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Cuba, pionera de la ópera en las Américas

Luigi Arditi con Giovanni Bottesini
Luigi Arditi con Giovanni Bottesini

Pocas personas conocen el dato de que fue en La Habana donde surgió el primer teatro expresamente construido para la ópera de este lado del Atlántico: el Coliseo o Principal de La Habana. Aunque ya en 1750 se había puesto en un teatro de Nueva York <f"ITimesItalic">La ópera del mendigo, de John Gay, la primera función de ópera propiamente dicha en las Américas en realidad fue <f"ITimesItalic">Didone abandonata, con libreto de Metastasio y música de autor desconocido --48 compositores han trabajado el mismo libreto--, que subió a escena en 1776, el 12 de octubre, conmemorando el descubrimiento de la isla de Cuba y para inaugurar el mencionado teatro.

Algunos afirman que la música era de Piccini, pero parece que él no completó su obra hasta el 1783, lo cierto es que se trata del primer gran teatro de ópera en el continente americano. El siguiente sería el de Baltimore, en 1793.

Aunque ya hay cierta vida operística desde fines del siglo XVIII, desde principios del XIX, La Habana se convierte en un verdadero centro musical, no sólo para las Américas, sino para el mundo entero. Las danzas cubanas, y en especial, las habaneras --de donde surgiría el tango-- recorren el mundo como habrían de recorrer un siglo más tarde otras estructuras musicales cubanas como el son, el danzón, la rumba, el mambo, el chachachá y la nueva trova, entre otras.

Esa efervescencia musical y cultural de Cuba en el siglo XIX (porque el fenómeno se extendía de La Habana a otras ciudades como Cienfuegos, Matanzas, Camagüey, Santiago, etc.) atrajo a la isla cantantes operísticos famosos y hasta a compañías completas provenientes de España e Italia.

La primera ópera cubana, con texto de Manuel de Zequeira y autor desconocido, es <f"ITimesItalic">América y Apolo, estrenada en 1807. En 1811 se crea una compañía estable básicamente con cantantes españoles. Varios compositores cubanos componen óperas y zarzuelas; pero también extranjeros radicados en Cuba, como el italiano Stefano Cristiani, que estrena varias a partir de 1817, y el español José Serrano, a partir del 1823.

Otro gran hito de la ópera en Cuba --y por ende en las Américas-- es la llegada desde Italia a La Habana de los que habrían de convertirse en dos grandes compositores y directores de orquesta: Luigi Arditi y Giovanni Bottesini.

Con el violín el primero y con el contrabajo el segundo, ambos encontraron trabajo en la Sinfónica del Teatro Tacón que era en ese momento el más grande de las Américas y tercero en el mundo, y donde también fungirían como directores de la orquesta. Durante los intermedios, estos dos talentosos jóvenes entretenían al público con sus composiciones e improvisaciones tocando solos y a dúo. Las composiciones de Bottesini, a quien en París bautizarían como ''El Paganini del contrabajo'' vuelven a estar de moda, casi un centenar de títulos se encuentran hoy día a la venta con sus obras.

Desde mediados del XIX, y gracias a la labor de estos dos compositores y los cantantes, técnicos y creadores que llegaron en el mismo barco con ellos --el Annibale--, el auge operístico en la isla era tal, que se traían decorados, telones y mecanismos de tramoya desde Milán, amén del escenógrafo Carlo Fontana. Uno de los ingenieros encargados de la escenografía, el genial Antonio Meucci --casado con la vestuarista Ester Mochi-- que había trabajado en el Teatro della Pergola, en Florencia, lograba milagrosamente cascadas en escena e inventó para el Tacón el primer teléfono del mundo, en 1850, el cual comunicaba distintas áreas del edificio y la casa del dueño del Tacón, el catalán Don Francisco Marty. El Tacón fue durante décadas el teatro más moderno y lujoso del mundo.

Arditi y Bottesini compusieron y estrenaron cada uno una ópera para el Tacón. La del primero se conserva: <f"ITimesItalic">Gulnara o El Corsario (1848), con libreto de Rafael María de Mendive (el maestro de José Martí), la del segundo, lamentablemente, se ha perdido: <f"ITimesItalic">Colón en Cuba (<f"ITimesItalic">Cristophoro Colombo, 1848) con libreto de Ramón de Palma. La amistad de estos directores de orquesta con Verdi y otros compositores de la época permitía que en La Habana se estrenaran las óperas pocos meses después de su estreno mundial en Italia.

Arditi y Bottesini en compañía de la soprano Agiolina Bossio --que años más tarde ganaría fama internacional en Londres-- hicieron una gira por el interior que incluyó Trinidad, Cienfuegos y Matanzas. La compañía de Opera Italiana de La Habana, durante los meses de invierno, organizaba giras por Chicago, Nueva Orleans y otras ciudades estadounidenses.

En Nueva York conoce Arditi a Virginia Warwick, con la que poco después se casa y abandona Cuba en 1851 para radicarse en esa ciudad. Después de giras y viajes, se estableció en Londres, donde también escribió un capítulo decisivo en el desarrollo de la ópera en esa ciudad, en la que habría de morir en 1903. Sin embargo, en sus memorias, <f"ITimesItalic">My Reminiscences (1896), el primer recuerdo está dedicado a La Habana que sin duda marcó los inicios de su brillante carrera.

En cuanto a Bottesini, quien dirigiría el estreno mundial de <f"ITimesItalic">Aida en El Cairo, en 1876, vivió en la isla hasta 1855, tocando, dirigiendo la Compañía de Opera Italiana y componiendo, y sin duda, en estrecha relación con compositores cubanos como Manuel Saumell (1817-1870); pero su biografía no se ha escrito todavía y nadie sabe a ciencia cierta todo lo que hizo en esos años en la isla caribeña.

Sin duda el paso de estos dos compositores y directores de orquesta por Cuba, al igual que el de los grandes cantantes que ellos trajeron o atrajeron a Cuba y a los nacionales que ayudaron a desarrollar --como la soprano Concepción Cirartegui-- marcó un hito en la música de la isla. Fue una gran interrelación y así como Arditi compuso habaneras y danzas cubanas (y posiblemente también Bottesini tenga influencia criolla en su apasionada música) ellos estimularon y elevaron el gusto del cubano por la canción lírica y la ópera. No es de extrañarse el que sea Cuba el único país de América donde floreció y sigue siendo popular la zarzuela, género lírico español.

En 1874, el santiaguero Laureano Fuentes Matons (1825-1898) tuvo notable éxito con <f"ITimesItalic">La hija de Jefté, estrenada en el Reina, de Santiago de Cuba, aunque algunas de sus obras permanecen sin estrenarse. Muchos compositores cubanos tuvieron mejor suerte fuera de la isla, como Gaspar Villate (1851-1891), amigo de Verdi, que gozó de notoriedad en España y en Francia, donde falleció.

El siglo XX comienza con el estreno de la ópera cómica <f"ITimesItalic">Los saltimbanquis, del famoso compositor de danzas Ignacio Cervantes (1847-1903), en 1901. Eduardo Sánchez de Fuentes (1874-1944), tan conocido por sus canciones populares, es también un prolífico autor operístico. Pero sin duda José Mauri (1855-1937), nacido en España, es el mayor creador cubano en el género, con temas nacionalistas y estructuras más modernas, y de quien <f"ITimesItalic">La esclava (1918) fue mantenida largamente en el repertorio cubano. Hay que destacar las óperas cubanas de Hubert de Blanck (1856-1932), de origen holandés: <f"ITimesItalic">Patria, <f"ITimesItalic">Actea e <f"ITimesItalic">Icaona, y las de los genios malogrados Amadeo Roldán (1900-1932), <f"ITimesItalic">Deirdre y Alejandro García Caturla (1906-1940), asesinado a los 34 años, <f"ITimesItalic">Manita en el suelo, sin estrenar, como tantas. Ernesto Lecuona (1895-1963), el músico más conocido fuera de la isla, creador de numerosas zarzuelas, dejó inconclusa la ópera <f"ITimesItalic">El sombrero de yarey.

La Sociedad Pro Arte Musical presentó muchísimas óperas bajo la dirección de Paul Csonka y otros a finales de los 40 y durante los 50. Ahí se destacaron cantantes cubanos de la talla de Marta Pérez, Iris Burguet, José Le Matt, Humberto Diez, Ana Menéndez, y muchos más, que habrían de hacer carreras internacionales. Csonka dirigió también ópera para la TV.

Otros cantantes cubanos a destacar son Chalía Herrera, Zoraida Morales y Zoila Gálvez, una de las primeras cantantes negras que alcanzó el estrellato operístico en Europa y América.

Hasta 1958, La Habana fue una plaza muy respetada y visitada por las luminarias de la ópera. Desde Caruso hasta Renata Tebaldi, desde Tito Schipa hasta Victoria de los Angeles muchos grandes nombres cosecharon laureles en la capital cubana.

La ópera repercutía en la cultura popular, uno de los más gustados danzones de Antonio María Romeu (1876-1955) está inspirado en <f"ITimesItalic">La flauta mágica, de Mozart, y también hizo uno sobre <f"ITimesItalic">El barbero de Sevilla, de Rossini. Zarzuelas y recitales eran transmitidos por televisión e incluso --más de medio siglo antes del primer <f"ITimesItalic">crossover--, la cantante lírica y popular Rita Montaner (1900-1958), estrenó la ópera <f"ITimesItalic">La médium, de Menotti, en 1955.

En la década del 1960 hubo cierto incremento en la popularidad de la ópera, pues se hicieron puestas de <f"ITimesItalic">La Traviata, <f"ITimesItalic">Fausto y <f"ITimesItalic">Rigoletto con libretos traducidos al español por la compositora María Alvarez Ríos (1919-), las cuales fueron transmitidas por televisión. También bajaron los precios de los teatros. Incluso, en 1959, se había puesto una <f"ITimesItalic">Carmen absolutamente gratis. A partir de esos años, los elencos operísticos de los países socialistas comenzaron a visitar La Habana, pero esto no estimuló la producción nacional, posiblemente por la falta de libertad de expresión.

Lamentablemente, aunque pionera, Cuba, que hace 150 años fuera un hervidero operístico, en las últimas décadas ha visto ir el género en decadencia. Apenas han surgido algunos títulos que no han trascendido sus costas, como <f"ITimesItalic">Ibeyi Añá, de Héctor Angulo (1932-), basada en un cuento de Lydia Cabrera. 

dfernandez@herald.com

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