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De Nicaragua a Miami: un hogar y un destino

Nací en Nicaragua. Viví allí hasta que me trasladé a Miami en 1979 cuando tenía 19 años. Vine con mi hija, que entonces tenía casi 2 años.

Desde el momento que llegué me sentí como en casa. Mis hermanas ya estaban viviendo aquí. Vine a Miami por primera vez cuando tenía cinco años y me encantó; mis recuerdos de ese entonces son hermosos. También viajaba mucho junto a mis padres, de manera que cuando vine a vivir aquí, ya conocía la ciudad y el hecho de que mis hermanas también estuvieran aquí ayudó mucho.

Cuando tenía 12 años ocurrió algo terrible en mi vida: perdí a mi padre, Julio C. Martínez. Murió aquí en Miami mientras yo vivía en Nicaragua. Fue una muerte repentina, y se me hizo muy difícil. Siempre he sido muy alegre, pero en mi corazón sentía un vacío, el sentimiento de extrañar a mi padre, ese dolor. Es por esa gran pérdida que hago lo que hago, y es por eso que lo comparto con ustedes.

Mi hija estudió aquí en la Escuela del Sagrado Corazón de Carrollton (Carrollton School of the Sacred Heart), que le encantaba. Cuando ella estaba en secundaria, yo decidí volver a estudiar. Empecé en el recinto sur de Miami Dade College, en donde ahora soy profesora de religiones del mundo.

En el Miami Dade College, decidí estudiar psicología, y luego solicité a diferentes escuelas. Fui aceptada en la Universidad de Miami. Allí estudié una clase sobre religiones del mundo, que me encantó, y entonces decidí hacer otra especialidad además de psicología: estudios religiosos.

En la Universidad de Miami tomé una clase que me atrajo mucho, llamada La muerte y el morir ( Death and Dying) que impartía el director del departamento de Estudios Religiosos, el Dr. Stephen Sapp. Me di cuenta de que necesitaba esa clase para lidiar con mi propio sentimiento de pérdida. Me ayudó mucho a sanar. Al tomar esa clase fue que me di cuenta de que lo que quería hacer era ayudar a otros.

Cuando estaba en Nicaragua, no contaba con consejería o grupos de apoyo, ni libros que me ayudaran a lidiar con mi dolor. Tuve que enfrentarme a ello por mí misma. Tenía a mi familia y la religión católica que en ese entonces requería que durante el luto se vistiera solo de blanco y negro. Tampoco podía escuchar música, ni ver televisión ni salir a la calle. Yo era muy joven y no entendía lo que estaba pasando.

Cuando terminé en UM con una doble especialidad en psicología y estudios religiosos, empecé el programa de posgrado de gerontología en la Universidad Internacional de la Florida, y luego en St. Thomas University me dieron un certificado por estudiar el curso Pérdida y Sanación.

Así fue que comencé a trabajar ayudando a aquellos que están sufriendo. Fundé un centro de ayuda cerca de Sunset Place llamado The Center For Transforming Lives, donde damos clases de meditación, tenemos grupos de apoyo y terapia individual. Mi objetivo es ayudar a personas que están pasando por algún sufrimiento, incluyendo a los inmigrantes que han perdido su país, sus tradiciones y su lengua.

Lo bonito es que todos somos de diferentes países y aunque todos somos hispanos y hablamos una misma lengua, el acento puede ser distinto, y muchas palabras también, así como las costumbres según el país de origen.

Eso lo hace mucho más lindo porque puedes aprender de los cubanos, de los argentinos o colombianos. Incluso no solamente de los hispanos, podemos disfrutar de la cocina japonesa, libanesa o hindú.

Desde que me mudé aquí, hace más de 30 años, Miami ha crecido mucho. Un lugar al que me gusta ir es a Brickell Avenue, cerca del downtown de Miami. Es hermoso, y me encanta ver cómo ha crecido el downtown. Mary Brickell Village y el Design District... ¡son tan cosmopolitas!

Estoy orgullosa de haber logrado mis metas en esta increíble ciudad. Miami es una ciudad muy cálida. Y al ser hispana, con tantos hispanos aquí, me siento como en casa.

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