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Una joya arquitectónica muere por desatención

La Milagrosa, una de las tumbas más veneradas del histórico Cementerio de Colón, en la capital cubana. Los arreglos florales y las placas de agradecimiento por los favores concedidos son una particularidad del lugar.
La Milagrosa, una de las tumbas más veneradas del histórico Cementerio de Colón, en la capital cubana. Los arreglos florales y las placas de agradecimiento por los favores concedidos son una particularidad del lugar. El Nuevo Herald

Consagrado a la vida después de la muerte, el Cementerio de Cristóbal Colón de La Habana encara uno de los retos más difíciles en sus 137 años: salir bien librado del inevitable paso del tiempo.

Pero en un momento en que el gobierno cubano está más necesitado que nunca de recursos y pretende replantear las inversiones estratégicas con el objeto de priorizar sectores de mayor impacto, como la extracción del níquel o la explotación de hidrocarburos, el futuro del camposanto se vislumbra como una gran interrogante.

Ha transcurrido más de un siglo de su construcción y casi 50 años desde que pasara de manos de la Iglesia Católica al gobierno. A duras penas, hasido un acontecimiento extraño al orden natural de las cosas: el camposanto continúa operando con más de 40 entierros al día. Desde el 2007 las cremaciones se realizan en el municipio de Guanabacoa, en la periferia de la capital, a un precio aproximado de 350 pesos cubanos ($14).

Esta mañana de mayo corre un viento fresco en la capital cubana, que aligera el calor del día y refresca el recorrido a pie por Colón, uno de los puntos turísticos más frecuentados de la isla. Por su extensión y riqueza artística, la necrópolis es una de las principales del mundo.

Para conocer sus instalaciones, los turistas extranjeros deben pagar 5 pesos convertibles (CUC), una cantidad que al cambio oficial (1 CUC se cotiza a $1.20), equivale a unos $6. Sin embargo, el visitante debe ingeniárselas para comprender la distribución de las calles y avenidas de trazado romano del cementerio, así como también memorizar los nombres de sus cinco plazas, ya que desde enero se acabaron los mapas y material impreso.

"Es una situación vergonzosa porque hace tiempo que lo solicitamos [los folletos] y no ha llegado nada'', sostuvo uno de los empleados con la condición de mantenerse en el anonimato.

La falta de material informativo priva a la administración de la posibilidad de contar con recursos adicionales.

Se calcula que alrededor de un millón y medio de personas visitan cada año el cementerio, construido en 1871 sobre un terreno de 56 hectáreas bajo la planificación del arquitecto español Calixto Aureliano de Loira.

La entrada principal, que da a la calle Zapata, en el Vedado, muestra una imagen de La Piedad y está compuesta por tres arcos continuos. Actualmente se halla bajo remodelación mientras que la capilla octogonal, única de su tipo en La Habana, es objeto de obras de reparación que avanzan a paso lento.

Así y todo, en la capilla continúan celebrándose misas de cuerpo presente, aunque más cortas de lo acostumbrado debido a los trabajos de remodelación.

Y pese a la falta de una señalización clara de las calles, hay tumbas que no dejan de ser visitadas masivamente, como la cripta de Amelia Goyre de la Hoz, conocida como La Milagrosa.

Goyre de la Hoz falleció a los 24 años, embarazada de ocho meses, el 3 de mayo de 1901. La tradición popular cuenta que el cadáver del pequeño fue puesto en el ataúd a los pies de la madre. Se dice que años más tarde, cuando exhumaron los cuerpos, el niño estaba en los brazos de ella.

Sus fieles aseguran que La Milagrosa los ampara y les concede favores imposibles. El sitio no deja de estar adornado de flores y cada visita supone el cumplimiento de todo un rito: hay que tocar tres veces la tumba, dar una vuelta completa a su alrededor y nunca darle la espalda después de haber hecho la petición.

En el Colón destacan también monumentos a familias ilustres, patriotas independentistas y personalidades sociales y políticas, así como figuras de la cultura cubana, entre ellos el pintor Wifredo Lam y los escritores Alejo Carpentier y José Lezama Lima.

"No hay milagro sin un poco de fe'', afirmó Agustín, un empleado informal que ha encontrado en el cementerio una manera de ganarse el pan.

A pesar de su edad, Agustín no tiene planes de jubilación. Sin esposa, hijos ni familia, la única forma que ha encontrado de agenciarse un dinero para sobrevivir es realizando trabajos de mantenimiento y restauración de tumbas.

El hombre debería tener suficiente trabajo, pero la realidad es otra: muchas de las personas que fueron enterradas aquí entre el siglo XIX y principios del XX ya no tienen más familiares en vida, mientras que otros, dueños de las criptas y propiedades particulares, viven exiliados fuera de Cuba.

El abandono de tumbas es un asunto de implicaciones legales. Según la prensa oficial, un convenio reciente con la Unión del Mármol, los administradores de la necrópolis y la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana hará posible la restauración de tumbas, independientemente del hecho de que pertenezcan al Estado o particulares.

El acuerdo implica la donación de materiales para tapas y enchape de bóvedas.

Con todo, el Colón es una sucesión de 20,000 conjuntos monumentales y 70,000 objetos museables de mármol, bronce y yeso, según fuentes oficiales.

"Este es el sitio perfecto para respirar con tranquilidad y hablar con tus muertos'', explicó Agustín.

"Porque saliendo del cementerio, allá afuera, es otro mundo''.

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