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La agricultura no aguanta más

La crisis de la agricultura en Cuba se debe, principalmente, a la maraña de burocracia y control estatal y al miedo que tiene el Estado de que los campesinos se hagan ricos. A pesar de las medidas puestas en marcha por el gobierno para aumentar la producción en los campos, no se notan avances.

Prueba de ello es un artículo aparecido recientemente en el diario Trabajadores, en el que el periodista relata los viajes de un lado para el otro que sufren los productos del campo y la mala manipulación que impide que lleguen al consumidor en buen estado.

El problema clave está en que los campesinos no pueden vender sus cosechas directamente en los mercados, sino a la empresa estatal de acopio, la cual se encarga de trasladarlas a los puntos de venta.

El cultivador debe esperar meses para que le paguen por los productos vendidos a la empresa estatal. La situación de los "impagos'' afecta la cadena productor-empresarios-clientes.

La preocupación de las autoridades del sector agrícola no es gratuita, pues las deudas se acumulan, y en lo que va de año ascienden a cerca de 2 millones de pesos. La falta de pago obliga prácticamente al campesino a utilizar a intermediarios que sí les pagan puntualmente, además de que desestimula el aumento de la producción.

Hay 21 municipios en el país donde la falta de pago a los campesinos alcanza cifras elevadas. En la información sobre el tema aparecida en la edición del 28 de septiembre del periódico Granma, se destaca al municipio Isla de la Juventud por tener una deuda exorbitante con los campesinos.

Si unimos lo anterior a la falta de fuerza de trabajo eficiente, con conocimiento de las técnicas de cultivo y con el estímulo financiero adecuado, llegamos a la conclusión de que es difícil salir de la crisis agrícola que se extiende ya por años.

Por otra parte, la reintroducción de la tracción animal en las faenas agrícolas puede ser efectiva en algunas zonas, como las montañosas, pero regresar a la yunta cuando escasean los bueyes no parece algo serio.

Una de las vías propuestas por el gobierno es la de la agricultura urbana. Consistente en el aprovechamiento de terrenos baldíos en las periferias de las ciudades, el empleo de patios caseros grandes para siembra de frutales y crías de animales.

Sin embargo, lo que afecta de raíz este proyecto desde su inicio es la falta de materiales y productos de crecimiento acelerado, que contribuyan a lograr una producción suficiente en poco espacio. Los llamados organopónicos se establecieron en áreas de todos los municipios con el fin de abastecer a la población. Una respuesta que debería suplir las necesidades de la comunidad. ¿Y por qué no dejar que los miembros de las comunidades que lo deseen las instalen, produzcan y vendan sus producciones libremente?

A pesar de las buenas intenciones, sus producciones no han logrado llenar las tarimas de los mercados agrícolas, faltan la cantidad y la calidad. La dificultad es que esas producciones las venden en rústicas tarimas junto a las áreas de siembra y generalmente no llegan a manos del gran público.

La eliminación de medidas de control estatal excesivo sobre los planes agrícolas, la producción y la adquisición de útiles y herramientas podría ayudar a estimular a los campesinos a cosechar lo que entiendan que deben producir y a aumentar la producción para obtener más beneficios, los cuales sin duda reinvertirían en adquirir mejores medios de trabajo y de transporte. Esto aumentaría la presencia de productos frescos en los mercados y, con el tiempo y el aumento de la producción, bajarían los precios, y desaparecería la necesidad del mercado negro.

Si tenemos en cuenta que los campesinos privados aportan el 60 por ciento de la producción agrícola, cultivada solamente en 500,000 hectáreas de las 3.1 millones de hectáreas en uso, ¿cuál es el problema para no dejar en manos de esos campesinos y de quienes quisieran dedicarse a estas tareas los terrenos hasta ahora baldíos y estimularlos debidamente?

Una y otra vez retorna la idea de que la culpa no la tiene el embargo, sino el mal manejo de la burocracia que nos ahoga. Como otros sectores de la vida del país, la agricultura necesita respirar.

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