Últimas Noticias

Cambian las formas, pero no cesa la represión

El régimen cubano ha tratado durante décadas de cambiar las reglas, cuando se destacan las diferencias que existen a la hora de condenar a una persona por un supuesto delito de opinión y el expediente de colaborar con el enemigo. Pero durante ese tiempo ha mantenido una constante: no permitir la menor oposición o disidencia de cualquier tipo, por pacífica que sea.

La Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional (CCDHRN) denunció el martes al menos 963 detenciones por motivos políticos durante el pasado mes de junio en la Isla.

En su informe mensual, la Comisión refirió los casos concretos de opositores como los periodistas independientes Guillermo Fariñas y Roberto de Jesús Guerra, y de los ex presos José Daniel Ferrer García y Jorge Luís García Pérez (Antúnez), este último detenido junto a su esposa Yris Tamara Pérez Aguilera.

Los métodos varían; los objetivos son los mismos.

En el caso de Roberto de Jesús Guerra, el informe sostiene que fue “brutalmente agredido bajo el manto de la impunidad” por “un individuo vestido de civil”, en plena vía pública.

Con Fariñas se utilizó otro método. La CCDHRN señala que Fariñas, residente en la ciudad de Villa Clara, fue detenido casi cada lunes de junio, al igual que en los meses anteriores, “para impedir reuniones programadas de su organización” y denuncia que fue “sometido, en casi todas las ocasiones, al procedimiento de tortura mediante confinamiento bajo temperaturas extremadamente frías”.

Al mismo tiempo, continuaron las “agresiones físicas y otras formas de intimidación” contra las integrantes del movimiento de las Damas de Blanco, y que los miembros de la Red Cubana de Comunicadores Comunitarios, que dirige la ex presa política Marta Beatriz Roque, han sido objeto de "detenciones sistemáticas y otras formas de hostigamiento".

En este balance, la Comisión opositora considera que "la represión política contra los pacíficos disidentes u opositores políticos se mantuvo, mas allá de pequeñas variaciones de importancia puramente estadística".

Es lógico pensar en acciones de espionaje, terrorismo y sabotaje cuando se habla de “colaborar con el enemigo”. No en el caso cubano. Para el régimen de La Habana, esta colaboración puede ser un acto tan simple como expresar una opinión en público o que unas mujeres vestidas de blanco realicen una caminata alrededor de una iglesia.

Para la Plaza de la Revolución, la cuestión es bien simple. Como en cualquier sociedad, el gobierno de la Isla se encarga de definir lo que es un delito, y lo que disgusta a sus funcionarios es que alguien en cualquier lugar del mundo se cuestione esa definición.

El problema con este criterio es que se elabora con una constante referencia a una “guerra terrible con una potencia nuclear”, cuando en realidad desde hace muchos años, en el diferendo entre Cuba y Estados Unidos no se puede hablar de acciones bélicas.

Esto no lo reconocen los gobernantes de La Habana con palabras, pero sí con actos. Difícil comprender que una nación está en guerra con otra y al mismo tiempo le compra alimentos a su enemigo, agasaja a los legisladores del bando contrario y celebra subastas de tabacos donde los principales invitados y compradores no vienen de una trinchera sino viajan cómodamente al país anfitrión.

Una guerra sin disparos y ataques mortíferos, sin cañones y acorazados. Una contienda donde los únicos "barcos enemigos" que entran en aguas cubanas traen mercancías que se cargan en los puertos de la nación agresora. Cuba está en una "guerra", dicen quienes gobiernan la Isla, y no le queda más remedio que encarcelar a los "agentes" que luchan en favor del otro lado.

Sin embargo, un buen número de disidentes cubanos han cumplido largas condenas o son encarcelados temporalmente y amenazados todos los meses por el sólo "delito" de divulgar análisis políticos y noticiosos y buscar cambios pacíficos en la Isla.

El gobierno cubano comete un error, cuando confía en la eficiencia probada de su mecanismo de represión preventiva para dilatar la solución o al menos el mejoramiento del problema de las sistemáticas violaciones a los derechos humanos.

Desde hace mucho tiempo los disidentes luchan frente a dos enemigos poderosos: la represión y la inercia. Por décadas el régimen ha alimentado la ausencia de futuro en la población como el medio ideal para alimentar la fatalidad, el cruzarse de brazos y la espera ante lo inevitable.

Lo que en otra época fue delito en Cuba, ahora es permitido. Pero en esencia, la capacidad o el derecho a expresar el deseo de cambiar aspectos de la sociedad o la sociedad y el gobierno en su conjunto sigue siendo tan refrenado en la isla como cuando esta persecución se vestía del ropaje de la lucha de clases.

  Comentarios