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Miami no es perfecto, pero es nuestra casa

Recuerdo haber mirado por la ventana cuando el avión despegó de La Habana. Era el 9 de agosto de 1960. Tenía 15 años de edad y me iba de mi país con mi mamá y mi hermano para reunirme con mi padre en Miami. El se había marchado meses antes para buscar escuelas para que estudiáramos y un lugar donde vivir. No imaginamos que sería para siempre.

Mi papá, un abogado aficionado a viajar, consiguió trabajo como vendedor con Guest Airways y un apartamento en el número 23 de la avenida Phoenetia en Coral Gables. Nos inscribió a mi hermano y a mí en la escuela elemental de Merrick y en la Escuela Secundaria de Coral Gables, respectivamente.

Otras dos familias que conocíamos de La Habana vivían en el mismo edificio de ocho unidades y nos reuníamos en el pequeño patio, temprano en las noches. Pero Miami era una ciudad muy tranquila en esos días y nos pidieron que nos mudáramos.

Así lo hicimos, a unas cuantas cuadras, en Madeira 25A, un edificios de apartamentos que también se ha convertido en un condominio, y donde ya no están las escaleras de madera que delataban con su crujir cuando la abuela venía bajando. Tampoco está ya el Coliseo, un excelente local para jugar bowling, pasar el rato y escuchar las canciones del Top 40 en la vitrola, ni la vieja biblioteca de Coral Gables, que viene a mi memoria cada vez que siento el olor de la lluvia.

Mi papá abrió una agencia de viajes, Caribbean Cruises, en Ponce de León Boulevard, al lado del Teatro Coral. Hace muchos años que estos dos locales no están ahí. Mi mamá empezó a trabajar con el Hotel Shelborne en Miami Beach como secretaria ejecutiva del gerente general, lo cual significaba que ella dirigía el lugar. Fue allí donde tuve mi luna de miel algunos años más tarde y donde hace unos años fui a cantar karaoke.

Mis padres hicieron que esa época austera de exiliados fuese una experiencia acogedora y divertida. Teníamos un auto viejo que mi papá nombro “Dame un empujoncito” e íbamos en él hasta Matheson Hammock y Crandon Park. Cantábamos junto al músico Mitch Miller y jugamos Clue y Monopolio; participábamos activamente en el tema de Cuba e incluso dormimos en Bayfront Park para protestar por algo que dijo el narrador de noticias de WCKT, Wayne Harris.

Mi novio y muchos de mis amigos formaron parte de la Brigada 2506 que fueron a liberar a Cuba en 1961. El fue a prisión y la experiencia le cambió la vida. También la vida de muchos cubanos en todos lados dio un giro. Pero mis padres ayudaron a hacer que los recuerdos de esos tiempos fuesen mayormente buenos y, a los 16, las heridas sanan rápido.

En Miami, descubrí los sándwiches de atún hechos en pan blanco y acompañados de papas fritas y kétchup. También descubrí los prejuicios raciales. Cuando buscábamos lugares para alquilar, vimos carteles que decían “No se aceptan negros”. “No se aceptan perros”. “No se aceptan cubanos”. La segregación también alcanzaba a los mostradores de Woolworth y Grant’s; también a los bebederos de agua y las guaguas.

Los viejos tiempos no fueron buenos para todos y casi parece imposible que esos recuerdos malos coexistan con tantos buenos: manejar hasta Jimmy’s Hurricane en la U.S. 1 y Bird Road, donde los mesoneros en patines venían hasta el auto, igual que en las películas. Hacer fiestas en la piscina del Venetian. Las noches de viernes en Pizza Palace; ver las tiendas en Miracle Mile y comerse algo en la heladería Jahn’s Ice Cream Parlor (en donde ahora está John Martin’s). Los domingos después de misa, el lugar de encuentro era el Walgreens de downtown.

Había bailes los viernes por la noche en el Centro Juvenil de Coral Gables y juegos en el gimnasio de la escuela donde se bailaba rock ‘n roll como se veía en televisión. Nos emocionóbamos con el rally deportivo de la escuela y el aroma en el aire de la temporada de fútbol americano –¡En mi escuela éramos los Cavaliers y eso era importante!

Había un Howard Johnson’s en la estación de autobuses de Coral Gables y pasábamos por ahí cuando íbamos camino a casa desde la escuela para tomar los famosos helados de “caramelo” (el dulce de leche no se perfeccionó sino 40 años más tarde).

Mi hermano menor nació en el antiguo Hospital St. Francis en Miami Beach en 1961, y un año más tarde, me gradué de la secundaria de Gables, asistí al Junior College del Condado de Dade y conseguí mi primer trabajo a medio tiempo en el J. Byrons del downtown de Miami. Mi primer trabajo de verdad fue como mecanógrafa en el Departamento de Asistencia Social; mi esposo trabajaba a tres cuadras de distancia en lo que solía ser la Zapatería Mary Jane en Flagler. Nos habíamos conocido en el Club Vedado Tennis en La Habana cuando éramos adolescentes, nos volvimos a ver de nuevo aquí y nos casamos en la Iglesia de Little Flower en Coral Gables en 1963. Nuestros tres niños y cuatro de nuestros nietos han nacido y crecido en Miami.

Cuando llegué por primera vez a la que es ahora mi ciudad, casi ningún comercio abría después de las 7 p.m. La Freedom Tower era el edificio más alto y el Dadeland Mall se consideraba algo muy remoto. Nuestro café cubano, tan común en todos lados, sólo se podía tomar en la casa – José Enrique Souto Sr., amigo de la familia y el dueño de Bustelo y Café Pilón nos llevaba las bolsas hasta la casa en su camión.

Mi esposo hizo su carrera profesional en sistemas de computación trabajando con Eastern Airlines, y luego de que la empresa cerrara ocupó un puesto ejecutivo en System One y EDS. Cuando me cansé de escribir, empecé a trabajar en Harper’s Bazaar en español, y luego me encargué de varias publicaciones de Eventos Miami, una revista local sobre cultura y eventos sociales. Miami en la década de los 1980 estaba lista para convertirse en escenario de opulenciacon clubes como Ensign Bitters, Cats, The Mutiny, The Hockey Club y Regine’s en el Grand Bay Hotel, donde Julio Iglesias iba con frecuencia y el Dom Perignon se servía por doquier.

Actualmente estoy retirada de mi carrera como publicitaria y acabamos de celebrar nuestras bodas de oro, aquí mismo en Kendall. La mayoría de nuestros familiares vive en Miami y ha crecido con la ciudad. ¿Es perfecta? No. Pero es nuestro hogar. Así que cuando alguien me dice que tenemos los peores conductores y que somos una república bananera y no sé qué más, les respondo: “Entonces múdate, chico”.

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