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Los hermanos Castro: purga y vencerás

Los hermanos Fidel y Raúl Castro.
Los hermanos Fidel y Raúl Castro.

Mientras llegan los "cambios estructurales y de concepto'' que prometió a los cubanos el 26 de julio del 2007, Raúl Castro decidió desempolvar un poco el gris acontecer político de la isla con una remoción ministerial a medio camino entre el bufo criollo y la añoranza estalinista.

Nada de fórmulas originales, que ya el socialismo real fue pródigo en guiones de purgas. El lunes, una larga nota oficial en lenguaje burocrático, leída al concluir el noticiero del mediodía, y que entre líneas presagiaba la continuación de la saga.

El martes, una reflexión mañanera de Fidel Castro, sin mencionar nombres -- como él acostumbra --, saldando cuentas con los presuntos culpables de un solo adjetivo, indignos, demoledor en la pluma del Comandante en retiro.

Con fecha de ese día, pero publicadas cuando pareció oportuno, la autoinculpación de Carlos Lage y Felipe Pérez Roque. Cartas escuetas, mecanografiadas, respetuosas, idénticas, firmadas con la urgencia requerida como un último servicio al Partido Comunista que les exige este sacrificio de renuncia expresa a una larga lista de cargos para poner fin a sus truncas carreras de desleales herederos del castrismo. Confesión de errores innombrables, de haberse engolosinado no se sabe cómo con mieles ajenas, de vergüenza total. Fin de sus efímeras estirpes.

La decapitación de la tercera figura política implicada en la sacudida raulista, Fernando Remírez de Estenoz, secretario del Partido Comunista para las relaciones exteriores, menos conocido pero no menos importante, no se ha hecho oficial. A falta del anuncio, la prensa publica el nombre de otro funcionario que, apropiado de sus títulos, da la bienvenida a dirigentes comunistas de visita en La Habana.

Quizás para no hacer evidente la posible metástasis entre la joven generación de dirigentes cubanos, se intentó disimular así, desmañadamente, la conexión entre Lage y Estenoz, compañeros de aula en la Escuela de Medicina de la Universidad de La Habana y de un largo camino desde las juventudes comunistas hasta el Palacio de la Revolución.

Como demostración de sus preferencias en materia de carpintería política, el menor de los Castro, único jefe de Estado que se ha reconocido públicamente como un "ruso del Caribe'', no ha dudado en enviar su demoledor mensaje en el torpe formato que el poder soviético heredó en sus orígenes de la arbitrariedad zarista. No por casualidad el asesinato de Rasputín, el monje preferido de los Romanov, envenenado, baleado, estrangulado, golpeado y quizás arrojado al río Neva por el príncipe Yusupov, ha pasado a la historia como ejemplo de incoherencia criminal.

Esta vez, al parecer, el resultado no será tan trágico. Cierto es que la contrición y la admisión de culpa no salvaron en 1989 la vida del Héroe de la República y general de división Arnaldo Ochoa, cuyo fusilamiento fue avalado por un Consejo de Estado donde formaban filas el propio Lage y el defenestrado canciller anterior, Roberto Robaina.

Pero entonces el propósito era liberar a cualquier precio del grave estigma del narcotráfico a los hermanos Castro que todo lo dominan en su isla. Ahora, el cambio radical de herederos y la severa advertencia a toda la tropa ante cualquier pretensión reformista, no presagian afrentas que haya, necesaria mente, que lavar con sangre. Han sido sólo, según el lenguaje oficial, ambiciones indignas por un tarro inalcanzable.

La exclusión de la cúpula de los dirigentes más experimentados que llegaron después que la generación fundacional se inició realmente en el momento en que Raúl Castro escogió para sorpresa de muchos a José Ramón Machado Ventura, el más ortodoxo entre los ortodoxos, como segundo al mando de su turno de gobierno.

El mensaje fue entonces que el relevo debería esperar a la desaparición de los históricos. Ahora se añade que los hermanos que comparten hoy el poder de manera diferente no necesitan de intermediarios para los tiempos que se avecinan y que todos, absolutamente todos los compañeros de viaje del castrismo, son prescindibles.

Y no es que haya pérdida alguna que lamentar para el beneficio de la República. La competencia en asuntos de buen gobierno de Lage, el "arquitecto de la reforma'', salta a la vista en la desesperada situación de la economía nacional, en sus dóciles manos desde hace más de dos décadas.

A Pérez Roque difícilmente pueden atribuírsele los méritos por la nutrida pasarela de presidentes latinoamericanos que la población de La Habana ha contemplado indiferente en las últimas semanas. De su paso por la cancillería serán seguramente más recordadas las hoscas profesiones de lealtad al castrismo que los triunfos diplomáticos.

Y la astucia política de Remírez de Estenoz queda al descubierto si tenemos en cuenta que apenas 10 días atrás explicaba entusiasmado en Atenas al presidente griego Karolos Papoulias las bondades del sistema y el estado de derecho que imperan en Cuba, gracias a la actuación de un gobierno que no dudó en despedirlo sin contemplaciones.

Quizás nunca llegaremos a saber la naturaleza de los "errores cometidos'' por los protagonistas de este nuevo episodio de defenestraciones insulares. A fin de cuentas, dirán los fiscales militares, a reconocimiento de culpas, relevo de pruebas.

Diez años atrás, al reemplazar en la cancillería a Robaina por orden de Castro, Pérez Roque se proclamó apenas el segundo hombre del "verdadero canciller de Cuba''. Tras una década de disfrute de las mieles del poder, que incluyó una adición a los bifes de chorizo proclamada por el propio Castro a la prensa argentina, ya se atrevía a negociar peligrosamente y por teléfono celular con el canciller chileno Alejandro Foxley una ‘‘salida diplomática'' a la crisis creada socarronamente por el "verdadero canciller de Cuba''.

Pruebas semejantes, hábilmente grabadas por instrucciones del más leal de todos los castristas, Ramiro Valdés, a cargo del Ministerio de Informática y Comunicaciones, deben haber integrado un nutrido expediente de deslices, difícilmente identificables con pretensiones de reformas políticas, pero suficientes para el tribunal del clan Castro en busca de la perpetuidad en el poder.

Ahora les espera una vida totalmente desconocida para ellos. El simple contacto con los dirigentes destituidos significaría para los antiguos camaradas del gobierno y el partido el fin de sus propias carreras políticas.

Ninguno se arriesgará. Los teléfonos dejarán de sonar. Nadie tocará a sus puertas. Los vecinos disimularán ante su presencia o murmurarán sordos comentarios a su paso. Desaparecerá la información privilegiada que sólo los dirigentes pueden conocer. Nada de cables internacionales, menos aún de emisiones de televisión extranjera. Prohibición expresa, a través del "compañero que los atiende'' de establecer contacto con diplomáticos o periodistas. Poco a poco el mundo se reducirá a las dimensiones de la vivienda oficial que quizás les sea retirada, en dependencia del comportamiento futuro.

Un buen día comprobarán que la condición de leproso político se extiende a toda la familia. Los hijos mayores formarán parte de los "objetivos de la contrainteligencia''. Sus florecientes empleos en la economía del dólar o los centros científicos fundados por el Comandante cesarán bajo las más disímiles excusas. Los más pequeños serán sometidos a embarazosas preguntas por los compañeros de aula y algún perspicaz maestro y resultará muy difícil explicarles qué sucede.

Comenzará a escasear el combustible, antes inagotable. Los alimentos especiales y las vacaciones en las casas de recreo del Partido pertenecerán a una época sin retorno, cuyos recuerdos se harán cada vez más lejanos y amargos. Y siempre, y durante mucho tiempo, serán necesarias nuevas profesiones de fe y lealtad, para que las cosas no vayan a peor. Hasta que el proceso de ablandamiento concluya con la indicación de un trabajo estatal, cercanamente supervisado, que deberá ser aceptado sin asomo de vacilación.

Eso sí, no estarán solos. Los acompañarán en todas sus salidas discretos automóviles del KJ, repletos de jóvenes combatientes, que irán haciéndose más visibles con el paso de los días, hasta que la sola idea de su presencia se convierta en un peso insoportable. La única ventaja -- que alguna existe -- es que sus teléfonos jamás dejarán de funcionar. ¿Cómo conocer, si eso sucediera, quién se atreve a romper el cerco ordenado por Palacio?

El mayor beneficiario y promotor de esta sacudida es el heredero designado. A más largo plazo, el proyecto de sucesión ideado por Castro ha fracasado. Los hombres escogidos cuidadosamente por él, y formados en su laboratorio como una generación de dirigentes probetas, han sido apartados sucesivamente de estas y otras posiciones.

El Comandante ha avalado sin dudarlo la propuesta de Raúl, tal como él lo hiciera con los caprichos del Máximo Líder durante décadas. Los jóvenes talibanes, como Hassan Pérez y Otto Rivero, desaparecieron sin honores de la escena política. También Lage, Pérez Roque, Estenoz, Carlos Valenciaga y cualquier etcétera.

Quienes los reemplacen sin uniforme militar, llámense Rodrigo Malmierca o Rodríguez Parrilla, llevan bien aprendida la lección. Las jerarquías han sido establecidas sin fisuras. El acceso al Palacio de la Revolución puede perderse con la misma premura con que se adquirió.

Así son las cosas de Palacio. Porque en definitiva, como sentenció hace muchos años Mao Tse Tung: "La Revolución no es una cena de gala''.

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