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Alvarez Guedes, el antropólogo mayor

Guillermo Alvarez Guedes
Guillermo Alvarez Guedes

El exilio cubano se ha intercambiado el discurso con los compatriotas que viven en el interior de la isla. En Miami suele pensarse que habría que haberse quedado en Cuba, que los que están dentro son los que tienen la razón; o que, aunque no la tengan, son quienes la merecen. Mientras, no hay más que dar un telefonazo al barrio para comprobar que los de adentro piensan lo mismo, pero al revés: los bárbaros se fueron y a veces regresan. "Tenía que haberlos tenido bien puestos y haberme subido a la balsa también'', "Hagan algo que aquí lo único que hay es lluvia'', ‘‘Aquí lo que hace falta es jama, iria, comida [...]''. La edulcoración de la experiencia exiliar es parte de la ideología del insilio. La idealización del terruño, de la del exilio.

Al final, todo el mundo se anda machacando en un morterito de autoculpabilidad: unos por irse, otros por quedarse; unos por tener poco, otros por tener demasiado. ¿Quién la induce? Probablemente nadie: "Llorar es un placer'' (entre cubanos). Sería más provechoso intercambiar los discursos y que cada orilla de la cubanidad elabore su propia apología. Que cada cual crea que hizo, si no lo mejor, sí lo mejor posible. Lo que se pudo. Y chao.

Creo que entre todos los creadores cubanos del exilio, además de los músicos (Celia Cruz, Olga Guillot, Amaury Gutiérrez, Gloria Estefan y otros), es Guillermo Alvarez Guedes quien más nos ha protegido del machaque; no sólo político sino moral, que es más consistente. Resulta que a diferencia del exilio griego, turco, ruso o español, el cubano carece de una filosofía y poesía edificantes; las obras que nos rodean son graves, pesadas, están dedicadas a una epopeya pasada o a una heroica tan cargada de intenciones como de fracasos. En cambio, los músicos nos han ayudado a sentirnos bien como sector exiliado. Nos han justificado. Ellos y Alvarez Guedes también.

Con Guillermo nos hemos reído del exilio histórico, de la generación Mariel, de la generación balsera y del post exilio. Nos hemos divertido libres de rencor, como si fuéramos nietos o biznietos de nosotros mismos.

Conocí a Guillermo Alvarez Guedes a través del amigo y periodista José Antonio Evora. De algún modo estoy escribiendo estas páginas gracias a él. Y ya con Guillermo, conocí a su esposa, su casa, sus amigos del restaurante El Crucero, en la Calle Ocho, donde se reunían (o reúnen) cada viernes a almorzar y charlar. Pero hay algo más: gracias a todo eso pude prologar su novela Cadillac 59 (EEUU, 2000), que ha tenido ventas espectaculares y aguarda por una segunda edición.

En esa novela el Cadillac 59, que ha cargado en sus asientos desde magnates criollos, rebeldes castristas hasta exiliados, se asombra de lo que escucha por parte de los protagonistas de la historia cubana. Guillermo Alvarez Guedes, que es a la vez ese mismo "carro'', asegura al periodista: "La próxima parada del Cadillac será en Cuba''.

Además de algunas valoraciones de oficio, en ese prólogo afrontaba el problema de la definición profesional del quehacer de Guillermo Alvarez Guedes. Para halagar o crucificar a un humorista, que es la identificación más general del gremio, uno tiene varios calificativos a mano: cuentista, chistoso, pujón, caricaturista, comediante, cómico, gracioso o ese mismo, tan amplio, de "humorista'', que incluso sirvió a Roberto Bolaño para referirse (justamente) a Borges. Sin embargo, y como ya tenía el antecedente del ensayo La generación del ñó, del profesor Gustavo Pérez-Firmat, donde usaba algunos argumentos de Alvarez Guedes para definir toda una época de la cultura cubana, opté por llamarle en el referido prólogo nuestro "antropólogo mayor''.

En La Habana tomaron nota del asunto y se hicieron algunas críticas; publicadas, por cierto. Desde entonces he tenido tiempo de pensar al respecto y aún a esta altura creo que la definición es adecuada. No he leído un ensayo, un libro de memorias, una encuesta donde mis contornos y los de mis vecinos queden tan bien trazados. Frente a la historia de Cuba las intuiciones de Guillermo Alvarez Guedes son verdades que se ajustan a cualquier espacio y a todo tiempo. Conozco personas que no se han deshecho de las viejas reproductoras Sanyo porque atesoran en tapes y cintas toda su discografía.

No le envidio y se lo reconozco. Guillermo Alvarez Guedes tiene, después de todo este medio siglo truculento y falsario de historia cubana, un premio que casi nadie puede exhibir: la lealtad de la gente.

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