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Una víctima relata los horrores de las prisiones en Cuba

El ingeniero Máximo Omar Ruiz Matoses.
El ingeniero Máximo Omar Ruiz Matoses.

Fue una víctima indirecta del histórico caso que concluyó con el fusilamiento del General de División Arnaldo Ochoa y otros tres militares cubanos en el verano de 1989. El ingeniero Máximo Omar Ruiz Matoses, entonces teniente coronel del Ministerio del Interior (MININT), terminó purgando una condena de 20 años en condiciones de extrema severidad tras protestar por la ejecución de Ochoa y fustigar la conducta de la alta dirigencia del país.

Se cumplen 20 años del comienzo de aquel proceso de purgas políticas en la cúpula militar cubana que estremeció la vida nacional y desató amplias repercusiones internacionales.

Ochoa y el coronel del MININT Antonio de la Guardia fueron arrestados el 12 de junio de 1989 y juzgados por acusaciones de alta traición y narcotráfico internacional en la llamada Causa No. 1, durante un proceso manipulado con intención de escarmiento político. Justamente un mes después fueron fusilados junto al mayor Amado Padrón, del MININT, y al capitán Jorge Martínez, de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) en las cercanías de la base aérea de Baracoa, al oeste de La Habana. Otros 10 altos oficiales resultaron sentenciados a largas penas de cárcel.

Aún en plena conmoción nacional por los fusilamientos se inició la Causa No. 2, que determinó la destitución y condena a 20 años del ministro del Interior, José Abrantes, acusado de ocultamiento y tergiversación de información en el caso de Ochoa-De la Guardia.

Por esos días, Ruiz Matoses pidió su retiro, luego de declarar abiertamente que la muerte de Ochoa era un crimen de lesa humanidad y que su dignidad no le permitía seguir respaldando la "causa revolucionaria''.

El mando superior del MININT lo designó a una unidad de Tropas Guardafronteras de la División Occidental para que esperara por la inminente determinación sobre la solicitud de retiro. Pero su descreimiento del régimen cubano lo llevó aún más lejos. En una reunión de mediados de 1990 para discutir el llamamiento al IV Congreso del Partido Comunista, Ruiz Matoses pidió la renuncia de Fidel y Raúl Castro por los errores cometidos al frente del gobierno, y cuestionó el programa alimentario y el plan del médico de la familia como políticas inviables en una nación subdesarrollada.

"El caso de Ochoa fue el detonador, pero mi decepción había comenzado mucho antes'', declaró Ruiz Matoses el jueves en conversación telefónica desde su casa en la barriada habanera de Marianao. "Cuando estallé en aquella reunión, me quedé solo, la gente me preguntaba si me había vuelto loco. A veces, cuando miro al pasado ni yo mismo creo de lo que fui capaz''.

Su disidencia resultó costosa. El traslado a Tropas Guardafronteras ocultaba una estrategia para entramparlo: fue detenido el 16 de noviembre de 1990 y condenado bajo cargos de salida ilegal del país, desacato, conducta deshonrosa, espionaje y deserción.

La sentencia del Tribunal Militar Territorial Occidental, dictada el 19 de marzo de 1991, aseguraba que el procesado intentó "recopilar documentos extremadamente secretos que violatoriamente mantenía en su poder para ser entregados al enemigo como aval de su alta traición'', utilizando como intermediario al general desertor Rafael del Pino, refugiado en Estados Unidos desde 1987. En la causa se incluyeron otros cinco militares con los que presuntamente se reunía Ruiz Matoses para criticar las decisiones de la élite gubernamental.

"Eso fue una farsa'', dijo el viernes Del Pino a El Nuevo Herald. "A este hombre le destruyeron la vida simplemente porque tenía las mismas inquietudes de muchos militares sobre el sistema, pero nunca hubo un plan entre nosotros, sólo que mencionando mi nombre en el caso fabricaron un argumento para aplastarlo''.

Terminó cumpliendo 17 años y tres meses de cárcel por acusaciones que él aún considera totalmente infundadas. Durante el juicio, su abogado llegó a pedir la absolución, por considerarlo "técnicamente inocente'', pero el fiscal militar argumentó que debía dictarse condena por convicción.

Sus credenciales por 29 años de servicios en las FAR y el MININT resultaban demasiado preocupantes para el oficialismo. Graduado con honores de Ingeniería Eléctrica en la Unión Soviética en 1969, Ruiz Matoses fue sustituto del jefe de la Contrainteligencia Militar (CIM) en las FAR hasta su traslado al MININT en 1987. Allí fungió como asesor de la técnica operativa de la Dirección General de Contrainteligencia (DGCI) bajo la jefatura directa del ministro Abrantes.

Entre sus responsabilidades principales estaba la protección de los altos dirigentes del país, por lo que se vio encargado de realizar numerosos ‘‘trabajos electrónicos'' en las sedes del Comité Central y el Consejo de Estado.

"Por eso temían que me fuera'', comentó. "Hay muchas cosas que tendré que guardar para mis memorias en un futuro''.

Ruiz Matoses, de 62 años, habló largamente con El Nuevo Herald en la primera entrevista que concede desde su liberación el 3 de marzo del 2008. Está ‘‘jubilado sin salario'' y subsiste gracias a la caridad familiar, mientras se gana algún dinero reparando equipos electrónicos a domicilio.

Afirma estar dispuesto a ofrecer testimonio de las cárceles cubanas ante el relator especial de Naciones Unidas sobre la Tortura, el jurista austríaco Manfred Nowak, quien fue invitado para visitar la isla durante este año.

"Hay torturas sutiles y terribles de las que fui víctima, y espero que el relator pueda escucharme'', señaló. "A mí se me suministró una droga para los interrogatorios y quisiera ver si hay alguien que se atreva a desmentirme''.

El pasado agosto solicitó refugio político ante las autoridades de la Sección de Intereses de Estados Unidos (USINT) en La Habana, pero hasta le fecha su petición no ha recibido respuesta.

El viernes, un funcionario de la USINT declinó referirse al caso de Ruiz Matoses en virtud de la política de privacidad que rige las peticiones de refugio político.

"Sigo pensando que el fusilamiento de Ochoa fue un crimen de lesa humanidad'', explicó Ruiz Matoses. "El día que el mundo se entere de los pormenores de esa causa, coincidirá conmigo. Eso nunca debió hacerse, pero en las altas esferas del poder le tenían mucho miedo a Ochoa. Hasta ahí es lo que puedo decir''.

Tras la sentencia del tribunal militar en marzo de 1991, Ruiz Matoses fue conducido a la prisión de alta seguridad de Guanajay, la misma cárcel donde semanas atrás había fallecido Abrantes de un ataque al corazón en circunstancias aún no esclarecidas.

"Muchas veces pensé que iba a terminar mi vida como Abrantes, me cuidaba de los carceleros y no todo lo que me daban para ingerir lo aceptaba, manifestó. ‘‘Hay cosas que no puedo contar ahora, pero sí puedo decir que en el fondo de este caso hay mucha suciedad y muchas intrigas''.

En el área especial del centro penitenciario de Guanajay coincidió con el ex general de brigada Patricio de la Guardia, condenado a 30 años en la misma causa de su hermano Antonio.

"Pero nunca pudimos vernos entre nosotros, estaba ordenado que no hiciéramos contacto'', recordó. "La prisión de Guanajay es inexpugnable, uno de los lugares más horrendos del sistema penitenciario cubano''.

Allí sobrevivió en una celda tapiada hasta mayo del 2002, cuando fue transferido a una prisión-granja en Guaicanamar, al este de La Habana, coincidiendo con la visita a Cuba del ex presidente estadounidense Jimmy Carter. Durante los tres primeros años de su encierro nunca se le permitió ver la luz del sol.

"En mis años de militar nunca había tenido contacto con el sistema de prisiones y fue realmente un choque brutal'', manifestó. "El aislamiento es total, la falta de medicamentos y la alimentación son violatorias de todas las normas de humanidad, y hasta 1999 la única proteína que consumía era la que me llevaba mi familia a la cárcel''.

A finales de 1997 se le perforó una úlcera en la celda y tuvo que esperar 24 horas antes de ser remitido al hospital de la Prisión del Combinado del Este en La Habana. Fue la única vez que recibió atención médica especializada para su padecimiento.

Además, la cárcel le provocó un problema crónico en la garganta -- causado por la humedad de la celda -- y un enfisema pulmonar. Para no agravar sus dolencias, hacía ejercicios diarios y caminaba dentro de la celda "hasta pelar el piso''.

"Sólo la fe te permite sobrevivir en una situación como esa. Soy católico y en la prisión me refugié en la fe'', contó. "Rezar me infundió mucha esperanza junto al apoyo irrestricto de mi familia, mi esposa, mi suegra, mis cuatro hijos, que resistieron todas las presiones y se mantuvieron solidarios conmigo, porque comprendieron que mi cautiverio era una profunda injusticia''.

Su esposa es la doctora María Josefa Cabezas, con quien tiene dos hijas que aún comparten el hogar familiar: Omaris, licenciada en Diseño Industrial, y Lismaris, estudiante de Medicina. Otros dos hijos, Omara, licenciada en Historia del Arte, y Ariel, doctor en Biología, son de un matrimonio anterior.

La adaptación a la vida de hombre libre le ha resultado extremadamente difícil luego de "muchos años multiplicado por cero''.

"Son muchos los traumas acumulados, todavía me acuesto a cualquier hora y a las 4 de la madrugada estoy despierto. Más nunca en mi vida he podido dormir una mañana'', explicó. "Pero me duele el alma cada vez que miro a mis hijos, ya hombres y mujeres socialmente útiles, porque no pude estar junto a ellos en su niñez''.

Desde su excarcelación ha establecido relación con la ilegal Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional, que dirige el activista Elizardo Sánchez. También se ha encontrado "a hurtadillas'' con viejos amigos de las FAR y el MININT, quienes le han expresado solidaridad y afecto, aunque ninguno se atreve a visitarlo en su casa.

"Sé que estoy bajo vigilancia de la contrainteligencia cubana, ellos saben todos mis movimientos, pero no me cohibo de dar opiniones sobre el espejismo que es hoy Cuba, un país que ha destrozado su base económica, y que desperdició todas las oportunidades para desarrollarse y mejorar la vida de la gente... Todo lo demás que se diga es mentira'', opinó Ruiz Matoses.

Ante la crítica situación que vive el país, considera que "el elenco presidencial es impresentable y poco capacitado para sacar a la nación de las ruinas''.

"Los ancianos que están dirigiendo no lo hacen para sacar adelante el país, sino para perpetuarse en el poder'', aseveró. "Ellos temen que el país se democratice, porque tendrían que responder ante la justicia por sus múltiples desmanes: eso explica su aferramiento al poder''.

A comienzos de este año, el nombre de Ruiz Matoses fue mencionado en un artículo de El Nuevo Herald como parte de una escueta lista de personas condenadas por supuesto espionaje en Cuba y que podrían considerarse piezas de un posible canje por los cinco agentes cubanos presos en Estados Unidos. La lista fue elaborada por activistas de derechos humanos en la isla.

Las especulaciones sobre un posible intercambio de prisioneros emergieron después que el gobernante Raúl Castro manifestó su disposición de negociar la liberación de presos políticos si le entregaban los "Cinco Héroes prisioneros del Imperio'', como los identifica la propaganda oficial. "A diferencia de los que están presos allá, no espié ni di información a Estados Unidos ni a nadie'', aseguró. "Los que me juzgaron saben rotundamente que eso no pasó; si lo hubiera hecho me hubieran fusilado, porque el espionaje conlleva en este país la pena de muerte''.

Pero dice que no ha perdido las esperanzas de recomponer su suerte fuera de la isla, mientras aprovecha cada día para cumplir el gran objetivo que se ha trazado en su vida en libertad: tratar de remediar el vacío de casi dos décadas de separación familiar.

"Lo que me sostiene es el amor a mis hijos'', expresó. "Mis hijos son ahora mis banderas. Y cada vez que mi hija más pequeña [Lismaris, de 21 años] y yo nos reímos juntos en la casa, siento que no puede haber mayor recompensa que esa''.

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