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Cubanos descifran códigos de las matrículas

Sentado en el muro del Malecón de La Habana, usted puede saber buena parte de la información de los conductores de los autos que pasan a su lado con solo mirar las placas: colores, letras y cifras se la proporcionan.

El tipo de auto también cuenta, pero importa menos: están los "almendrones'', clásicos norteamericanos de los años 50 que en sus entrañas llevan por lo general motores diésel de Europa del este adaptados, aunque los hay originales.

Pero ojo, un "almendrón'' es generalmente un taxi colectivo --legal o ilegal--, y si está "bien parado'' --pintadito y con buenos neumáticos-- identifica a un campesino o a alguien de dudosa labor, pero a quien no le falta dinero precisamente.

Ladas, Moskvich (de la era soviética) y Fiat de fabricación argentina, de los años 70 y 80 son un segundo grupo donde los que son particulares pertenecen generalmente a profesionales.

No obstante, han sido desplazados en años recientes por autos europeos y asiáticos modernos, casi siempre de extranjeros, de alquiler o de organismos oficiales, que los toman de segunda mano.

Para saber datos de los conductores, lo más importante es el color de la matrícula. Detrás de una ‘chapa' blanca viaja un ministro o director de alguna importante institución; con la amarilla se exhibe un feliz propie-tario del auto --que no abundan en Cuba; las placas azules o marronas pertenecen a autos de empresas estatales, aunque algunos de ellos son usados con fines particulares; y el verde les toca a los vehículos de cuerpos armados.

En el caso de las Fuerzas Armadas (FAR, verde aceituna) si se trata de un todo terreno o camión soviético, ¡cuidado!, son verdaderos acorazados a cuyo timón viene un recluta nada ducho en las artes de la conducción.

La matrícula naranja, si además tiene la letra K, significará que es un empresario extranjero: el encargado del estacionamiento será más amable, pero cobrará más; la jinetera (prostituta) o una simple aspirante a emigrar enseñará su mejor sonrisa, los vendedores clandestinos susurrarán sus ofertas: ‘‘Habanos Cohiba'', por ejemplo.

El mismo color, pero sin la 'K', y con una pegatina blanca con la leyenda PEXT en el parabrisas anunciará que viaja un profesional de la prensa extranjera. Policías y funcionarios se alistan: ‘‘¿Dónde quiere meter las narices este tipo ahora?", piensan.

Naranja, sin K ni pegatina, anuncia una iglesia. Tras el volante puede venir un sacerdote católico, una monjita, un pastor evangélico o un babalawo de la santería cubana, todos con la misma dignidad que les confieren los cuatro neumáticos en un país de muy deficiente transporte público.

La inscripción de la matrícula tiene tres letras y tres números. La letra inicial significa la provincia donde radica el vehículo: la H es Ciudad de La Habana. Cuando algún conductor hace una maniobra dudosa en sus calles y su ‘chapa' empieza con una letra diferente a la H, alguien le gritará: "¡Aprende a manejar, guajiro!''.

El color chocolate y las tres primeras letras TUR, significa que es un auto de alquiler y su presencia moviliza, muy solícitos, a prostitutas y vendedores de puros y tabletas estimulantes sexuales.

Por último, quedan las placas negras que señalan a los diplomáticos extranjeros. Solo con números, esa placa dirá a los conocedores de qué país se trata y si es el embajador u otro funcionario de menor jerarquía.

No es lo mismo un diplomático cuya matrícula comience por 201 --Estados Unidos, el inveterado enemigo cuya Sesión de Intereses está acusada de ser "el Estado Mayor de la contrarrevolución''--, que uno con 223, de la amiga Venezuela bolivariana de Hugo Chávez, cercana y suministradora de petróleo.

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