Artes y Letras

Carlos Martiel, letanías corporales

‘Prodigal Son’, 2013.
‘Prodigal Son’, 2013. Carlos Martiel/Steve Turner/Tomas Ortolan.

Desde que en el 2013 recibiera el Premio Arte Laguna de Performance en Venecia, a propósito de su obra Prodigal Son, 2010, el discurso estético del joven artista cubano Carlos Martiel (La Habana, 1989), se ha instalado en los principales circuitos del arte internacional asistido por fuertes resortes de legitimación y de prestigio. Su próxima intervención, que tendrá lugar en Mandragoras Art Space, en la ciudad de Nueva York y bajo el título Ascensión, se inscribe dentro de esa línea de insubordinaciones y desobediencias desenfrenadas tan propias a su proyecto. Se trata de una puesta en escena francamente escalofriante, respaldada por una altísima cuota de extrañamiento y dolor. El cuerpo se traviste en soporte discursivo de un cuestionamiento ético y humanista acerca de dónde residen los límites (presumibles) entre dos sujetos antagónicos y cercanos a un tiempo: el héroe y el asesino.

Parado en medio de la galería por un período de dos horas, el artista ofrecerá su cuerpo desnudo a la mirada predatoria de todos. El mismo cuerpo que antes (y durante) ha sido intervenido quirúrgicamente para coser en él (literalmente), los fragmentos de un uniforme militar norteamericano de camuflaje. La acción –sin duda alguna hiriente en varios órdenes no solo de lo físico sino también de lo simbólico– promueve una reflexión de tintes paradójicos en torno al concepto de heroicidad articulados sobre la arquitectura desvencijada de ciertas actitudes tan patrióticas como suicidas. Ese absurdo sacrificio de la vida en nombre de un bien común, colectivo, gregario y, al cabo, ridículo, es sometido a discusión pública mediante una maniobra que resulta lo mismo irónica, alegórica, hiriente y hasta erótica. El autoritarismo como extensión de ese falo que ha de estar siempre en función de la conquista y la penetración como los trofeos más visibles de su propio ego, queda aquí desautorizado por una acción que no resultará nunca indiferente.

Es precisamente ese cuerpo alterado, en tanto que material de especulación estética y política, el punto de partida del trabajo de este artista. Martiel usurpa su propio cuerpo, lo doblega frente a la voluntad discusiva, lo domina, lo humilla, lo venera y los restituye una y otra vez, expuesto siempre a la mirada pública, al juicio de valor de los otros, de nosotros. A todas luces en un claro acto de impunidad que conlleva siempre una aguda y suspicaz reflexión sobre los vulnerables límites de la vida y de la muerte. Pero, y ante todo, un cuestionamiento feroz respecto de esa maltrecha estatura del héroe. Ese héroe haciendo el mundo, conquistando un territorio que ya es la historia confesada de un fracaso ante los tiempos que corren. Tiempos que, en apariencia, se advierten abocados a la reconciliación de los dramas anteriores, a la superación de un abismo, de un espacio sin nombre.

Las ideas de la censura, el rebajamiento del ídolo, la humillación, el escarnio público como escarmiento, la persecución que sobreviene a la libertad del pensamiento propio y la restitución del valor personal ante la “historia oficial” contada por otros, están en la base de esta propuesta suya y actúan como resortes en extremo elocuentes desde lo que se articula la voz que habita en cada uno de sus performances. Nada que deba extrañar si se advierte el carácter claramente emancipatorio de su propuesta: su indiscutible implicación política, su declarada dimensión antropológica y, más que nada, el hecho de resultar un legítimo heredero de esa tradición artística que, desde la mítica Ana Mendieta y pasando por la actual desobediencia de Tania Bruguera, el homoerotismo de Eduardo Hernández Santos y la revancha poscolonial de René Peña, ha tenido en la idea de “cuerpo expandido” la razón de ser de la obra en sí.

Es el relato propio, que incorpora a su vez las narrativas personales de muchos otros como espejo y reproducción colectiva, lo que resulta el leitmotiv de toda su obra. Sin dudarlo es justo esa colocación del “yo del artista” en primera persona, lo que de alguna manera actualiza los índices de honestidad crítica de su obra y no deja margen a la sospecha acerca de su compromiso frente al hecho estético que es asumido aquí como ámbito de discusión y de polémica. Cuando se advierte este carácter transgresor y la necesidad de convertir el proyecto personal en una experiencia estética de todos, no es de extrañar que Martiel, entre el 2008 y 2009, haya sido parte del proyecto Cátedra de Conducta dirigido por la artista cubana Tania Bruguera. Lo que, sin duda, supuso para él una nueva comprensión de las dimensiones del arte y de sus posibilidades de cambio.

Andrés Issac Santana reside en Madrid. Es escritor, comisario y crítico de arte.

artnexus73@yahoo.es

‘Ascensión’, performance de Carlos Martiel. El 16 de mayo a las 2 p.m. en Mandragoras Art Space, en Nueva York. www.mandragoras.org

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