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Oscar De La Hoya y México, una tormentosa relación de amor y odio

Oscar de la Hoya.
Oscar de la Hoya.

Siendo un adolescente de apenas 18 años, Oscar de la Hoya tomó una decisión que marcaría para siempre su relación con los aficionados mexicanos al boxeo.

Considerado como uno de los prospectos más brillantes del pugilismo amateur, el joven nacido en California optó por representar a Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992, despreciando la posibilidad de combatir por el país del que sus padres habían salido en busca de una mejor vida.

Una decisión enteramente respetable para un muchacho que estaba plenamente identificado con la vida en el este de Los Angeles y que a duras penas --con evidente disgusto y cuando las circunstancias lo obligaban-- mascullaba unas cuantas palabras en mal español.

Tras conquistar el oro olímpico, De la Hoya inició una brillantísima carrera como profesional que lo llevaría a enfrentar en 1996 al legendario Julio César Chávez, catalogado por muchos como el mejor boxeador mexicano de todos los tiempos y quien ya estaba en el ocaso de su carrera.

En menos de 10 minutos, con una victoria por nocáut técnico en el tercer asalto, el joven pugilista californiano le arrebató el título welter ligero al veterano monarca. La revancha, dos años después, tuvo un final similar aunque el pleito se prolongó por ocho episodios.

La afrenta ya era doble. Oscar no sólo había preferido representar a Estados Unidos en la máxima cita deportiva mundial, sino que también había dejado sangrante y maltrecho --en dos ocasiones-- al máximo ídolo del boxeo mexicano. El dolor en la afición sólo era comparable al que había sentido en 1978, cuando Carlos Zárate fue masacrado por el puertorriqueño Wilfredo Gómez.

Con el correr de los años y con la madurez que da la experiencia, Oscar se dio cuenta de la importancia que el público mexicano representaba e hizo innumerables esfuerzos por ganarse su cariño. Aprendió a hablar un español bastante decente y en el 2002 obtuvo la nacionalidad mexicana, después de que el gobierno del vecino país aprobó una ley que permitía la doble ciudadanía.

Pero esos continuos gestos de buena voluntad del Golden Boy, que en ocasiones llaman a la ternura, son recibidos inevitablemente con indiferencia y frialdad. Cuando De la Hoya declaró hace unos meses que le gustaría retirarse del boxeo el próximo 5 de mayo con un combate en el Estadio Azteca de la Ciudad de México, el anuncio no provocó más que unas cuantas sonrisas burlonas.

En todo caso, los mexicanos tenemos que comprender que Oscar no es una mala persona. Simplemente fue producto de su entorno y de sus circunstancias. Que creció en un ambiente en el que le enseñaron que la posibilidad del éxito pasaba por la asimilación a este país --que es el suyo-- y por el abandono de la cultura y las tradiciones de sus padres.

No podemos seguir castigándolo por esa primera decisión que tomó siendo casi un niño. Creo que llegó el momento del perdón.



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