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Un final para medio siglo

Sabino Fernández y su esposa, junto a sus hijos, saliendo de 'Freedom House'.
Sabino Fernández y su esposa, junto a sus hijos, saliendo de 'Freedom House'.

Entre las muchas imágenes documentales que se rodaron en los primeros días de enero de 1959, hay unos segmentos de celuloide que, vistos medio siglo después, resultan particularmente desconcertantes.

Son el escueto a la vez que locuaz testimonio de apenas una mínima porción del júbilo que sacudió al país tras la caída de la penúltima dictadura cubana.

Se trata de imágenes tomadas en el aeropuerto de Rancho Boyeros al que llegaban vuelos procedentes de Estados Unidos, México o Venezuela, cargados de exiliados que retornaban a una patria que creían librada por fin de la maldición de los tiroteos, la tortura y la represión.

En todas las secuencias hay abrazos, la incontenible emoción del regreso y el reencuentro con parientes, amigos y compañeros de lucha a quienes no se había visto en años o, en algunos casos, apenas unos meses. Se asemejan a imágenes paralelas de tantos otros retornados --las imágenes de María Zambrano llegando a Barajas, por ejemplo-- y constituyen una prueba de que Cuba no es más que otra isla en la geografía del destierro. También de que los cubanos somos apenas uno más de entre tantos pueblos divididos por la sinrazón política de los totalitarismos.

Una de esas secuencias rodadas en el aeropuerto resulta particularmente significativa por lo que representaba el momento que documenta y por el destino que esperaba a su protagonista. Recoge el instante en que Carlos Prío Socarrás, ex presidente de la República, se asoma a la portezuela del avión de Cubana de Aviación que lo devolvió a La Habana en enero de 1959. Un trajeado y sonriente Prío emerge del vientre de metal para asomarse a una escalerilla virtualmente tomada por hombres armados que lo reciben con visible entusiasmo. Otras imágenes de ese mismo día muestran a Prío rodeado de "barbudos''. Había vuelto a su patria desde el destierro. El régimen de Batista había caído.

Dos años más tarde, como es sabido, Prío, el presidente que volvía del exilio, marchó de nuevo a habitar en el destierro. No fue el único de los retornados de 1959 que padecería ese destino. Si bien es cierto que muchos de los exiliados supieron encontrar acomodo en la Cuba de Fidel Castro, muchos fueron también los que conocieron ese viaje de regreso e ilusión, como el mero tránsito entre dos exilios. Pocos, sin embargo, podían imaginar que el segundo se prolongaría por casi medio siglo, tiempo más que suficiente para que tantos hayan encontrado la muerte lejos de Cuba, pero también visto crecer a sus hijos y nietos. Y asistido, en definitiva, a la recreación de un país construido lejos, aunque no tanto, de la patria soñada, como quien se construye una réplica de su propia casa capitalina a la orilla de un balneario y al descubrir un día que las carreteras de vuelta están cortadas reproduce lo que alguna vez fue su centro en el nuevo espacio periférico.

Ni este último medio siglo, ni los exiliados de la década de los cincuenta, inauguraron la columna de los haberes de la historia del exilio cubano. El último siglo de dominación colonial provocó el destierro de incontables cubanos. Un destierro que incluyó episodios tan brutales como el envío de independentistas a penar condenas en la cárcel de Ceuta, enclave español en el norte de Africa.

La historia, que es injusta con los seres anónimos --es ella quien los vuelve decisivamente anónimos-- nos ha dejado el testimonio de poetas y políticos, de hacendados y periodistas que abandonaron la Cuba española en busca de la libertad. También, de la libertad para preparar la guerra contra la Metrópoli que los obligó a exiliarse. La encontraron en Nueva York y en Filadelfia, en las repúblicas de Hispanoamérica o en París. Y en el exilio se organizaron colectas, se compraron armas y se enviaron expediciones a la isla. También se publicaron periódicos, se pronunciaron discursos, se procuró el afecto de gobiernos extranjeros a la causa de la libertad de Cuba, se defendió la dignidad de los cubanos y la justeza de su lucha.

La gesta de la emigración cubana que reunió el dinero necesario para pelear por la libertad, en presupuesto que sumaba las importantes aportaciones de los pudientes, pero también las monedas reunidas por los trabajadores humildes de Tampa o Key West, es uno de los acontecimientos más hermosos de toda la historia del exilio cubano.

La certeza de que Cuba merecía ser libre y la convicción de que los exiliados tenían la responsabilidad de llevar a Cuba la libertad nace, pues, en esa emigración del siglo XIX. Es en el exilio que José Martí funda el Partido Revolucionario Cubano, y será un exiliado, Tomás Estrada Palma, el pedagogo de Central Valley, quien asuma la presidencia de la primera República cubana.

El próximo enero, el calendario político cubano marcará el cincuentenario de la última, y todavía vigente, etapa de la historia política de Cuba. Cualquiera que sea la perspectiva que se adopte ante esa cita con el aniversario, sea la celebración, el vituperio o hasta la mera indiferencia, pasa por el reconocimiento de que el último medio siglo ha partido a Cuba en dos. Un hachazo que rompió su tradición republicana, por renqueante que fuera, y obligó a pensar a la nación cubana como a un ente escindido en dos mitades irreconciliables.

La dialéctica entre "los que se fueron'' y "los que se quedaron'' ha marcado desde 1959 el devenir de la sociedad, la cultura y la política cubanas, porque no fue hasta ese año que la historia de Cuba conoció al exilio como fenómeno genuinamente masivo y leitmotiv nacional.

Reproches mutuos y rencores tantas veces justificados y otras tantas mal administrados conformaron desde entonces un modelo de relación agónica que ha conocido momentos críticos, episodios de distensión, y viene dibujando en los últimos años el perfil de una nación futura, ya para siempre deslocalizada y transterritorial. Un encono de medio siglo que ha multiplicado sin cesar los agravios mutuos y ha transformado la idea de país, tanto como ha modificado con esa díscola herramienta que es la memoria el pasado de Cuba, y con toda certeza también el futuro.

Hay hitos de esa tragedia que se han inscrito ya para siempre en los anales de la historia de Cuba. Momentos emblemáticos, fotografías de la desesperación, topónimos, performances.

Así, la tristemente célebre "pecera'' del aeropuerto de La Habana, cuyos vidrios separaban dos mundos que continuarían mirándose ya para siempre desde la distancia. Los rostros de los niños que dejaron Cuba durante la Operación Pedro Pan al volverse desde la escalerilla por la que subían al avión que los alejaba de sus padres. Los prisioneros de la Brigada 2506 caminando con las manos sujetas a la nuca. Los hombres descamisados y hambrientos sobre el tejado de la Embajada de Perú. Las filas de gente camino a los barcos en el puerto del Mariel. Las despedidas a las balsas que salían desde el propio Malecón de La Habana en 1994. Todavía más plásticas, ondulantes y crueles, son las imágenes de las balsas vacías vistas desde el aire.

El medio siglo de extrañamiento ha dejado sus huellas de barro en los discursos. Algunas dolorosas como "acto de repudio'', los epítetos con que el régimen de La Habana motejó y despidió a los exiliados, "gusanos'', "lumpen'', "escoria''. El nombre que da a la comunidad exiliada en su conjunto: "la Mafia de Miami''. Otras de más grata memoria, como aquellos "viajes de la Comunidad'' a finales de los años 80.

También el exilio ha protagonizado acciones de rechazo a la presencia de cubanos residentes en la Isla en actos públicos fuera de Cuba o ha ensayado etiquetas para calificar a exiliados más recientes, en una permanente, y estéril, reivindicación de un linaje dado por la primacía en el arribo a la patria postiza. Así, "marielitos'' y ‘‘balseros'' son definiciones que en ciertos contextos arrastraron un poso de rechazo, como más recientemente se habló de un "exilio de terciopelo'' en los años noventa y se habla hoy de los "quedaítos'' para referirse a emigrados que no pertenecen, o no reivindican su pertenencia, a la partición beligerante entre el "adentro'' y el ‘‘afuera''.

Huir de Cuba para llegar a esa proyección geográfica de la patria que es "Miami'' --topónimo que ha incluido durante largo tiempo a todo el sur de la Florida en la imaginación de los residentes en la isla-- es uno de los motivos simbólicos que han signado este último medio siglo de dictadura en Cuba.

Ello se debe a partes iguales al clima de terror impuesto por el régimen de La Habana y a la desesperanza que ha generado en los cubanos y a la gesta de los primeros exiliados, capaces de convertir al sur de la Florida en una extensión de la patria perdida.

La patria portátil hecha de memoria y tesón, porque como tantos otros expatriados de este mundo los cubanos fuimos despojados de todo, como requisito para marchar hacia la libertad, consiguió ganar cuerpo a unas millas del lugar donde los refugiados eran sometidos a crueles inventarios, a puntillosas requisas en el aeropuerto, que parecían condenarlos a un exilio de miseria. Tampoco la levedad de balsas que apenas eran capaces de cargar a quienes huían, permitieron acarrear más que sueños. Y, sin embargo, cientos de miles de cubanos supieron siempre --saben hoy-- que hay un lugar del mundo donde todavía pueden alimentar la ilusión de que no han abandonado Cuba. Donde podrán permitirse pensar que apenas han escapado de la pesadilla del castrismo.

Sin embargo, la historia del exilio cubano es también la de un fracaso político que requiere ser asumido con vistas a la definitiva mutación de la comunidad exiliada, cuando Cuba sea devuelta a la normalidad que le han secuestrado un par de siglos de excepcionalidad.

La colonia que no se creía colonia, la fracasada "Suiza de América'' de la inauguración republicana o el "Primer Territorio Libre de América'', en efecto, pasarán a la historia cuando Cuba reingrese al orden natural de la política. Entonces, por cierto, será revocada también la condición excepcional que ostentan los refugiados cubanos en los Estados Unidos, un gesto administrativo que convertirá a los exiliados en inmigrantes.

El retorno de Cuba a la senda democrática y a la economía libre habrá dado la razón a los exiliados que han abogado por esa recuperación durante medio siglo como afirmaba recientemente Rafael Rojas. Pero tener razón, cuando demostrado a posteriori, no implica por fuerza que una comunidad exiliada que fracasó en su propósito de convertirse en un contrapeso político efectivo al régimen de La Habana pueda retornar como vencedora a la Cuba del mañana. Ni siquiera garantiza que consiga participar desde un principio en el juego político de la Cuba poscastrista. Tal vez ahí se esconda la tragedia postrera del destierro cubano.

Hay, sin embargo, elementos que permiten calcular una participación activa de los exiliados en la política de la transición cubana. En primer lugar, la aceptación tácita o explícita de que el diferendo político cubano ha de ser resuelto por los ciudadanos residentes en la Isla. Una fórmula que presupone una enorme generosidad por parte de los exiliados y que deja sin efecto los reproches de injerencia que airean los castristas más ortodoxos.

A ello se suman otras dos consideraciones de singular importancia. La primera, la diasporización que el exilio cubano ha experimentado en los últimos años. Si durante décadas, la oposición entre La Habana y Miami monopolizaba cualquier debate sobre la relación entre la nación y la emigración, para decirlo según la taxonomía preferida por las autoridades cubanas, ahora la diáspora se ha afianzado en otros emplazamientos geográficos, y ha ganado prestigio intelectual y capacidad de cabildeo ante gobiernos distintos al de los Estados Unidos. Un segundo elemento que ha modificado al exilio, y podrá incidir en su participación en la política cubana del poscastrismo, es que la desideologización propia del castrismo tardío ha ido llegando a las orillas de todo el mundo con emigrados salidos de Cuba gracias a la lotería de visas o la lotería de la amistad. Hoy el exilio se parece más a la Cuba real de lo que se le ha parecido nunca, debido, en buena medida, a la porosidad de las fronteras de Cuba.

Gustavo Pérez-Firmat, autor de notables páginas sobre la condición del exilio, recordaba cómo asistió a un concierto de Willy Chirino en los meses posteriores al colapso de los regímenes comunistas de la Europa del Este y se dejaba ganar por la extraordinaria emoción que sacudía al auditorio cuando el cantante de Consolación del Sur enumeraba los países liberados y llegaba al final: la mención de Cuba, a la que el exilio creyó siguiente ficha de dominó que caería sobre la mesa de la historia.

Han transcurrido dieciocho años desde entonces y es apenas ahora, tras casi medio siglo de desazones, que el exilio cubano ve acercarse el fin. Un cierre aún apenas entrevisto, pero que alimenta en algunos el sueño del retorno; en otros, el de la libre circulación entre la isla y los islotes de la diáspora. En muchos más, la certeza de que perder la condición de exiliados para establecer una relación de otra índole con el país que algún día nos vimos obligados a abandonar cierra una de las etapas más crueles de la historia de Cuba. También de las más fecundas: la experiencia cultural y vital de los millones de cubanos que han residido lejos de Cuba constituye un importante legado que ofrecer a la Cuba que vendrá. A las Cubas que vendrán. Valdrá mucho más compartir la naturaleza de una diáspora que lo continuará siendo, por elección y no ya por obligación, que llevar armas o presidentes.

Cabe la posibilidad de que medio siglo después de las imágenes de júbilo en Rancho Boyeros que evocaba antes, pronto se repitan allí mismo momentos de euforia y se derramen lágrimas en recuerdo de tantos que no consiguieron volver.

Ojalá esa vuelta sea a un país que no levante ya jamás barreras basadas en el odio y la sinrazón ideológica. Que la diáspora cubana ayude a construir una Cuba que honre a su exilio y se sirva de él.*

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