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En defensa (tardía) del choteo cubano

Reinaldo Arenas
Reinaldo Arenas

Me gusta pensar que la persistencia de Cecilia Valdés en la memoria de los cubanos --incluso entre los que no se han tomado el trabajo de leer la novela-- se debe a su capacidad para resumir ciertos comportamientos nacionales. Sobre todo, el de su protagonista, aquella mulata que quería pasar por blanca. Cecilia Valdés puede entenderse como alegoría de la nación toda, un país mulato que concibe su destino más cerca de Europa o de los Estados Unidos que de cualquiera de sus vecinos latinoamericanos.

El caso de Cecilia delata una inconformidad de los cubanos con su imagen nacional que trasciende lo racial, lo étnico o lo histórico y llega a nuestra propia idiosincrasia. Un deseo de manifestarnos de una forma e imaginarnos de otra. Como aquella mulata, el cubano se asume como un pueblo infinitamente alegre y jacarandoso, para luego presentarse ante cada situación que considera importante con un rostro mortalmente grave. Como si al igual que a Cecilia nos avergonzara el verdadero color de nuestro carácter.

La Indagación del choteo de Jorge Mañach es el intento más sistemático, hasta el momento, de definir la idiosincrasia nacional y, al mismo tiempo, una declaración de principios de esa incomodidad del cubano con su propio ser. Mañach le achacaba al choteo ‘‘la morosidad con que hemos progresado hacia la realización de cierto decoro social y cultural'' y la incapacidad nacional "para toda faena en que fueran requisitos el método, la disciplina, el largo y sostenido esfuerzo, la constante reflexión''. Pero de todos los pecados que Mañach le atribuye, el más imperdonable sería su "repugnancia a toda autoridad''. A ocho décadas de la publicación de aquel libro, y tras tanto abrumador ejercicio de autoridad, cabe imaginar que Mañach entendería esa repugnancia como pura previsión.

Pero todavía hay quienes señalan al choteo como la fuente de los males cubanos, como si en el último medio siglo Cuba hubiera sido gobernada por Tres Patines. Nuestro rasgo más costoso no ha sido la propensión cubana a reírse de casi todo, sino esos ataques de seriedad que nos hace creer en cualquier solución mágica que prometa el mesías de turno. Una fe que, bien mirada, es alérgica a la risa.

Gracias a esa superstición se han impuesto los campeones de la gravedad, esos que prometían a sus compatriotas cumplir con el destino histórico del país a condición de que callaran, que no soltaran ni una sonrisita mientras andaban empeñados en tan alta misión.

Esos que no hacían otra cosa que exigir un silencio absoluto en el que pudiera resonar su voz. El poeta Lorenzo García Vega los llama "los bombines de mármol'', un antecedente de las gorras y boinas de mármol que los sucedieron. Milan Kundera prefiere llamarlos agelastas, que en griego significa "los que no ríen''. El checo los describe como seres "convencidos de que la verdad es clara, de que todos los seres humanos deben pensar lo mismo y de que ellos son lo que creen ser. Pero es precisamente al perder la certidumbre de la verdad y el consentimiento unánime de los demás cuando el hombre se convierte en individuo''. Basta esa definición para entender que la revolución cubana fue el proyecto más solemne que ha conocido el país, una obra de agelastas que redujeron la burla a ataques contra el imperialismo o los rezagos del pasado.

El cubano es todavía un pueblo de certidumbres tajantes, con las que intenta compensar una borrosa concepción de lo individual que siente en peligro a cada paso. La opinión contraria no supone un reto, sino una amenaza a la propia existencia. "Tú estás completamente equivocado'', suele ser nuestro grito de guerra ante la más leve señal de desacuerdo: una manera de encubrir el miedo a que la perspectiva ajena disuelva la nuestra. Así es que, yendo de un extremo a otro, nos inclinamos a confundir tolerancia con permisividad y crítica con insulto. Y esa debilidad del individuo (compartida con toda Latinoamérica, por cierto) es la fuente de mitologías que a su vez engendran fenómenos tan distintos como la adoración de los caudillos o el desprecio intelectual por la risa.

El resultado está a la vista: dictadores eternos, intelectuales insufriblemente graves y la risa --esa cosa tan seria-- muchas veces monopolizada por los más torpes.

Enrique José Varona --una de las principales referencias intelectuales y éticas a inicios de la República-- no desconocía las conexiones entre risa y civismo. En un artículo llamado precisamente "Humorismo y tolerancia'' declara que "el humorismo del pueblo inglés es una de las manifestaciones de la conciencia de su fuerza''. Entre cubanos, en cambio, la risa suele ser más bien lo contrario. Frente al mito extendido de que los cubanos no encontramos soluciones porque nos desgastamos en la risa, me inclino a pensar que más bien nos reímos cuando no hallamos otra solución.

Confieso que hace tiempo me esforzaba en distinguir el choteo del humor, ése que ‘‘pone a la vista el fondo de las cosas, el reverso de las medallas, y ríe para hacer pensar'' (Varona.) Ahora pienso que cuando me esforzaba en separar el humor del choteo les daba la razón a quienes suelen despreciar la risa del mismo modo en que aquella Cecilia, al discriminar su tez de otras más oscuras, no hacía sino reforzar el racismo que la marginaba. No es mal momento para reivindicar el choteo, junto al resto de las variantes de lo cómico, como medio de contener esa severidad inflada y falsa a que somos tan propensos; como mecanismo de deshacernos de las mitologías que lastran nuestro modo de relacionarnos, de entendernos como nación y como individuos; de mostrarnos tal cuales somos, sin esas aureolas de bisutería que nos fabricamos a cada rato para ponernos fuera del alcance de la crítica.

Reconozco que el exceso de choteo puede ser dañino, pero también lo puede ser el exceso de agua, y no por eso nos convertimos en partidarios de la sequía. Los que sostienen la hipótesis de que la llegada del castrismo fue favorecida por el choteo tienen en contra la opinión del propio Mañach. En una nota al pie de su famoso librito escrita a la altura de 1955 (justo cuando colaboraba en la redacción de un librito no menos famoso, La historia me absolverá), declaraba que el choteo estaba en retirada porque "el proceso revolucionario del 30 al 40, tan tenso, tan angustioso, tan cruento a veces, llegó a dramatizar al cubano''.

Al choteo le debemos también muchas de las descripciones más incisivas del carácter nacional. ¿No han sido Eduardo Abela, Castor Vispo, Eladio Secades, Guillermo Alvarez Guedes, Héctor Zumbado o Ramón Fernández Larrea choteadores profesionales y, al mismo tiempo, anatomistas de lo cubano? Pese a su mala prensa, el choteo circula alegremente (mezclado con otras variantes de la risa o en estado puro) por la obra de escritores tan reverenciados como Guillermo Cabrera Infante, Reinaldo Arenas y Virgilio Piñera. Tres tristes tigres, El color del verano y La carne de René son sublimaciones monumentales del choteo. Y en la intersección de arte y política encontramos manifestaciones recientes y brillantes del choteo.

Choteo son las canciones de Porno para Ricardo, los artículos de Fermín Gabor, las portadas de Guamá (Lauzán), y otras tantas maneras de despojar al castrismo de sus últimos andrajos de falsa seriedad.

Si las denuncias se encargan de descubrir lo terrible del sistema cubano, el choteo revela su sinsentido. Como diría un filósofo: "El mejor modo de comprobar cuánta verdad hay en una cosa es reducirla al ridículo y ver cuánta broma aguanta''. Es por eso que en nuestros mejores choteadores uno nota cierto acomodo a su propio ser, una plenitud apoyada en la confianza de que lo verdadero sobrevivirá a su parodia y que siempre hay algo falso en aquello que no resista una buena carcajada.

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