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Masaya, una zona de guerra: 'Si no morimos por una bala, vamos a morir de hambre'

Manifestantes se enfrentan a las fuerzas gubernamentales el 2 de junio en Masaya.
Manifestantes se enfrentan a las fuerzas gubernamentales el 2 de junio en Masaya. AP

En una silla de ruedas, Aristina serpentea las barricadas para llegar a la iglesia que está frente al cementerio, donde entierran a tres víctimas de las balas.

Enormes trincheras de adoquines arrancados de la calle bloquean vías en ciudades y pueblos, como protesta contra el gobierno de Daniel Ortega y protección frente a las fuerzas antimotines, parapolicías y paramilitares que andan fuertemente armados.

Pero a sus 78 años, Aristina Cerdas no permite que eso la detenga y su hijo la lleva al templo de un humilde barrio de la rebelde y laboriosa ciudad de Masaya, la más reprimida en las protestas que ya han dejado más de 210 muertos en dos meses.

“No tengo miedo de ir: en la iglesia es donde me fortalezco. Tenemos que orar mucho, porque la situación ha estado bastante fregada”, dice la anciana, mientras su hijo empuja la silla. Va apurado por temor a un tiroteo.

Esta ciudad de 100,000 habitantes (en su mayoría pequeños agricultores y artesanos) parece una zona de guerra, entre escombros y trincheras, a solo 30 kilómetros de Managua.

Muchas pulperías y otros negocios atienden a sus clientes a puerta cerrada, pero otros se arriesgan aunque de lejos se escuchen los balazos o el estallido de un mortero artesanal.

“Me van a matar trabajando”

Agitando un matamoscas sobre la mesa con trozos de queso fresco, Denis López y su esposa Johana cuentan que se arriesgan a vender en una esquina porque deben dar de comer a tres niños pequeños.

“Tenemos miedo a que nos maten, pero si no vendemos no comemos. Por las balaceras no podemos salir de nuestras casas y, si lo hacemos, es a buscar el pan de cada día para nuestros hijos”, dice López, ajustando una vieja balanza manual.

Desde allí se divisa un grupo que asiste al funeral de tres personas que murieron por disparos la víspera, durante una violenta incursión de fuerzas policiales y civiles encapuchados y armados, que intentan retomar el control de la ciudad.

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Los manifestantes dan primeros auxilios a un joven que fue alcanzdo por una bala durante los choques con la policía el 9 de junio del 2018. Oscar Duarte AP

Cuando arrecian las balaceras, se refugian en la pulpería de la esquina; pero no pueden dejar de trabajar ni perder la mercancía, explica Johana. El queso no les aguanta más de tres días, sin refrigeración.

Más allá, en el parque central de Masaya, Francis Vega, de 30 años, anda con un carretón azul. “Yo me atrevo a salir porque tengo cuatro hijos. Como la gente no sale yo estoy llevando las verduras a las casas. Si me van a matar, va a ser trabajando”, dice la valiente mujer.

“No queremos más sangre”

Las tradiciones en este país centroamericano marcan la rutina diaria: los domingos se desayuna tamales de maíz y cerdo. Con la puesta del sol, la gente saca sillas a la acera para platicar cuando ya hay menos calor; y al caer la noche aparecen las “fritangas”, ventas de comida frita en plena calle.

Jessica Vivas, de 36 años, está sentada en la puerta de su casa con cuatro familiares. “Estamos agarrando aire, dándole agua a los muchachos [manifestantes] y hablando de tristezas porque por aquí cayó [murió] un chavalo”, afirma.

Sentada en una esquina, en un banquito de madera, Bertha López, de 65 años, ofrece tajadas de plátanos fritos. A su lado se abre una enorme zanja que corta el paso a los vehículos.

“Cuando viene la bulla [disturbio] me meto en esa casa”, cuenta Bertha. Al frente de su puesto, cubriendo una barricada de adoquines se lee en una manta negra en letras rojas: “Ortega vende patria”.

Un carrito de helados recorre algunas calles del centro de Masaya sonando una campanita. Cerca de unas barricadas, en otro barrio de Masaya, un grupo de niños juega béisbol, el deporte nacional. “Sos muy malo, te ponché”, se burla el pitcher del bateador.

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Enormes trincheras de adoquines arrancados de la calle bloquean vías en ciudades y pueblos, como protesta contra el gobierno de Daniel Ortega y protección frente a los antimotines, parapolicías y paramilitares que andan fuertemente armados. Esteban Felix AP

En una mesita en el patio, junto a un cartón de huevos y una canasta de cebollas, tomates y chiltomas (pimientos), Concepción Gaitán levantó un altar con imágenes de yeso, velas y flores artificiales.

“No podemos ni trabajar. Les pido a Jesús y a la Virgen que llegue la paz. No queremos más sangre”, afirmó la mujer de 68 años, en chancletas y delantal.

Aristina llegó puntual a la iglesia. Denis quedó más preocupado porque los vecinos atemorizados no salen a comprar. “Ya queremos que se acabe esto, no podemos seguir así, si no morimos por una bala, nos vamos a morir de hambre”, lamentó.

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