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El dinero no apaga traumas

Dominic Zamora, tras una etapa de resentimiento, ha ingresado a un centro cristiano de desintoxicación.
Dominic Zamora, tras una etapa de resentimiento, ha ingresado a un centro cristiano de desintoxicación. AP

David Guerrero está postrado en la cama, acurrucado como un niño, temblando, con fiebre alta. Ha salido de su habitación sólo una vez desde que regresó hace tres días tras un atracón de metanfetamina cristalizada, para que su madre lo llevase a la sala de emergencia de un hospital debido a la fiebre.

La madre, Minerva Guerrero, está junto a su hijo de 41 años y prepara una lista mental de todo lo que tiene que hacer: cambiarle las sábanas, acompañarlo, ir a buscar sus medicinas.

A casi 100 kilómetros (60 millas), unos pocos días después, Dominic Zamora se pelea con su padre, Frank, quien sospecha que compró una casa usando el nombre de otra persona. "Tú no eres mi padre'', grita Dominic. "Sólo quieres mi dinero''. Tres semanas después, Dominic llama a sus padres, borracho y enojado con el mundo, en particular con ellos.

Esto no es lo que los Guerrero y los Zamora pensaban sucedería cuando sus hijos recibieron millones de dólares de la Iglesia Católica para resolver juicios de sacerdotes acusados de abusar de ellos. El dinero, sin embargo, dio lugar a nuevas pesadillas.

Se suponía que el dinero ayudaría a las víctimas a curar sus heridas y a hacer una vida mejor. En muchos casos, así sucedió. En otros, el dinero, en algunos casos más de un millón de dólares, sólo empeoró las cosas.

Emponzoñó las relaciones y sacó a la luz la desconfianza, amargura y sentimiento de culpa que yacían escondidos. Alimentó la adicción a las drogas y el alcohol, alejó a hermanos y generó resentimientos hacia los padres, que soportan verdaderos infiernos para tratar de ayudar a sus hijos y son rechazados.

Años después de recibir estas compensaciones, muchas familias están divididas, más que nada por el dinero.

"Siente un gran odio por lo que le sucedió y se lo pasa a la familia'', dice Robert Guerrero, quien vive con su esposa en una casa comprada por su hijo David con el dinero de la Iglesia. ‘‘Sufro constantemente pensando en él. Así vivimos''.

Para peor, sobrellevan toda esta agonía emocional sin ningún consuelo material: no queda nada del dinero, que fue gastado en autos, colecciones de arte, drogas, alcohol y malas inversiones.

Despilfarro y problemas familiares son dos cosas comunes en la gente que súbitamente se encuentra con mucho dinero, según Steven Danish, profesor de psicología de la Virginia Commonwealth University y quien ha estudiado la psicología de las personas que ganan la lotería.

Las víctimas de abusos sexuales de parte de sacerdotes son particularmente vulnerables. "Todo esto que llevan adentro lo guardan por mucho tiempo y de repente lo sueltan así'', dijo Danish.

"Inconsciente, o conscientemente, quieren castigar a su familia, e incluso a ellos mismos'', agregó.

CASTIGO A LOS PADRES

Días después de que fueron depositados $700,000 de la Iglesia Católica en su cuenta bancaria, Dominic Zamora, visiblemente borracho, dejó un mensaje confuso en la contestadora telefónica de sus padres. "Me tratan como un hijastro''.

Fue la primera andanada en lo que resultó una batalla campal por el dinero, una lucha tan intensa en la que abundan los sentimientos de culpa y asuntos nunca resueltos tan fuertes que en una ocasión Frank Zamora se desmayó tan solo de ver a su hijo afuera de la casa.

Dominic y sus padres casi no se hablan. Los padres creen que él puso el dinero en manos de un fiador de fianzas llamado Dave que conoció en la calle. Tiene ocho autos, incluido un Imperial del 53 y un Thunderbird del 66, y dos camiones de remolque. Pero perdió su licencia de conducir por manejar en estado de ebriedad.

Sus padres se desentendieron del dinero y no se animan a preguntarle si queda algo. "Desde que llegó el dinero, cada vez que nos vemos terminamos discutiendo'', dice el padre, cuya familia inmigró de España hace cuatro generaciones.

Fotos de la infancia muestran un niño angelical, que no tiene nada que ver con el hombre de hoy, cubierto de tatuajes escalofriantes de esqueletos y figuras diabólicas.

No le perdona a su madre que lo haya hecho monaguillo en una iglesia donde el párroco lo emborrachaba con vino de la comunión y abusó sexualmente de él durante años. A su padre no le perdona el que no haya impedido esto.

Dice que los castiga gastando el dinero como se le da la gana: en autos, en novias y en alcohol.

"Todos me dicen que los perdone. Pero, ¿cómo voy a perdonar algo así?", declaró. "Los torturo. Quieren mi dinero, lo único que querían es el dinero''.

"No siento nada por ellos'', aseguró.

El resentimiento de Dominic atormenta a su padre, un veterano de la guerra de Vietnam que no puede con la culpa por no haber protegido a su hijo.

La madre, en cambio, es menos sentimental.

Antes de recibir el dinero, ella acompañaba a Dominic en las noches y lo escuchaba llorar y gritar en sueños: " ¡No me lastime!, ¡no me lastime! Haré lo que quiera''.

Hoy, sin embargo, dice que su hijo "no tiene futuro; es obvio, no tiene futuro''.

CAMBIO DE PAPELES

Un año después de recibir el dinero, David Guerrero invirtió $40,000 en la compra de un negocio de muebles modernos en Palm Springs. Les pidió a sus padres, Minerva y Robert, ambos nietos de inmigrantes mexicanos, que trabajasen allí.

Poco después David compró en $20,000 un negocio de artículos de segunda mano y les dejó las llaves. "Esto es suyo. Háganse cargo'', les dijo.

"Sentíamos que si no le hacíamos caso, nos gritaría'', recuerda Minerva Guerrero. "Era como si David fuese el padre y nosotros los hijos. Como si se hubiesen intercambiado los papeles''.

Los $4 millones cambiaron a David y alteraron la dinámica familiar, según los padres.

David compraba lo que se le ocurría, decía lo que pensaba y hacía lo que quería. Si quería drogarse, se iba a San Diego sin avisarle a nadie y volvía varios días después a que lo atendiese su madre.

En los casi cinco años que pasaron desde el arreglo monetario, David compró varios pura sangre y una colección de arte moderno, fotografías y muebles de art deco. Le dio $100,000 a una mujer que le dijo que el príncipe de Dubai iba a construir un lujoso hotel en el desierto e invirtió $250,000 en un negocio de venta de yogur que nunca abrió.

Se lo gastó todo y se quedó incluso sin seguro médico. Hace poco solicitó beneficios de indigente del gobierno.

Sus padres, que viven con él en una casa de dos pisos comprada con el dinero de la compensación, sienten que no pueden hacer nada. Temen que si lo dejan, su hijo se suicidará o morirá de una sobredosis.

Cuando está sobrio y alegre, sale a la luz un David carismático, reflexivo, que con su cabello negro, pantalones baggy y camisa abierta en el pecho aparenta ser mucho más joven de lo que es.

"No quiero seguir siendo una víctima. Quiero redimirme'', dice David. "Le eché la culpa a mi padre por no haber estado allí cuando lo necesité, quise culpar a todo el mundo''.

Pero el estado de ánimo de David cambia rápidamente y aflora el resentimiento. Culpa entonces a sus padres, a su abogado, a sus asesores financieros y a sus amigos por todos sus males.

"Todos sabían lo que iba a pasar. ¿Por qué nadie me alertó?", pregunta.

CIERTA ESPERANZA

Dominic se internó hace un mes en un centro de desintoxicación tras ser arrestado dos veces por manejar borracho. Un juez le dijo que la alternativa era tres años en la cárcel. Es un programa cristiano y todas las mañanas Dominic reza con los otros internados.

"Jamás pensé que volvería a la Iglesia. Pero me siento bien aquí'', expresó.

David también está tratando de salir adelante luego de salvarse de milagro de una sobredosis de metanfetamina. Está yendo a una terapia de grupo y regresa todas las noches a su casa.

Son pasos pequeños, pero ofrecen a los Guerrero y los Zamora cierta esperanza.

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