Artes y Letras

Carlos Estévez al borde del vértigo

‘Optometry of the Invisible’, 2014.
‘Optometry of the Invisible’, 2014. PanAmerican ArtProjects

Hay una obsesión gótica y barroca en el arte de Carlos Estévez (Cuba, 1969) que lo hace antiguo y vigente, poético y racionalmente perverso. Como si el conceptismo y el culteranismo se hubiesen fundido en un punto omega de convergencia visual. En esa voluntad de desenterramiento, de alejarse de lo vulgar, radica la magia contemporánea con pulso steampunk de las mise-en-scène de un artista que es, esencialmente, un pensador visual.

Los 12 ensamblajes de Reliquary, su exhibición en Pan American Art Project, están inspirados en las urnas que guardan restos de santos: desde la mandíbula de San Juan o la lengua de San Antonio, hasta fragmentos de la encina bajo la que oraba Abraham; es decir, residuos subvertidos tras milenios de contrabando ideológico.

The Migratory Limit of Vertigo (2015) abre el recorrido con una reflexión sobre la belleza y el dolor. Las agujas de sutura y las tijeras quirúrgicas escoltan a una figura vestida de púrpura: el color de la penitencia, también del poder y la vanidad. La falda de crinolina y el corsé estructurados con carreteles de hilo: material esencial en sus ensamblajes, en esa red blanda que el artista teje sobre algunas de sus piezas como eruv de una invisible cartografía territorial. Esta pieza de Estévez alude también a la frontera flexible entre los conceptos: las herramientas que “torturan” en nombre de la belleza, también alivian y sanan.

Sobre esa misma lógica, Inner Battles (2014) convierte la urna en torso, acentuando que las principales batallas son internas. Soldados y villas medievales son las fichas del juego simbólico. Quienes custodian la ciudad la secuestran, nuestras fuerzas nos debilitan. En ese precario equilibrio radica el misterio del ser. En la pared de enfrente, Transmutation of the Unreachable (into Something Else) completa la historia. El artista es crucificado por el deseo en el momento en que “lo inalcanzable se convierte en algo más”. En el centro de su cuerpo vacío y sus fronteras cardinales, esa geometría fractal, cinética, trazada con la obsesiva perfección de quien construye galaxias, nos avisa que ahora cambiará el objeto del deseo.

Hay un mundo invisible, tan real como el objetivo, parece decirnos Optometry of the Invisible (2014). Pero esa visibilidad no es medible con las viejas herramientas, su optometría se afinca en el Eclesiastés: “el hombre sabio tiene ojos en la cabeza, pero el ignorante camina en la oscuridad”. Por eso esta obra, que puede ser hiriente, censurante, monstruosa, luego irradia una incómoda sensación de paz.

Sobre el tiempo, pavoroso invento humano, versan otros gabinetes: Timepiece, Tiny Time Ballet y Sempiternal Ballet Rehearsal, todos de 2105; así como un delicado estuche, Facetime –que es quizás, junto a Silent Loves (2014), la obra más lúdicra de la muestra. En Timepiece la silueta humana está armada de un centenar de pequeños mecanismos de relojería. Metafóricamente atrapado en el tiempo, el hombre es Prometeo encadenado al riguroso paso de las horas. Ese acto lo cosifica –uno puede mirar su biografía exagerada a través de cristales de aumento–, convirtiéndolo en la maquinaria que ejecuta algún meticuloso ballet. Como en la pequeña urna Tiny Time Ballet, una de mis favoritas, en la que Estévez insufla a la marioneta de una bailarina en miniatura la gracia cinética del efecto estroboscópico.

Sempiternal Ballet Rehearsal precisa desde el título que la dictadura del tiempo no es eterna, pero nos sobrevivirá. Esta obra está formada por tres paneles móviles: a la izquierda, el meticuloso decorado de esferas y mecanismos conforma un mosaico que habla del tiempo táctil, retiniano; a la derecha, péndulos y pesas, remedan su ciclo perpetuo, la música de sus silencios. En el centro, las herramientas de medición de tornear componen su dramática y hasta esperpéntica coreografía. Como si el hombre marioneta se afanase en calibrar lo inconmensurable.

En Reliquary, Carlos Estévez, nos dice que “el universo no tiene un significado inherente”, que “la gente crea su propio significado”, que “la misión del ser humano es llenar las pausas y vacíos del universo”. Y nos demuestra que la naturaleza sacra de las reliquias radica en su humanidad, la incertidumbre del objet trouvé. En Reliquary, Estévez pone un pie sobre ese abismo filosófico para escuchar la melodía de las esferas.

Joaquín Badajoz es escritor, comisario y crítico de arte.

jbadajoz@aol.com

‘Reliquary’, de Carlos Estévez. Hasta el 25 de abril en Pan American Art Projects. 2450 NW 2nd Ave., Miami. (305) 573-2400. www.panamericanart.com

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