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Una odisea de amor por 10 países

El viaje del carpintero cubano Iván Figueroa Rodríguez para reunirse con su amada en Miami consumió 588 días de tribulaciones por 10 países latinoamericanos, $22,000 y una fe infinita en que llegaría a su destino.

La noche del 27 de abril del 2006, cuando tomó un vuelo en La Habana rumbo a Kingston, Jamaica, pensó que los peores escollos quedaban atrás y que apenas una semana después estaría en Miami junto a Letzy Reyes, la mujer por la que había decidido abandonar Cuba para siempre.

No imaginó que enfrentaría la suerte de un Odiseo moderno, con dos intentos fallidos por vía aérea y un agotador peregrinaje terrestre desde Perú hasta la ciudad fronteriza de Brownsville, Estados Unidos, atravesando más de 30 ciudades, pueblos e intrincados caseríos centroamericanos.

Fueron en total 18,620 millas en busca del reencuentro feliz.

Cumplió también dos meses de prisión en Panamá y Costa Rica, pagó sobornos a agentes de inmigración en Perú y Colombia, y se valió de contrabandistas para trasladarse hasta la frontera mexicana.

"Los momentos más difíciles fueron cuando me arrestaron'', relató Figueroa, de 36 años. ‘‘Cuando se está en una aventura así, uno es capaz de soportar todo, incluso hambre, pero lo que más te golpea es la incertidumbre de que te puedan regresar a Cuba''.

La travesía que comenzó en La Habana hace dos años tuvo su primer accidente en la Ciudad de México. Figueroa desembarcó en Kingston con un pasaporte venezolano falso que había obtenido en Cuba y luego se subió a un avión de la compañía COPA con escala en Panamá, rumbo a México. Pero a su arribo, las autoridades mexicanas observaron irregularidades en sus documentos y lo enviaron a Venezuela.

Figueroa no pudo convencer a las autoridades de Caracas de su impostada ciudadanía venezolana, pero logró que le permitieran salir del país y fue a parar a Lima, Perú, a donde llegó el 7 de mayo del 2006 con el apoyo de un amigo.

"Llegué a Perú totalmente desorientado, pero allí traté de coger un segundo aire y reponer el dinero que había gastado'', contó. "Pero siempre con la confianza de que llegaría a Miami''.

En Lima alquiló una pequeña habitación y consiguió trabajo de cocinero en el restaurante El Parrillón, en la barriada de Miraflores. Seis meses después, con algún dinero ahorrado, emprendió un segundo intento de introducirse en territorio mexicano y compró un boleto Lima-Guatemala, con parada intermedia en Costa Rica.

Tres días después, el 30 de noviembre del 2006, Figueroa estaba de vuelta en Perú luego de que los funcionarios guatemaltecos rechazaran su entrada al país.

"Ellos [las autoridades guatemaltecas] detectaron que no era venezolano y me pidieron mil dólares como soborno para dejarme entrar y yo no los tenía'', recordó.

Regresó emocionalmente afectado, pero decidido a reinventarse una nueva ruta hacia Estados Unidos.

"La fe cristiana me impulsó a no rendirme'', confesó. "Este viaje también me ha servido para confirmar la fuerza de Dios''.

Figueroa regresó a su trabajo en la cocina de El Parrillón y comenzó a delinear un plan por vía terrestre, ajeno a los controles migratorios de los aeropuertos. Esta vez viajó con un grupo de siete cubanos que se trasladó en ómnibus de Lima a Zarumilla, en la frontera con Ecuador, y de allí a Machala, al sur de la ciudad de Guayaquil.

"Debido a los controles en los aeropuertos, además de que el grupo tenía pocos recursos y yo estaba desesperado, nos fuimos por tierra a expensas de enfrentar cualquier cosa'', señaló Figueroa, que inició el viaje final con unos $3,000.

Los riesgos de la travesía incluían no sólo los controles de puntos de frontera, sino también el vandalismo en rutas recónditas que debían desandar para evitar ser detenidos.

"Los bandidos de los pueblos en las fronteras ya están alertas sobre el paso de inmigrantes y tienen fijación con atrapar a cubanos, porque piensan que pueden exigirle dinero a sus familias en Estados Unidos'', explicó el viajero, que permaneció escondido en la ciudad colombiana de Medellín por 15 días antes de proseguir camino hasta La Guajira, en la frontera con Venezuela.

El grupo inicial fue fraccionándose y Figueroa se arriesgó a abordar una lancha de La Guajira hasta las inmediaciones del puerto de Colón, en Panamá.

Luego de ser arrestado en Panamá y cumplir cárcel por un mes y 20 días, hizo contacto desde allí con un contrabandista, gracias a referencias de amigos cubanos que habían cruzado Centroamérica con anterioridad. Su único recurso era una teléfono celular adquirido en Perú, del que se servía para mantenerse en comunicación con Miami.

"El arreglo se hizo en Panamá y entonces fui en autobús, con otras tres personas, hasta Guabito [Panamá], y de allí por 300 dólares te cruzan la frontera hasta Limón [Costa Rica]'', indicó.

Las autoridades costarricenses lo retuvieron por cinco días. Liberado el 15 de noviembre con protección de refugiado, Figueroa consiguió otro "coyote'' que lo llevara de San José a Nandaime (Nicaragua).

"Es una red perfectamente estructurada'', observó. "A partir de Nicaragua el viaje es de pueblito en pueblito, y de un país a otro se van cambiando los coyotes hasta la frontera mexicana''.

El 25 de noviembre arribó a Tapachula y se reportó a las autoridades mexicanas para poder obtener un salvoconducto por valor de $1,000. El documento autoriza al portador a permanecer por 30 días en el país.

"Esto se ha convertido un negocio en México... si pagas un salvoconducto no tienes que cumplir tres meses de prisión, en caso de que te capturen'', manifestó. "Los hoteles de la zona han subido de precio, el pasaje [desde Tapachula] a Matamoros se montó de 150 a 200 dólares''.

Con el salvoconducto en su poder, Figueroa emprendió un viaje de 36 horas hasta Matamoros y en la madrugada del 2 de diciembre cruzó la frontera para presentarse ante las autoridades estadounidenses en Brownsville, Texas.

"Fue como el desembarco del Granma'', bromeó Figueroa en alusión al yate cubano que transportó a 82 expedicionarios dirigidos por Fidel Castro desde Tuxpan a Cuba, en 1956.

Finalmente, el 5 de diciembre del pasado año, a las 10 de la noche, pudo abrazar a Reyes en Miami.

"Vine a Miami para encontrarme con la mujer de quien yo estaba enamorado desde que la conocí'', afirmó Figueroa. "Si ella hubiera estado en Alaska o en Irak también hubiera ido a buscarla''.

Reyes, de 41 años, dice que su pareja es un romántico empedernido y disuelve en chistes las aseveraciones de Figueroa.

"Yo le he dicho ya que no repita mucho eso, que la gente va a empezar a preguntarme qué es lo que tengo yo de especial para que este hombre se haya arriesgado tanto'', comentó sonriente.

Se conocieron en 1998 en La Habana. Un año después ella emigró con su hija de un matrimonio anterior y se radicó en California hasta el 2001, cuando decidió mudarse a Miami, donde se desempeña como auxiliar de enfermería.

Desde Cuba, Figueroa le enviaba largas cartas de amor, que ahora han comenzado a releer juntos. En otra ocasión le dio $20 a un residente de California que visitaba La Habana con el propósito de que a su regreso a Estados Unidos le enviara un ramo de flores a Reyes.

Figueroa, que es graduado de Técnico en Edificaciones, ya comenzó a trabajar con una empresa constructora en Miami Beach. La pareja contrajo oficialmente matrimonio a fines del pasado año.

"Haría el recorrido de nuevo, porque fue un esfuerzo por lograr la felicidad'', aseveró.

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