yo les preparaba unas arepitas asadas, de coco que son ricas y deliciosas”, dice Aarón, como si nos conociera de antaño.

Antes de irse, se para en medio de la calle desierta, y apunta hacia una casa de madera y techo de zinc a una esquina de la biblioteca.

“Mi abuela era Carolina Castellanos, cambiaba los cheques de la oficina de la United Fruit Company, que está en el libro”, dice Aarón con orgullo y se aleja sin aclararme si se refiere a su abuela o a la compañía bananera.

“Que loco, que fascinante”, comenta Malú, una turista peruana que quedó casi hipnotizada con las palabras de Aarón.

“Me fascina todo lo de Gabo, quería venir en tren como él hizo con su madre. Pero ya no se puede”, contó la turista, que viajó desde Santa Marta.

A Aracataca ya no se puede llegar en tren. Y es en estos asuntos donde la realidad choca con la magia.

El tren pasa todos los días, cada media hora, y por tres minutos parte el pueblo en dos, deteniendo el flujo de vehículos — principalmente bicitaxis y motocicletas— y el paso de peatones. Pero ya no carga gente, sino carbón, y los que viven cerca de la estación se quejan de que el hollín les enferma los pulmones.

Los turistas, como Malú, mi papá y yo, van a la parada ferroviaria a escuchar la locomotora y ver pasar los vagones. Una visita a Aracataca no estaría completa sin la ensordecedora experiencia. Pero para los cataqueros, tiene más de dolor de cabeza y disgustos que de encanto. Y a pesar de las protestas, recientemente iniciaron la construcción de una nueva vía.

Entonces recuerdo lo que dijo Vergara, el bibliotecario: “Aracataca puede ser cualquier pueblo de América, o cualquier lugar del Caribe”.

   

Siga a Brenda Medina en Twitter: @BrendaMedinar

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