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La sombra de la Gran Guerra

Cuando digan: Paz y seguridad ,

entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina

1 Tesalonicenses 5:3

Al mediodía del sábado 1ro. de agosto de 1914, el silencio con que los rusos habían respondido al ultimátum alemán de doce horas antes —que exigía la desmovilización de sus tropas a lo largo de la frontera austríaca— se traducía en un estado de hostilidades entre los imperios centrales y los vastos dominios del zar. Una hora más tarde, el embajador del káiser en San Petersburgo recibía un mensaje en el que le instruían que, en nombre de su soberano, declarase la guerra a Rusia a las 5:00 p.m. de ese día. Tal fue el inicio formal de lo que ahora conocemos por primera guerra mundial, que devastaría a Europa y cambiaría el orden internacional.

Muchos años antes, Otto Von Bismarck, arquitecto del imperio alemán al final de la guerra franco-prusiana (1870-1871), había predicho que el próximo conflicto armado se produciría por “alguna maldita tontería en los Balcanes". La “tontería” —en comparación con sus pavorosas secuelas y admitiendo que la muerte violenta de un ser humano nunca lo es— había ocurrido el 28 de junio en Sarajevo, la capital de Bosnia y Herzegovina, entonces bajo el poder de los austríacos. Ese día, un joven terrorista serbio había asesinado a tiros al archiduque Francisco Fernando, heredero del trono austrohúngaro, y a su mujer embarazada. En Viena creyeron encontrar un pretexto en el crimen para anexarse a Serbia y, a ese objeto, enviaron un ultimátum a Belgrado el 23 de julio. Tres días más tarde, los austríacos rechazaban la respuesta de los serbios y el 28 les declaraban la guerra.

Hasta ese momento, algún observador optimista y superficial habría predicho que se trataba de otra guerra balcánica, pero los rusos reaccionaron al ultimátum a Serbia, haciendo valer su parentesco con los llamados eslavos del sur y decretando una movilización a lo largo de la frontera austrohúngara. Aunque este movimiento le pareció extemporáneo a los alemanes —que contaban con la no intervención de Rusia por cuenta de sus muchos problemas internos—, su alianza con los austríacos y sus propias ambiciones territoriales hacia el este los empujaron a una decisión temeraria.

Al mismo tiempo, el diferendo de Alemania y Francia se acentuaba en medio de la crisis general. El káiser Guillermo II, personalidad inestable con rasgos visibles de megalomanía y paranoia, creía desde hacía años que los franceses se preparaban para la revancha y que Inglaterra se había dedicado tenazmente a hacer alianzas para aislar a los alemanes. El exaltado e impresionable emperador no dudaba de que su propio tío, el rey Eduardo VII de Gran Bretaña —a cuyo entierro asistiera en 1910— había sido el agente de la perfidia inglesa para cercar a su país. Seguidor de la doctrina que propone la ofensiva como mejor defensa, el Estado Mayor alemán, al tiempo que estallaba la crisis con los rusos, iniciaba una masiva movilización hacia el oeste. En Berlín empezaron a darse cuenta, con pavor, que les esperaba una guerra en dos frentes. La diplomacia alemana hizo torpes e inútiles intentos a última hora de conservar la neutralidad de Francia e Inglaterra; pero para entonces la aceitada maquinaria militar había adquirido una imparable autonomía. El mismo 1 de agosto empezaba la ocupación de Luxemburgo que, para hacer mayor el crimen, era un país neutral.

Así, a mitad del verano, mientras la gente vacacionaba en los balnearios de Europa, estallaba una guerra que —por la magnitud del armamento, la diversidad de escenarios y el número de tropas movilizadas y de bajas— no tenía precedentes, una guerra que transformaría al mundo como ninguna otra que hasta entonces se hubiera librado y en cuyas secuelas todavía vivimos un siglo después.

El desarrollo industrial y la expansión colonial, obrando mancomunadamente, habían traído a Europa una era de prosperidad y de refinamiento extraordinarios. No se había erradicado la pobreza ni se habían resuelto injusticias sociales que seguían dando pábulo a la prédica incendiaria de anarquistas y comunistas —los que, de vez en cuando, apelaban a la violencia; pero, el panorama continental, en la cuna de la civilización occidental, era esperanzador, y el espíritu de la época, en esos 44 años que median entre la derrota francesa en Sedán y agosto del 14, podría describirse, sin exagerar, como optimista y jubiloso. Hacia fines del siglo XIX, la guerra —un fenómeno que los europeos habían padecido durante milenios— empezaba a juzgarse como una anacrónica aberración: una rémora de la barbarie que sólo subsistía en los territorios coloniales. Cuando, en 1896, el joven Winston Churchill quiso iniciarse como corresponsal de guerra, Cuba era probablemente el único sitio donde en ese momento se libraba un conflicto armado de importancia.

Las nuevas invenciones hacen furor en ese casi medio siglo que precede a 1914: algunas de ellas —la luz eléctrica, el teléfono, el fonógrafo— provienen de esa continuidad de Europa que es Estados Unidos; en otras —el motor de combustión interna, el automóvil, el cine, la telegrafía sin hilos— los europeos llevan la delantera (Peugeot y Benz son nombres establecidos en la industria del automóvil antes de que Ford masifique el invento, los hermanos Lumière revolucionan el mundo de la imagen y el espectáculo desde una sala a oscuras). La aviación tiene pioneros en ambas costas del Atlántico.

Las artes reafirman su libertad. Impresionistas y postimpresionistas renuevan la pintura, como lo harían más tarde, hacía fines de este glamoroso período, el expresionismo y el cubismo. Debussy y Ravel experimentan con la música, al tiempo que Wilde y Shaw reinventan el teatro. El Art Nouveau se impone en el espacio público.

El año pasado, mientras tomaba café con un amigo en la terraza del Grand Hotel de Viena —que se conserva intacto— no podía dejar de imaginar lo que había sido ese mismo escenario exactamente un siglo antes, en la primavera de 1913, y me parecía estar viendo a familias, parejas, amigos —con trajes de su tiempo, ciertamente, pero con un entusiasmo idéntico al que yo presenciaba— que hacían planes, hablaban de negocios, tejían idilios… en uno de los ambientes más elegantes de la hermosa ciudad. Si algún vidente les hubiera profetizado que su mundo estaba por sufrir una atroz sacudida, mucho más grande que la de un terremoto, se hubieran reído con ostensible incredulidad. ¿No se encontraban acaso en el centro de una de las primeras naciones de la tierra? Lo mismo podrían haber dicho los parroquianos del Café de la Paix, en París, o de sitios semejantes en Berlín, Estambul y Moscú. Habitaban un mundo destinado a durar.

Sin embargo, la barbarie, que se gestaba en el seno de esa civilización de esplendor y de orden, habría de brotar con una furia inusitada. A fines de agosto de 1914, un mes después de iniciado el conflicto, habían muerto 275,000 personas, soldados en su mayoría, pero también muchos no combatientes, y ya había perecido, entre otros tesoros de la cultura universal, la célebre biblioteca de la Universidad de Lovaina, deliberadamente reducida a cenizas por los invasores alemanes.

La Gran Guerra —como se le llamó hasta que sobrevino la de 1939— fue el terreno para ensayar pavorosos instrumentos de muerte: los gases asfixiantes, el lanzallamas, la primera versión de los carros blindados… A diferencia de la segunda guerra mundial, no se destacaría por invasiones y conquistas, sino que sería de desgaste en las trincheras, las cuales se extendieron casi siempre a lo largo de los límites fronterizos. Así murieron más de 9 millones de soldados, de los más de 60 millones que se movilizaron para la contienda. Las muertes de civiles serían también enormes.

La consecuencia directa de la guerra fue el hundimiento del orden que había regido en Europa durante siglos. Cuatro grandes monarquías (Rusia, Alemania, Austria-Hungría y el imperio otomano) se derrumbaron. Sobre las ruinas de ese mundo surgió, como una especie de monstruo apocalíptico, el estado totalitario: comunista en Rusia, fascista en Italia y, posteriormente, nazi en Alemania. Las jerarquías morales, espirituales, estéticas, también se sacudieron o se desplomaron ante el embate. La cultura occidental, el ápice indiscutible del desarrollo humano, había sufrido una transformación irreversible. Y si bien el totalitarismo terminó por ser derrocado y la democracia contemporánea ha probado poseer notable elasticidad, así como vocación a la convivencia y a la paz, ciertos valores y maneras, tal vez cierta inocencia, esa mirada peculiar del mundo de ayer —como lo llamara con tanto tino y sensibilidad Stefan Zweig— no sobrevivieron a la conflagración que se desató con crueldad sorprendente hace cien años.

©Echerri 2014

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