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La tarde que conocí a Beny Moré

La tarde que conocí a Beny Moré

El Nuevo Herald

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ecía el bolerista Orlando Contreras que el mundo se dividía en dos: los que escribían Beny Moré bien, con una sola N, y los que lo escribían mal (como si fuera Benny Goodman), con dos. Curiosamente, antes de 1959, las firmas disqueras lo escribían como Dios manda, con una sola N, y ahí están los viejos discos y los antiguos carteles de los bailes y verbenas para corroborarlo.

La leyenda cuenta que estando en México, el lajero Bartolomé Maximiliano, espigado y enjuto, se convirtió en Beny Moré por el consejo de Rafael Cueto, uno de los integrantes del Trío Matamoros. ''En este país'', le explicó sabiamente Cueto, ''a los burros se les dice Bartolo'', y en ese mismo instante, quedó bautizado con el nombre con el que se haría famoso primero, después inmortal. Sin embargo, por alguna arbitraria razón, desde el 59 a Beny se le empieza a escribir el nombre con las dos N funestas, a escribirlo como se cree es correctamente en inglés, perdiéndose así la bella e imperfecta ortografía. Junto con Miguelito Cuní y Bola de Nieve, no hay nombre más sonoro en toda nuestra música que el de Beny Moré.

Beny Moré no es sólo el músico más grande y genial que ha nacido en Cuba, sino también el lugar común que todos los cubanos comparten. Es el único músico que todo el mundo sigue escuchando y del que conoce anécdotas, que gusta por igual a todos; el que ha logrado lo imposible, algo que no han podido los políticos de ningún bando, que es unir a una nación entera. A intelectuales y a carniceros; a comunistas y a anticomunistas; a un habanero y a un santiaguero. A través de sus canciones gozadas por generaciones enteras, el Beny dirigió el rumbo de la música nacional, y el resto de los músicos y sin excepción --la Orquesta Aragón, Olga Guillot y hasta la mismísima Celia Cruz-- siempre estuvieron un paso o dos detrás de él. El Beny es, además, el mito de un ídolo que se transforma en símbolo del país.

Cuando murió (una fecha que tal vez divide la música cubana en antes y después), nada volvió a ser igual, como si con él se hubiera muerto también la espontaneidad de la música cubana. Y la revolución que ya venía arrasando con todo, a partir de entonces acabó con la bohemia de los artistas de clubes y cabarets, con las madrugadas llenas de boleros, guarachas y filin, y la imagen de un par de amigos oyendo en la vitrola de cualquier bodega discos de Daniel Santos, Panchito Riset y Bienvenido Granda, con un vaso de cerveza y un platico con aceitunas delante y el cubilete listo para apostar, terminó por ser un condenable y decadente rezago del pasado.

No he olvidado, no voy a olvidar, el día que murió Beny Moré: el martes 19 de febrero de 1963. Tampoco he olvidado el día que lo conocí y le di la mano, que lo tuve al lado mío, más cerca de lo que yo creía.

Era un sábado por la tarde del verano de 1958, y mi padrino Napoleón me mandó a la bodega de la esquina para que le comprara un cazador Pita. Regresaba a la casa subiendo por la loma de mi cuadra, cuando sentí que del Solar del Uno --jamás supe por qué se llamaba así-- salía un ruido trepidante de tambores, un descomunal tronar de relámpagos, una música avasalladora que atraía a cualquiera que pasara por allí. Desde niño, el solar era un lugar absolutamente prohibido para mí, pero no pude resistir la tentación de ver de dónde salía una música tan arrebatadora, y crucé la calle y entré al solar.

Un apretado enjambre de hombres y mujeres --negros, jabaos, blancos y mulatos, todos ensopados en sudor y divertidísimos-- se movían y bailaban, como poseídos por algo estremecedor. En el medio de aquel vibrante hormiguero humano, un hombre con las greñas paradas, ululante, escandaloso, auténtico, cantando, gritando, bailando y muerto de risa, dirigía con autoridad aquella locura. Era el Beny.

Tenía puesto el célebre pantalón anchísimo que usaba aguantado por tirantes, una camiseta de gallego apretada en las mangas y unas chancletas de palo, mientras tocaba frenéticamente una tumbadora y cantaba algo parecido a un guaguancó junto a Coqui el Parrandero, el Nene Carburo y Felo Fechoría, los tipos más peligrosos y de más mala fama de todo el barrio. Todos se daban tragos enfurecidos de aguardiente Palmita y de ron Castillo a pico de botella y bailaban descalzos y eran más felices que una fogata al aire.

En medio del tremendo alboroto, no sé cómo pude, me acerqué al Beny, y no se me ocurrió otra cosa mejor que saludarlo, gritarle por encima de la música, del ruido y de su voz ''¡Beny, Beny!'', mientras él seguía sudando y cantando y gozando a carcajadas. Me vio y estiró el brazo y sin dejar de cantar me estrechó la mano y su mano me pareció una mano grandísima y llena de callos y un poco áspera, pero a la vez una mano familiar, como si le estuviera dando la mano a Dios. Después, todavía tocando y bebiendo y contentísimo, un hombre le gritó: ''¡Canta una guaracha, Beny!'', pero él siguió tocando la tumbadora y moneando y vociferando y no le hizo caso. De pronto, una mujer le pidió: ''Beny, canta un bolero''. Entonces, dejó de tocar y se hizo un silencio sobrecogedor. Con una serena altivez, le replicó: ''Ta'bien, pero se callan la boca''. Y empezó a cantar.

Aún tengo vívida en la memoria esa parranda de truenos y el desorden glorioso de ese día y la letra del bolero que, en pleno dominio de su voz, de su temperamento y de su vida, Beny Moré cantó. Fue mucho después que supe que escuchar cualquiera de sus canciones es siempre como irse de viaje, es volver a ese lugar entrañable de donde surgen todas las cosas de un genio irrepetible y que no deja nunca de conmover.

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