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Antes del exilio

El edificio del Círculo Cubano de Tampa, en 1920.
El edificio del Círculo Cubano de Tampa, en 1920.

La experiencia del exilio ha quedado asociada a las grandes dictaduras del siglo XX. Cuando pensamos en exiliados nos vienen a la mente los emigrées que escaparon al bolchevismo y el estalinismo, los judíos que sobrevivieron al holocausto en Estados Unidos, los rumanos en París o los miles de españoles refugiados en México durante el franquismo. Sin embargo, como advierte Edward W. Said en Reflections on Exile, ese fenómeno no es privativo del siglo XX: desde la antigüedad clásica y, más atrás, desde la historia sagrada, hay exilio.

Durante todo el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, en Cuba, hubo exilios. No fueron tan nutridos ni constantes, como el que provocó la revolución de 1959, pero crearon una cultura migratoria que todavía gravita sobre la memoria de los exiliados actuales. La palabra exilio, de hecho, prácticamente no aparece en el lenguaje de los emigrantes cubanos del siglo XIX: entonces se hablaba, más bien, de emigración y destierro. Pero, en los casos de conocidos intelectuales y políticos, la salida de la isla estuvo ligada a órdenes de deportación o a riesgos vitales, por lo que el concepto de exilio es aplicable por antonomasia.

En el siglo XIX son localizables, por lo menos, tres momentos del exilio cubano: el de José María Heredia, el de José Antonio Saco y el de José Martí. Cada generación no debería ser entendida como una caja de resonancia de dichas figuras sino como una comunidad intelectual y política heterogénea. Esos tres nombres son sólo señales cronológicas y no emblemas de la experiencia exiliada. Junto a cada uno de ellos veremos a decenas o a cientos de exiliados que, por diversas razones, abandonan Cuba bajo los momentos más autoritarios del régimen colonial español y se afincan en ciudades americanas y europeas.

La primera generación de exiliados es la que sale de Cuba en los años 20 del siglo XIX y que, además de Heredia, incluye a Félix Varela, José Antonio Saco, Gaspar Betancourt Cisneros, Pedro de Rojas, José Teurbe Tolón, José Agustín Arango y los hermanos José Aniceto y Antonio Abad Iznaga. Esta generación, que podríamos llamar ‘‘bolivariana'' y que estuvo involucrada en las conspiraciones masónicas de los Soles y Rayos de Bolívar y la Gran Legión del Aguila Negra, trabajó a favor de la independencia de Cuba desde Nueva York y México, fundamentalmente, y produjo publicaciones tan valiosas como El Habanero y El Mensajero Semanal, redactados por Varela y Saco, y El Iris, la gran revista literaria emprendida por Heredia y los carbonarios italianos, Florencio Galli y Claudio Linati, en México.

El segundo momento del exilio podría enmarcarse entre mediados de los años 30, cuando Saco es deportado por el general Tacón, y el estallido de la Guerra de los Diez Años en 1868. Esas son las décadas de la gran conspiración anexionista en Nueva York y Nueva Orleáns, en la que se destacan el Lugareño, Cristóbal Madan, José Luis Alfonso, Porfirio Valiente, José Sánchez Iznaga, Juan Clemente Zenea, Miguel Teurbe Tolón y Cirilo Villaverde. Son también los años de la propaganda reformista y antianexionista de Saco desde Europa, de la poesía patriótica de El laúd del desterrado, la célebre antología lírica de 1858 y del periódico La Verdad (1848-1860).

La tercera generación de exiliados cubanos del siglo XIX es la que podría localizarse en Nueva York en las tres últimas décadas de aquella centuria. Generalmente se asocia esa emigración a José Martí y con frecuencia se olvida que antes de la llegada de éste, en 1880, había un núcleo importante de cubanos que, en buena medida, provenía de la corriente anexionista. Tras el arribo de José Morales Lemus a la ciudad, la vieja Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico, fundada por los anexionistas, se convirtió en la Junta de Nueva York, una asociación de patriotas cubanos que se encargaron de presionar a favor del reconocimiento de la beligerancia del ejército libertador y de respaldar económicamente la guerra desde el exilio.

Como ha narrado Gerald E. Poyo, en su libro Whit All, and for the Good of All (1998), un estudio sobre el nacionalismo de la emigración cubana a fines del siglo XIX, las tensiones entre los viejos anexionistas (Villaverde, Bellido de Luna, Macías), algunos emigrados más recientes, como los hermanos Del Castillo, José de Armas y Céspedes, José J. Govantes y Francisco Valdés Mendoza, y el liderazgo ex reformista de la Junta (Morales Lemus, Miguel Aldama, José Antonio Echeverría, José Manuel Mestre) generaron fracturas políticas y un vivísimo debate público en periódicos como La Revolución, El Demócrata, La República, El Pueblo, La Independencia y La Voz de la Patria.

La llegada de Martí a Nueva York, en 1880, coincide con una merma del activismo político anexionista --aunque Martí llegó a hacer amistad con algunos de ellos, como Néstor Ponce de León y José Ignacio Rodríguez-- y con la democratización social de la emigración. El aumento de la población de tabaqueros cubanos en Cayo Hueso y Tampa, en aquella década, fue impresionante: en la primera ciudad vivían más de mil y en la segunda llegó a haber más de 20,000. Esa emigración y la que se asentó en las ciudades mexicanas de Veracruz y Mérida, compuesta, sobre todo, por comerciantes, pequeños y medianos agricultores y profesionales, vendrían siendo los primeros exilios masivos de la historia moderna de Cuba.

Entre 1888 y 1895 José Martí desplazó los antiguos liderazgos del exilio cubano y convirtió a los tabaqueros en la base social y económica del Partido Revolucionario Cubano. El joven poeta habanero otorgó a su organización una perspectiva diaspórica, ya que instruyó a los representantes en México, Nicolás Domínguez Cowan y José Miguel Macías, para que aprovecharan el capital político y económico de los emigrantes del Golfo y la península de Yucatán. La guerra de independencia de 1895, como quería Martí, no sólo fue una insurrección contra el orden colonial español sino una revolución popular contra un sistema social excluyente y jerárquico.

La muerte de Martí, sin embargo, no acabó con la actividad política de los emigrantes cubanos. La colonia de Nueva York se diversificó políticamente con la llegada de importantes intelectuales, como Enrique José Varona, quien sustituyó a Martí en la dirección de Patria, y con las intervenciones públicas del conocido ex autonomista Raimundo Cabrera y Bosch, quien editó, en esa ciudad, su influyente revista Cuba y América. En 1898, los principales líderes de la emigración cubana (Estrada Palma, Quesada, Guerra, Varona, Cabrera, Rodríguez) regresaron a la isla y ofrecieron sus servicios a la nueva república.

Aunque la emigración cubana más cuantiosa del siglo XIX fue la de Estados Unidos, es equivocado reducir todo el exilio de aquella centuria a ese país. Desde fines del siglo XVIII, cuando emigró el historiador matancero Antonio José Valdés, también vivieron cientos de cubanos en México. En Europa, especialmente, en Madrid y París, siempre hubo cubanos: Domingo del Monte, como Saco, vivió entre París y Madrid, cuando fue condenado a destierro por tomar parte en la conspiración de La Escalera, la escritora camagüeyana Gertrudis Gómez de Avellanada vivió casi toda su vida en Madrid y algunos años en Sevilla, el historiador y ensayista Enrique Piñeyro, quien acompañó a Morales Lemus en su exilio neoyorquino, se estableció definitivamente en París, en 1882, y allí vivió hasta su muerte en 1911.

¿Hubo exilio en la República (1902-1959)? La pregunta parece sencilla, pero no lo es. Al eliminarse el castigo colonial de la deportación, las emigraciones republicanas, además de no ser masivas, fueron casuísticas y voluntarias. Cuatro ex presidentes cubanos (Tomás Estrada Palma, Mario García Menocal, Alfredo Zayas y Ramón Grau San Martín) murieron en Cuba. Pero otros cuatro (José Miguel Gómez, Gerardo Machado, Carlos Prío Socarrás y Fulgencio Batista) murieron en el exilio. Los momentos más cercanos a la experiencia del exilio en la República son aquellos en que el régimen político se acerca al autoritarismo y sobrevienen revoluciones.

Hubo exilios a fines de los 20, cuando la "prórroga'' de poderes de Machado, como el de Julio Antonio Mella en México, y hubo exilios antes y después de la Revolución de 1933, como los del propio Machado y varios intelectuales machadistas, como Alberto Lamar Schweyer y Ramiro Guerra, o antimachadistas, como Fernando Ortiz, Jorge Mañach y Juan Marinello. A fines del gobierno de Federico Laredo Bru y, sobre todo, en vísperas de la Constitución de 1940, todos aquellos exiliados, menos Machado, habían regresado a Cuba.

Durante los seis años del último gobierno de Fulgencio Batista (1952-1958) también hubo exilios breves y voluntarios. La amnistía general de 1955 provocó el regreso de algunos políticos opositores, como el ex presidente Prío, quien vivía desde 1953 en Miami, y, a la vez, la excarcelación de Fidel Castro y sus hombres, quienes se trasladaron a la capital de México. A partir de 1957, esta ciudad se convirtió en un importante centro conspirativo de la oposición antibatistiana: en ella vivieron los expedicionarios del Granma y, luego, muchos miembros del Movimiento 26 de Julio, varios auténticos importantes, encabezados por Aureliano Sánchez Arango y Raúl Roa, y algunos comunistas como Joaquín Ordoqui y Edith García Buchaca.

También en Estados Unidos y Europa vivieron activistas de las diversas organizaciones revolucionarias. Muchas familias de la clase media y alta de la sociedad cubana enviaron a sus hijos a importantes universidades norteamericanas. A fines de la década, en Nueva York vivían cientos de cubanos que simpatizaban con la Revolución y que contribuían a su financiamiento. El papel de aquellos emigrantes, como soporte económico e ideológico de la caída de Batista, no ha sido suficientemente destacado por la historiografía.

Durante todo el período republicano hubo emigraciones artísticas e intelectuales. Las estancias de Alejo Carpentier en Caracas, de Wifredo Lam en París o de Virgilio Piñera en Buenos Aires serían sólo tres entre muchas. En todos los casos, la posibilidad de regresar a la isla nunca estuvo vetada. De ahí que sea difícil llamar exilios a esas experiencias migratorias, aunque, en un sentido metafísico, la noción de exilio alude a un desplazamiento territorial no siempre motivado por regímenes políticos autoritarios. También las democracias han producido exilios, pero éstos han sido breves, revocables y aislados, como casi todos los exilios de la Cuba republicana.

En la larga duración de la historia cubana, las dos etapas generadoras de exilios masivos y duraderos fueron el sistema colonial del siglo XIX y el sistema "socialista'' de la segunda mitad del XX. El período republicano, por el contrario, se caracterizó por el fenómeno opuesto: la constante inmigración de extranjeros en la isla. Esa diferencia demográfica sería inexplicable sin el amplio margen de libertades públicas y el sostenido crecimiento económico que experimentó la isla en la primera mitad del siglo XX. El contraste de esa época con su pasado y su futuro se vuelve cada día más evidente y obliga a una reescritura de la historia cubana, desde el punto de vista de la ciudadanía y sus derechos.*

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