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Hilda Molina: Fidel Castro es un "monstruo''

La doctora cubana Hilda Molina reside en Argentina desde junio del 2009 junto a su madre y su hijo.
La doctora cubana Hilda Molina reside en Argentina desde junio del 2009 junto a su madre y su hijo.

En 1973, la doctora Hilda Molina era estudiante de Medicina cuando vio por primera vez a Fidel Castro en un encuentro del ex gobernante cubano con líderes juveniles en la Universidad de La Habana. "¡Neurocirujana! ¿Con esas manitos y con tu pequeña estatura?", exclamó Castro cuando Molina le dijo en qué rama de la medicina planeaba especializarse.

Con su férrea voluntad, Molina (Camagüey, 1943) no sólo se convirtió en una eminente neurocirujana respetada por la comunidad científica internacional sino en una enemiga formidable de Castro. Ella ha denunciado, primero en la isla y luego desde su exilio en Argentina, el fallido sistema de salud cubano, uno de los caballos de batalla propagandísticos del gobierno castrista.

"Cuando miré a Castro a los ojos me dio mucho miedo porque me di cuenta de que estaba frente a una persona de gran inteligencia, pero de mirada vacía. Y un ser humano inteligente pero sin alma, sólo tiene una definición: monstruo'', afirmó Molina en entrevista y video con El Nuevo Herald en Buenos Aires, donde reside desde el 2009 luego de una espera de 15 años para que el gobierno cubano le permitiera salir de la isla y reunirse con su hijo y la familia de éste.

En el libro autobiográfico Mi verdad (Planeta, 2010), que decidió escribir para dejar ‘‘claro que el sistema [cubano] es un triturador de seres humanos, tanto si lo sirves como si te le opones pacíficamente'', la neurocirujana cuenta los encuentros que sostuvo con Castro entre 1986 y 1994 cuando ella planeaba y dirigía el Centro Internacional de Restauración Neurológica (CIREN). Durante esos ocho años fue testigo de los numerosos actos personalistas y erráticos del entonces gobernante, que lo mismo podía enviarle un ramo de flores y alabarla constantemente en público que mandar a sus ayudantes a que le advirtieran que no podría faltar a la recepción que él la había invitado.

"En una ocasión me preguntó si me gustaba el perfume, porque había notado que llevaba uno distinto a los anteriores. Entonces observé que era un individuo que estaba tratando de galantear, pero con timidez. Cuando le respondí que se trataba de Only, el perfume del [cantante] Julio Iglesias, empezó a caminar de un lado a otro y a decir que ‘ése era un mercenario que hacía declaraciones contra Cuba'', contó Molina, que aunque siempre trató de mantener las conversaciones de Castro en el plano profesional, no pudo evitar las habladurías de los aduladores que competían por la atención del ‘‘Comandante''.

‘Hay personas que creían que fui mujer de Castro, pero si así fuera lo diría con toda sinceridad'', aceptó la neurocirujana, que en las fiestas y reuniones de trabajo con Castro presenció tanto los lujos y privilegios de la cúpula dirigente como las humillaciones a que el ex gobernante sometía a sus subalternos.

Según cuenta Molina en Mi verdad, a Castro le gustaba citar a reuniones de despacho en una piscina climatizada donde colaboradores y funcionarios del Partido Comunista debían seguirle el paso mientras nadaba. Una de sus diversiones favoritas era convocar a esta piscina a José Ramón Machado Ventura, hoy segundo en jerarquía en el gobierno de Raúl Castro, para ver cómo se le dañaba el complicado peinado que el dirigente solía hacerse para esconder la calvicie.

El libro también refiere cómo el narcotraficante norteamericano Robert Vesco, prófugo de la justicia de Estados Unidos, se paseaba en un automóvil protegido por un arsenal o cómo los cargamentos de marihuana confiscados a contrabandistas en las costas de Cuba iban a parar clandestinamente a una habitación del Centro de Investigaciones Médico-Quirúrgicas (CIMEQ), en vez de ser quemados como era lo indicado.

Vinculada al proceso revolucionario desde el principio, primero como joven alfabetizadora, después como maestra y por último como médico, Molina decidió romper con el sistema en 1994, cuando se recrudecieron las presiones del gobierno para que convirtiera el CIREN en un lugar exclusivo para los extranjeros que pagaban su tratamiento en dólares.

"Un día llegaron a poner televisión por cable en las habitaciones de los pacientes extranjeros y no lo permití hasta que no la pusieran en todos los cuartos'', recordó la doctora sobre la batalla que al final perdió para evitar la discriminación, que se extendía hasta los servicios religiosos, permitidos para los extranjeros y no para los cubanos.

Ubicado en un antiguo barrio de clase acomodada al oeste de La Habana donde hoy se encuentran las casas de protocolo y otras entidades del gobierno para atención a los extranjeros, el CIREN contaba entonces con 156 camas y un equipo de médicos y profesionales entrenado con becas en el extranjero gracias a la gestión de Molina con la comunidad científica internacional. Con la creación del instituto, Molina comenzó a aplicar la terapia de restauración neurológica en Cuba, para tratar degeneraciones neuronales y en especial la enfermedad de Parkinson.

"Muchos médicos del centro me dijeron: ‘Nos vamos a quedar en el próximo viaje, porque no vamos a estar aquí para que el gobierno gane dólares'. Hasta ese momento ellos habían vivido con un salario miserable, trabajando como esclavos, pero con una mística especial, porque lo hacían por los enfermos cubanos'', contó Molina, que permaneció dos años en Argelia como parte de un grupo de médicos cubanos en misión internacionalista.

Las privaciones y sacrificios personales, especialmente el tiempo que Molina pasó alejada de su hijo y de sus padres en absurdas tareas convocadas por la Revolución, es uno de los aspectos que conmueve en Mi verdad.

"De lo único que no me arrepiento es de mi labor como médico'', recalca la doctora, que en 1995, luego de renunciar a sus condecoraciones por sus méritos como mujer y profesional y a su asiento de parlamentaria en la Asamblea Nacional del Poder Popular, creó el primer Colegio Médico Independiente de Cuba, sumándose también a la disidencia.

"Cuando hay problemas en la atención médica en cualquier país, hay que hablar y protestar'', recalcó Molina, que en presentaciones en Argentina, Chile y Uruguay ha continuado denunciando, entre otras irregularidades, la falta de transparencia y la ausencia de validación extranjera e independiente de los informes de salud que emite el gobierno cubano.

"Los índices de todo sistema de salud deben ser validados por organismos no gubernamentales, lo mismo nacionales que internacionales. En Cuba no hay ninguna organización no gubernamental y el gobierno no permite el acceso al país ni de la Cruz Roja ni de los organismos que controlan la salud'', expresó Molina.

Precisamente una anécdota de la neurocirujana sobre una conversación que sostuvo en los años 90 con el ya fallecido médico y comandante Bernabé Ordaz, entonces director del hospital Mazorra, reafirma la negligencia en el trato a los enfermos en el actual Hospital Siquiátrico de La Habana. Este volvió a ser noticia recientemente por el juicio celebrado en Cuba a los empleados de esa institución por la muerte de 26 pacientes a consecuencia de hipotermia.

"Tengo que explicarle que no puedo tratar a los enfermos como usted lo hace en su centro," le dijo Ordaz a Molina. "Aquí los pacientes se bañan todos juntos y con manguera, y a veces se pelean y se dan golpes'', añadió Ordaz en su intercambio con Molina, que como directora del CIREN le había pedido a su homólogo de Mazorra remitirle a un paciente con problemas siquiátricos.

Molina también contó a El Nuevo Herald que en Mazorra se aplicaba una "terapia ocupacional'' que incluía el que los enfermos trabajaran como sirvientes en casa de Ordaz y en la de otros miembros del personal del hospital que el director consideraba sus "favoritos''.

"En un país llamado socialista, en el que supuestamente desde 1959 no existía servidumbre, él tenía un cortejo de enfermos que trabajaban de cocineros, jardineros y personal para la limpieza de la casa'', añadió la doctora, indicando que Ordaz había sido condecorado como Héroe del Trabajo.

Mientras los enfermos cubanos debían llevar sábanas y otros enseres para tratarse en los deteriorados hospitales de la isla, Castro contaba con tres clínicas para su atención personal, una ambulancia-hospital y una Unidad de Cuidados Intensivos en su avión particular, según se recoge en Mi verdad.

Molina, que no podrá volver a operar por una deformación en la muñeca izquierda a consecuencia de una golpiza que se sospecha le propinaron agentes o enviados de la Seguridad del Estado en el pasillo de su edificio en La Habana, manifestó su intención de ejercer la medicina pública en una Cuba sin los Castro.

"Creo que me queda eso pendiente con los cubanos'', reconoció Molina, deseando un futuro gobierno que garantice "un sistema de educación y de salud de calidad para todos, en un país donde las familias puedan vivir con un salario decoroso''.

"No me parece que eso sea una utopía'', concluyó.

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