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Los campos de la muerte

Por las calles polvorientas del humilde reparto de la Virgen de la Candelaria, los altoparlantes de una camioneta de servicios fúnebres, con música religiosa de fondo, invitaban a las exequias de Hermógenes Martínez, un apreciado predicador evangélico de este caluroso pueblo del occidente del país.

''Uno más'', comentó resignado un vecino al sumar la muerte de Martínez a las estadísticas de la terrible enfermedad que está dejando varias aldeas de esta región llenas de viudas y huérfanos sin sustento.

''Esto lo vemos aquí dos, tres y hasta cuatro veces a la semana'', agregó, mientras la camioneta desaparecía envuelta en el polvo amarillo de la calle. Martínez, de 61 años, murió el 8 de abril a causa de una insuficiencia renal crónica (IRC) de origen desconocido, una enfermedad que reduce los riñones al tamaño de un frijol.

Entre la gente del pueblo que horas más tarde vio impotente pasar el cortejo fúnebre de Martínez, hay unos 2,000 ex trabajadores agrícolas de los cercanos ingenios azucareros San Antonio y Monte Rosa, que saben que sus días están contados porque también sufren de la enfermedad que ha matado lenta y dolorosamente a cientos de compañeros.

Esos hombres que se quitaron los sombreros y las gorras al ver pasar el féretro de Martínez por las calles de este pueblo, son el saldo agonizante de una tragedia que se vive semanalmente en esta región, sin que el gobierno haya ofrecido una respuesta definitiva y convincente sobre sus causas.

Según los trabajadores, el origen del mal está en el aire, en la tierra y en las aguas que los ingenios contaminaron con agroquímicos, una acusación que los administradores de los centrales niegan categóricamente, alegando que no hay ninguna base científica que sustente esa denuncia.

Cualquiera que sea la causa, Chichigalpa es un pueblo de desahuciados.

Los robustos trabajadores que solían llegar a sus casas extenuados en las tardes, tras haber cortado cuatro o cinco toneladas de caña por 60 centavos de dólar la tonelada, ahora deambulan por las calles del pueblo sin nada que hacer o se sientan en taburetes al frente de sus casas a ver pasar el mundo que perdieron.

No pueden trabajar porque se agotan en minutos. Vomitan con frecuencia y se quejan de ''fogonazos'' en el cuerpo, dolores en los costados y náuseas. Algunos no tienen fuerza ni para alzar a sus hijos. Se les prohíbe tomar café, gaseosa, beber licores, comer carnes rojas, leche y huevos y les aconsejan no hacer el amor con sus mujeres para evitar vahídos y desmayos.

Sólo les queda prolongar su vida unos años con mucha voluntad y unas pastillas de calcio para compensar la pérdida de esa sustancia en el organismo a causa de la deficiencia renal.

Hasta que un día, como constataron reporteros de El Nuevo Herald en un par de casos durante una visita el mes pasado, no resisten más vivir de pie y se tiran a un camastro con el cuerpo hinchado y una sofocación intolerable a esperar la muerte tomando sorbitos de Gatorade.

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