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La insalubridad, el velo negro de la maternidad en Haití

En el hospital el mes pasado tuvieron 1,250 partos. En octubre fueron 1,600, cuatro veces la cifra 
prevista inicialmente cuando el hospital se inauguró hace dos años para atender 
embarazadas con alto nivel de riesgo que viven en los barrios indigentes.
En el hospital el mes pasado tuvieron 1,250 partos. En octubre fueron 1,600, cuatro veces la cifra prevista inicialmente cuando el hospital se inauguró hace dos años para atender embarazadas con alto nivel de riesgo que viven en los barrios indigentes.

La mujer, en estado avanzado de embarazo, entró al salón de parto, donde otras seis haitianas aprietan los dientes por los dolores del parto.

Se escuchan gritos mientras se dirige a la única cama vacía. Pero antes de llegar un fuerte espasmo la lanza al piso y fluye la sangre.

Cualquier día en el edificio de tres pisos del Hospital de Maternidad Jude Anne, de Médicos Sin Fronteras, hay mujeres que dan a luz en el piso. Otros días, como hoy, el pabellón de partos está tan lleno que algunas mujeres ni siquiera llegan a los catres plásticos sin sábanas.

"Aquí a cualquiera que tenga puesto un par de guantes le cae un bebé en las manos en algún momento'', dice la Dra. Wendy Lai, jefa médica del hospital, operado por el contingente holandés de esa agrupación humanitaria internacional.

Lai, médico general de Toronto, Canadá, le dice el índice de alumbramientos en el piso: el número de bebés que nacen en el piso, en las escaleras o en el patio interior determina qué día tendrá el personal: tranquilo, regular o muy ocupado.

Pero más que una medida de vida en uno de los pocos hospitales de maternidad gratis que funcionan 24 horas al día en esta empobrecida nación de 9 millones de habitantes, el índice en cuestión ilustra la batalla que enfrenta un país donde el sistema de atención médica sencillamente no funciona.

"En estos momentos el nivel de servicios de maternidad está en crisis'', dice Hans van Dillen, jefe de la misión. "Hemos tenido casos de mujeres que fallecieron porque no las podíamos observar debido a la carga de trabajo en todas las áreas''.

"Mientras esperaban que las operaran de emergencia, y el quirófano ocupado, simplemente morían'', añade, su voz ahogada por los gritos de docenas de mujeres dando a luz al natural, acostadas en bancos en el atestado salón de espera exterior.

"Murieron en nuestro hospital, lo cual es muy difícil de aceptar no sólo para la familia sino también para los empleados'', explica.

La crisis más reciente comenzó en octubre, cuando los médicos y enfermeras en el mayor centro médico del país, el Hospital General de Puerto Príncipe, se fueron a la huelga. Haití todavía enfrentaba las consecuencias de cuatro huracanes seguidos y de un impase político de casi cinco meses. Otros tres hospitales públicos que atienden a mujeres encintas también cerraron temporalmente.

De repente, a los médicos y las comadronas de Jude Anne se les multiplicó el trabajo: había mujeres de toda la capital y del campo tocando a sus puertas. El mes pasado tuvieron 1,250 partos. En octubre fueron 1,600, cuatro veces la cifra prevista inicialmente cuando el hospital se inauguró hace dos años para atender embarazadas con alto nivel de riesgo que viven en los barrios indigentes.

Ubicado en el cruce de dos de esos barrios, Cité Soleil y La Saline, dos de las zonas más volátiles del país, el hospital de maternidad fue parte de un esfuerzo de la comunidad internacional para ayudar a Haití a reducir su exorbitante índice de mortalidad infantil, el mayor de todas las Américas.

El doctor Paul Farmer, médico estadounidense reconocido mundialmente que desde hace mucho defiende el derecho a servicios de maternidad para las mujeres pobres aquí, dijo que no hay ninguna señal de que el problema de la maternidad en Haití esté empeorando. En cualquier caso, dice el Dr. Farmer, el frenesí en la clínica de Puerto Príncipe sólo muestra qué sucede cuando se eliminan "el altísimo costo del servicio médico'' que impide a los pobres recibir atención y hace que 76 por ciento de las mujeres den a luz en casa.

"Eliminar estos precios hace que un problema invisible se deje ver'', dijo Farmer en una entrevista telefónica, de regreso a Haití procedente de Ruanda, donde sus colegas de la organización Partners in Health trabajan para mejorar la salud pública en la zona central del país. "Antes estas mujeres morían en su casa. Ahora mueren delante de uno''.

A principios de este año, el gobierno canadiense en colaboración con el Ministerio de Salud de Haití creó un programa de $8 millones para combatir la mortalidad materna. El programa reembolsa a los hospitales por los partos, cubre costos de transporte para las embarazadas y paga a las parteras tradicionales que acompañan a las pacientes los centros hospitalarios, en vez de arriesgarse a que las mujeres den a luz en casa. Unas 61 instalaciones médicas, entre ellas la de Farmer, forman parte de una red conocida como SOG.

"Recibir servicios médicos durante la maternidad debe ser un derecho, no una mercancía'', dijo Farmer. "El SOG aconseja que no den a luz en casa, que tengan a su hijo en una institución médica. Esto es lo que estamos haciendo en la zona central de Haití y es una buena política''.

Con poco acceso a servicios médicos apropiados, la mayoría de las embarazadas dependen de parteras. Sin embargo, con frecuencia no pueden hacer frente a complicaciones como hipertensión asociada al embarazo, preeclampsia, que afecta a muchas haitianas.

"Simplemente no están capacitadas para enfrentar estos problemas'', dijo Farmer refiriéndose a las parteras. "El tratamiento para la preeclampsia es sulfato de magnesio y, cuando es posible, el parto. Ninguna partera tradicional tiene sulfato de magnesio para detener la preeclampsia''.

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