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Cuba, preámbulo del futuro

Cualquier predicción sobre el futuro político de Cuba pasa necesariamente por el tema de la sobrevivencia de Fidel Castro, anciano y convaleciente de una enfermedad que lo ha sacado del poder por los últimos 14 meses.

Cuba es un país que espera desde hace mucho tiempo, incluso antes de la enfermedad del gobernante. Los cubanos se han acostumbrado a esperar, a sobrevivir con apatía o a partir en busca de una vida promisoria fuera del espacio geográfico de la isla. Gozar, comer, partir, un reciente cortometraje del más pertinaz cineasta cubano del momento, Arturo Infante, nos habla de la inercia, el desasosiego y el sinsentido que gobiernan la cotidianidad del país. Casi nadie piensa que el sistema es reformable, pero tanto simpatizantes como detractores reconocen que los cambios no serán posibles mientras la gerontocracia mantenga el control de la esfera política y de los rumbos económicos.

La era de Fidel Castro deja una complicado escenario de frustraciones políticas, letargo económico y problemas sociales. El retorno de Castro al poder sigue bajo un enigma, pero parece improbable que vuelva a encarar las mismas responsabilidades con la capacidad de años atrás. Por el momento se dedica a escribir unas llamadas ‘‘reflexiones'', que muestran su impertinente afán de dictar los destinos de sus contemporáneos aun con artículos periodísticos. Las próximas elecciones generales del Poder Popular --convocadas por el gobernante interino Raúl Castro-- servirán fundamentalmente para saber si elLíder Máximo regresa al mando en el 2008 o permanecerá guiando al país desde las sombras hasta el desenlace final.

En este escenario que algunos analistas quieren calificar de pretransición, el papel del mandatario suplente será determinante para vislumbrar el día después de la nación cubana. Raúl Castro es un hombre comprometido en lo más profundo con una nefasta herencia de represión y autoritarismo, pero su sentido del pragmatismo, su perspectiva de mirar hacia los problemas concretos de alimentación, transporte y vivienda, y su desinterés discursivo, lo convierten en una pieza clave para una fase importante en la historia cubana: el preámbulo del futuro que inevitablemente se impondrá.

La Cuba actual es un mapa agrietado por 48 años de totalitarismo. Transitarlo para poner en orden una sociedad que fue desencentrada de sus cauces de normalidad institucional y cívica, presupone un largo camino por desandar.

La reestructuración de la pluralidad política y la vida democrática del país enfrenta el escollo de una población mayoritariamente --más del 65 por ciento-- nacida o formada después del triunfo de la revolución de 1959. Son individuos exhaustos de la omnipresente retórica ideológica, el adoctrinamiento en las escuelas y el proverbial escamoteo informativo de los medios de comunicación. El discurso unilateral durante décadas ha generado un escepticismo en torno a la validez de lo político, un rasgo de identidad entre las nuevas generaciones.

El movimiento de disidencia interna --un importantísimo bastión de resistencia cívica-- no ha logrado en estos años la suficiente capacidad de movilización y reconocimiento popular. El régimen ha sido implacable en el silenciamiento de esas agrupaciones ilegales, demonizándolas como instrumentos del imperialismo norteamericano. Pero su aporte a la vindicación de la sociedad civil y los derechos ciudadanos ha dejado una huella notable, y serán los integrantes de la oposición los pilares para la restauración de la confianza democrática a lo largo de la isla.

De todas las instituciones oficiales, el Ejército cubano --mucho más que el Partido Comunista-- parece llamado a jugar un rol decisivo en la transición política.

El ejército fue siempre una cantera esencial de los cuadros del aparato partidista y de la nomenclatura gubernamental. Con el fantasma de la confrontación estadounidense y las campañas internacionalistas fuera de órbita, la esfera militar pudiera aportar sus recursos y capacidad organizativa en el desarrollo económico del país. Las miras están puestas en la oficialidad más joven y menos comprometida con las decisiones históricas de sus jefes. Si el liderazgo de las fuerzas armadas apuesta por respaldar la reanimación democrática y rechaza involucrarse en acciones represivas contra la población, el país pudiera encaminarse por una senda de reconciliación de una manera más rápida y esperanzadora.

Por su historia y arraigo popular, la Iglesia Católica cubana es la otra entidad llamada a conciliar a los cubanos en un futuro cargado de obstáculos tan peligrosos como la pérdida de valores éticos, la carencia de espiritualidad y la desconfianza en el prójimo. La jerarquía católica --como ha sucedido en otros países de América Latina-- está obligada a liderar la colaboración con otras iglesias cristianas que han propiciado el servicio espiritual de los cubanos, y favorecer las condiciones de un diálogo nacional por el bien de todos.

La diáspora, que constituye en 10 por ciento de los 11.2 millones de cubanos, no quedará excluida de esta ecuación nacional, dañada por décadas de divisionismo y vergonzosas exclusiones hacia los exiliados. Aunque otras comunidades radicadas en Europa y Latinoamérica cuentan en el rompecabezas cubano, el poderío económico de los cubanoamericanos y su influencia política, será un caudal de privilegio para la nación cubana del siglo XX si logra encauzarse con inteligencia y ecuanimidad.

Los cubanos --dentro y fuera de la isla-- están ante una encrucijada de alta tensión política. Y deberán cruzarla con la convicción de que el futuro pudiera llegar mañana mismo.

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