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El exilio, una lucha sin pausas y sin tregua

Como un resucitado to be or not to be, semejante en su entraña dramática al inmortalizado por Shakespeare en el monólogo del príncipe Hamlet, así se nos presenta cuatro siglos después este dilema a tantos emigrados latinoamericanos en Estados Unidos: adaptarse o resistir. Conflicto que recuerda también la vieja disyuntiva de adaptarse o perecer, pero que la supera porque no se conforma con la muerte y nos conmina a luchar.

Es en suma un problema vital compartido por todos, con espontánea solidaridad, desde el momento mismo en que pisamos esta tierra de promesas y sueños inevitablemente idealizados, junto a tangibles realidades de alcance universal como la convivencia en libertad, democracia, y el más amplio horizonte de oportunidades para el mejoramiento material y espiritual.

Las naturales diferencias de signo nacional entre las comunidades de emigrados, así como las muchas que distinguen a cada individuo dentro de ellas, matizan, enriquecen, dan color a ese proceso de adaptación-resistencia, creando de esta suerte un extenso arco iris de actitudes mentales y comportamientos.

Con el sol de cada día, dicha diversidad adquiere vida en Miami a través de incontables contactos personales. Evoco aquí y ahora a un argentino jaranero y locuaz que se me acerca a cada rato para contarme un chiste muy porteño, hablarme de Gardel y cantarme un trocito de tango arrabalero; al peruano que trabaja muy cerca de mí, y a quien, cuando le recito Los heraldos negros de César Vallejo, el nudo en su garganta se le hace tan visible, que parece una segunda manzana de Adán; a un colombiano que saborea en el recuerdo la última almojábana que se comió "allá''... Y también rememoro una improvisada tertulia acerca de la música popular, en la cual un cubano, un dominicano y un brasileño discuten cada uno a su favor la supremacía del son, el merengue o la samba sobre cualquier otro ritmo pasado, presente y por venir, cuando de pronto el mismo colombiano que aún digiere en su mente la nostálgica almojábana les pregunta: "¿Y qué me dicen de la cumbia, ah?".

Podríamos así seguir acumulando ejemplos de estos sentimientos y de esta diaria agonía --porque de eso se trata exactamente en la etimología griega de la palabra: de una lucha sin pausas y sin tregua por asimilar un modo de vivir, hábitos y cultura muy diferentes, y al propio tiempo no dejarnos conquistar del todo, mantener intacto lo que trajimos enraizado en nosotros desde nuestros países de origen; defender el derecho inalienable a perpetuar la herencia, los recuerdos, las emociones, la espiritualidad de nuestras identidades nacionales y personales.

Pero concentrémonos ahora en la que muchos llaman diáspora cubana, su principal destino y algunos episodios que la han marcado durante tanto tiempo, y en un sentido sustancial ya para siempre.

Un caso en verdad sui géneris, a la hora de describir y analizar las causas, necesidades, conductas y aspiraciones de los latinoamericanos emigrados o exiliados en Estados Unidos, es sin duda el de los cubanos. Por razones que todos conocemos muy bien, somos los únicos que no podemos decidir libremente, sin exigencias ni riesgos de ninguna clase, regresar a nuestro país de origen en cualquier momento y radicarnos allí si así lo deseamos. Durante largos años, tal imposibilidad fue absoluta; y desde un tiempo hasta nadie sabe cuándo, relativizada por la permisión de una visita cada tres años con un montón de condiciones absurdas e injustas.

Unamos esta simple pero medular distinción a la compleja y heterogénea estructura del exilio cubano, en cuyo seno se entremezclan hoy motivaciones políticas, económico-sociales, ideológicas, culturales; hagamos esto y entenderemos con mayor claridad por qué se ha fomentado nuestra fama --a caballo entre lo justo y la exageración-- de ser los más problemáticos, discutidores, desunidos y, al final de la cuenta, casi incomprensibles ante los ojos de nuestro prójimo en la emigración.

Se suele presentar, en cambio, como ventaja compensatoria la Ley de Ajuste Cubano (CAA); pero un análisis a fondo mostraría la insuficiencia del tal privilegio, que por demás parecería ya estar entrando en vías de extinción.

Desde la perspectiva de nuestros "anfitriones'', seguramente habrá algunas diferencias en su visión acerca de nosotros, un poco de lo bueno, y otro tal vez de no tanto. Tiempo han tenido bastante, se diría, para apreciar en lo que vale la creatividad, la fácil inventiva de los cubanos, frecuentemente acompañada por cierto impulso de eficiente gestión empresarial, aunque no siempre de la disciplina ni la perseverancia suficientes.

Tenemos igualmente la particularidad de haber protagonizado varios éxodos masivos a lo largo de este último medio siglo, debidos todos a una misma causa esencial, pero cada uno de ellos rodeado de circunstancias especiales; y tan características, que componen un cuadro no muchas veces visto en otros exilios de la historia.

Así, acaeció la fuga precipitada de cientos de personas vinculadas de un modo u otro al gobierno de Fulgencio Batista, desde militares y policías de todos los grados hasta funcionarios mayores o menores, seguidos de cerca por empresarios de la industria y el comercio, terratenientes y otros expropiados por las primeras leyes del nuevo gobierno.

Algo después se produjeron la Operación Pedro Pan y una temprana oleada migratoria de profesionales, principalmente médicos; con los primeros vientos revolucionarios abandonaron también la isla muchos sacerdotes católicos (los extranjeros, prácticamente todos), tanto de la jerarquía como simples curas de parroquias, e incluso seminaristas.

Poco tiempo más tarde, en octubre de l965, comenzó el primer acto de una puesta teatral hasta entonces inédita, la del mar como vía para salvar el breve espacio del canal de la Florida. Se le llamó Camarioca por el nombre del pequeño puerto pesquero de Matanzas adonde llegaron con sus naves los antes exiliados al rescate de sus familiares, y tuvo una segunda escena, ésta montada en el aire y de mucha mayor amplitud, con los llamados Vuelos de la Libertad.

El segundo acto de este drama tuvo su punto de partida en la bahía del Mariel, superó con creces en masividad al anterior, y se desarrolló a un ritmo de cabalgata wagneriana. Pero más significativa aún fue la heterogeneidad de sus participantes, pues allí se reunieron --como nunca tal vez para éxodo alguno-- poetas, escritores y artistas; médicos, ingenieros, maestros y otros profesionales; estudiantes; trabajadores de la ciudad y del campo; amas de casa; vagos y buscadores de vida; ex carcelarios y prófugos de la justicia; militantes del partido que botaban su carnet en cualquier parte; homosexuales de verdad y de mentira; enfermos mentales... en fin, hombres y mujeres de todas las edades y condiciones de vida.

Y justamente cuando pareció tocar fondo la más aguda crisis del experimento socialista cubano --que con su acostumbrada afición a los eufemismos el gobierno llamó ‘‘período especial''-- , subió de nuevo el telón y aparecieron en escena los numerosos intérpretes del acto tercero, que esta vez ni siquiera esperaron el arribo de embarcaciones adecuadas, sino que se las procuraron por sí mismos, en la gran mayoría de los casos construyéndolas de las más inusitadas formas.

Entonces sí se usó el término justo de "crisis'' y no un sucedáneo, seguido por la expresión "de los balseros'' --que se explica fácilmente-- para nombrar aquel episodio.

Un "numerólogo'' cualquiera nos diría, quizás, que estos eventos han de repetirse inexorablemente cada quince años --días, semanas o meses más o menos--, pues ocurrieron en el 65, el 80 y la segunda mitad del 94. Y nos anunciaría, desde luego, que a los tres actos que hemos evocado hasta aquí ha de sumarse un cuarto ya a las puertas.

Suceda o no esta supuesta predicción, el exilio cubano seguirá siendo uno de los hechos más trascendentales de la historia de nuestro país y de toda la América Latina, y sus protagonistas, una comunidad vigorosa y fecunda que aún tiene por desempeñar su mejor papel.*

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