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Los hijos de Papá Montero se exilian

Rolando Laserie
Rolando Laserie

''Se acabó la diversión, llegó el Comandante y mandó a parar'', es un verso que traiciona los designios de su autor, el trovador Carlos Puebla, cuando en un arranque de delirio revolucionario trató de argumentar, sucintamente, el cisma acontecido en Cuba con la llegada del gobierno de Castro al poder en 1959.

El menos divertido y humorístico de los gobernantes cubanos la emprendió desde temprano contra lo que consideró resabios de La Habana nocturna y de su banda sonora musical de ensueño, con una meticulosidad devastadora.

Sin sacudirse el polvo del camino fue ''mandando a parar'' a cada fabricante de esparcimiento que considerara contraproducente a sus designios mesiánicos. Papá Montero no se fue de rumba sino que regresó literalmente a la tumba del aburrimiento socialista impelido por la cansona idea de una pureza social totalmente extemporánea.

En lo que los intelectuales aceptaban, cariacontecidos, la idea de hacer todo dentro de la revolución en estrafalarias reuniones con el abogado-guerrillero llegado intempestivamente de la manigua, los cultivadores de la música popular no repararon en los desafueros que sobrevendrían y, perplejos, se fueron quedando sin sus plataformas de inspiración, arrinconados por un modo de vida miliciano con el cual resultaba difícil comulgar.

Algunos, preclaros, no lo pensaron dos veces para agenciarse giras al exterior de donde no regresarían jamás. Los que permanecieron en la isla debieron sufrir las carencias paulatinas de un sistema que no estaba diseñado para la fiesta. Elena Burke, en el único documental que le dedicara la cinematografía cubana, manifiesta su inoperancia bélica al no saber portar un fusil para hacer la guardia revolucionaria en el centro laboral asignado.

De las numerosas fracturas alentadas por la intromisión inoportuna del régimen en el vasto universo cultural cubano, ninguna tan letal como la sufrida por la música popular que trató de ser evaluada y disciplinada sin misericordia.

Cuando muchos de los famosos que dieron fama y fortuna a esa música extraordinaria tomaban el camino del exilio, los salones de baile eran clausurados, se gestaban grupos solidarios de ritmos andinos y los integrantes de la nueva trova, luego de un comienzo equívoco donde simularon la infidencia, barrieron oportunistamente el pentagrama cual jóvenes comisarios con guitarra y botas cañeras, haciendo desaparecer el <f"ITimesItalic">glamour de la media luz y la gozadera ebria de los bailadores.

Por mucho que llenaron sus maletas de colibríes, versos de Martí, puestas de sol inolvidables, arrullo de palmas, aretes esquivos de la Luna, buena parte de la fuente nutricia quedó atrás, irrepetible en su complejidad idiosincrásica y debió ser sustituida por la nostalgia y otras astucias. Los que aterrizaron en Nueva York encontraron un panorama severo pero con antecedentes promisorios de público y mercado que permitían la continuidad. Los que optaron por la cercanía para que el regreso eventual durara unos minutos de vuelo entre Miami y La Habana, debieron partir de cero en la reinvención de un país imaginario.

En un comienzo, Miami solamente podía ofrecer el libre albedrío, lo cual era de agradecer, luego de experimentar la privación revolucionaria, a sus bulliciosos vecinos, pero adolecía de los sitios y la atmósfera necesarios para desarrollar un estrado similar al dejado atrás. <f"ITimesItalic">Night clubs y discotecas, sin la enjundia habanera, se quedaron cortos para dar cabida a leyendas errantes como Celia Cruz, Olga Guillot y Rolando Laserie. Radio, televisión, vida social, publicaciones, debieron comenzar en cero para nutrir la estelar farándula que siguió de gira internacional y por los Estados Unidos como para demostrar que iban a vencer la eventualidad del desarraigo, como mejor sabían hacerlo, a golpe de maraca y bongó.

Fueron los discípulos de las voces clásicas, sin embargo, influidos notablemente por la cultura adoptada los que, finalmente, hicieron un aporte significativo al ajiaco con <f"ITimesItalic">catsup que se estaba gestando en el enclave que los cubanos eligieron como nuevo hogar. Detrás del llamado <f"ITimesItalic">Sonido de Miami están artistas que hoy ostentan una carrera rica y diversa por la intrépida fusión de sonoridades como: Gloria y Emilio Estefan con su original <f"ITimesItalic">Miami Sound Machine, Willy Chirino, y Carlos Oliva y los Sobrinos del Juez, por sólo traer a colación el pico de un <f"ITimesItalic">iceberg caliente que pasó a ser la primera piedra de la Torre de Babel musical en que devino Miami poco antes de concluir el siglo XX y comenzar el nuevo milenio.

Con la excepción de los Estefan, que se han ocupado de cultivar el<f"ITimesItalic"> crossover en una zona significativa de su obra, el resto de los músicos cubanos exiliados, que sólo ha abordado tangencialmente en sus textos la ira de sus ancestros en contra de la dictadura que los desplazó, ha debido sufrir la curiosa marginación de públicos latinoamericanos que se resisten a considerarlos una alternativa a los artistas que residen en la isla. Vale recordar que los prejuicios también se extienden al mercado norteamericano y sólo recientemente Chirino ha sido distinguido con un premio Grammy que, sin dudas, merecía mucho más temprano en su carrera.

Nada ha desalentado, no obstante, el espíritu creativo y de inclusividad que ha caracterizado a Miami como plaza esencial de la música popular cubana. Mientras en La Habana siguen rigiendo requisitos ideológicos para recibir una exposición adecuada tanto nacional como internacionalmente y los músicos deben afrontar mal y rápido la rapiña de empresarios extranjeros inescrupulosos, así como la incapacidad de los agentes criollos, la capital del exilio da la bienvenida cordial a cada oleada de artistas que hoy por hoy componen un reservorio natural de la cultura cubana mucho más extenso y diverso que el de intramuros, lo cual resulta sumamente conveniente para cuando las paredes de agua que los separan se achiquen y La Habana y Miami emerjan como una Atlántida y formen la más importante geografía musical del hemisferio.

La democracia ha terminado por difuminar, de cierto modo, barreras generacionales y de otro tipo y Miami, además de albergar a talentosos ejecutantes que son requeridos durante todo el año para conciertos y recitales de famosos en los cuatro puntos cardinales, ostenta una nómina de intérpretes que en sí misma integra una suerte de cronología de la historia de la música popular cubana difícil de rivalizar y de encontrar en cualquier otro rincón del mundo, no obstante la diáspora inclemente que no cesa. De tal modo la estela de los clásicos marcó el camino de: Cristina Rebull, Luis Bofill, Mike Porcel, Albita, Manolín, Carlos Manuel, Mirtha Medina, Raúl Gómez, Leonor Zamora, Marcelino Valdés, Elaín, Roberto y Donato Poveda, Malena y Lena Burke, Omar Hernández, Arturo Sandoval, Amaury Gutiérrez, Luisa María Güell, las hermanas Nuviola, Francisco Céspedes, Argelia Fragoso, Annia Linares, Abana, Lissette, Maggie Carlés, Lázaro Horta, Marisela Verena y los ya fallecidos Marta Strada y Rockinchá, por sólo citar algunas figuras relevantes.

Ni decir que este emporio termina por seducir a artistas cubanos de otras latitudes en su afán por el reencuentro que no se produce y de tal modo llegan a estas costas: Meme Solís, Xiomara Laugart, Gonzalo Rubalcaba, Cándido Camero, Paquito D'Rivera, Habana Abierta, Lucrecia y muchos otros que no se consuelan con la distancia y la ausencia. Dentro del exilio cultural de la isla, tal vez uno de los pocos que se ha empeñado en reproducir la nación escamoteada con una pasión paradigmática, las notas de su música extremada penden sobre un firmamento de supervivencia y eternidad difícil de porfiar. 

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