Últimas Noticias

Un duro comienzo, pero valió la pena

Corría el año 1956 cuando llegué a Miami desde el Perú en el mes de septiembre, a principios del otoño. Me habían dicho que el clima en Estados Unidos era totalmente distinto al de Perú y que debía traer conmigo un abrigo grueso porque haría frío.

Después de una breve escala en La Habana, que era la ruta regular de algunas aerolíneas, unos individuos con pinta de fascinerosos se montaron en el avión para arrestar a unas personas sin dar explicaciones a los demás pasajeros. Después que me quejé alegando que nuestro avión estaba registrado en el Perú y que era ilegal que ellos abordasen la aeronave, se disculparon y nos dieron un tour por la ciudad. Era un momento difícil y nadie podía explicar con claridad lo que estaba sucediendo. Creo que era casi el final del régimen de Fulgencio Batista y los revolucionarios liderados por Fidel Castro estaban causando revuelo político.

Luego del breve tour por La Habana, nos permitieron abordar de nuevo el avión y continuar viaje a Miami. Al llegar al Aeropuerto Internacional de Miami, el calor era sofocante y yo llevaba mi grueso abrigo y una pequeña maleta. Pronto me di cuenta de que había dejado en el avión mis documentos, incluyendo mi pasaporte y mi visa.

Cuando hacia la fila de inmigración, me pidieron que presentara mis papeles, los cuales no pude encontrar. Usando el poco inglés que sabía, intenté explicar que los había dejado en el avión, pero los funcionarios de inmigración no me entendieron. Fueron descorteses y me gritaron, al punto que decidí que iba a regresar a mi tierra natal para no sufrir más este acoso. De repente, llegó una señora inspectora –algo que no era común en ese entonces. Ella hablaba español y les ordenó a los despiadados individuos que me dejaran tranquilo, y dijo que se encargaría de la situación. Luego de una breve explicación, la señora fue al avión, recuperó mis documentos y me los trajo, y todo marchó tranquilamente a partir de entonces.

Portándome como el caballero que me enseñaron a ser, decidí invitar a la señora a cenar, a pesar de que tenía edad para ser mi tía. Para mí, ella era una hermosa rubia. Ella, por su parte, pensaba que yo era “adorable” y, después de lanzarme una sonrisa, me dijo que me fuera a mi hotel y no saliera más hasta que el momento de tomar el autobús que me llevaría a mi destino final: Washington D.C.

En ese entonces, a los suramericanos de mi condición –de escasos recursos– se les recomendaba quedarse en los hoteles de YMCA sin importar en qué ciudad estuviesen, así que le dije al taxista que me llevara allí. No era fácil de encontrar, así que terminó llevándome a otro hotel cercano que parecía adecuado para pasar la noche antes de tomar el autobús a Washington D.C.

El hotel quedaba en el downtown de Miami y el ruido del ventilador de la ventana era muy fuerte, así que no podía dormir. Por ello, decidí explorar la ciudad, o al menos las áreas que rodeaban el hotel, y me encontré de repente en un popular restaurante/bar concurrido por jóvenes.

Me senté en la barra y pedí una “ veer’’ y el cantinero me preguntó qué tipo de cerveza quería. A pesar de que había estudiado inglés en Perú, no podía entender ni siquiera un poco del inglés americano y la gente no podía entenderme a mí tampoco. Así que no supe qué decir, pero, de repente, un joven muy amable me dijo en español los nombres de las cervezas y decidí pedir la más común, una Budweiser.

El joven me explicó que él y los otros jóvenes eran estudiantes y me invitaron a sentarme con ellos; luego de un par de cervezas me llevaron a una fiesta en donde me pidieron, por error, que les enseñara a bailar chachachá. Siendo yo del Perú, no era precisamente lo que bailábamos, a pesar de que la mayoría de los peruanos pueden bailar al ritmo de casi cualquier música. Algunos de los jóvenes no tenían la más mínima idea de dónde quedaba Perú y al menos uno o dos creían que yo era de Beirut.

A eso de las 6 a.m., me di cuenta de que no sabía el nombre de mi hotel ni dónde quedaba. Los, chicos me dijeron que no me preocupara, que la policía encontraría mi lugar, situación que me desagradó tras el episodio en el aeropuerto. Me aseguraron que todo estaba bien y un bondadoso policía llegó y en unos minutos encontró el hotely, una vez más, me dijo que no me fuera hasta que tomara el autobús a Washington, D.C.

Al día siguiente encontré la terminal de autobuses de la Greyhound y compré un boleto a Washington. Fue un viaje de dos días. Lo asombroso es que en el autobús me dijeron que dejara el asiento grande al fondo y me moviera a uno del frente. Yo no sabía que el asiento trasero era para “gente de color’’ y que no debía sentarme allí, a pesar de que el asiento era grande y pensaba tomarme una siesta.

Lo gracioso ocurrió cuando otro muchacho de origen latino se sentó al frente y lo mandaron para el fondo. Después comprendí que su piel era más oscura de lo que el chofer entendía que era “blanco”. Fue aun más raro cuando, llegando de Georgia, al mismo chico le pidieron que se moviera hacia el frente, episodio que nos hizo reír y comprender que estábamos entrando a un nuevo mundo.

Desde entonces mi vida en Estados Unidos ha sido fácil y llena de recompensas y me encuentro en circunstancias muy confortables con un buen ingreso, mucho conocimiento y el respeto de mis iguales. Con el tiempo, regresé a esta bella ciudad donde se inició mi vida en Estados Unidos y vivo en Miami Beach, un lugar que realmente no ha cambiado mucho en cuanto a la amabilidad de la gente... si uno es capaz de olvidarse de los conductores y el tráfico.

  Comentarios