Artes y Letras

Sergio Ramírez: ‘Hay que cuidarse de las utopías regresivas, que acaban en desastres’

En Juan de Juanes, el escritor nicaragüense Sergio Ramírez habla de dos fotos tomadas en un bar en Gijón, España, por el fotógrafo argentino Daniel Mordzinski, durante la gira de promoción por el Premio Alfaguara. “Un premio doble”, el primero que emitió la casa editora, en 1998, que ganaron Ramírez por Margarita, está linda la mar, y Eliseo Alberto “Lichi” por Caracol Beach. En una de las fotos Ramírez y Eliseo Alberto juegan una partida de dominó, con la esperada pericia de “Lichi”, que como buen habanero, según reconoce Ramírez, era “un sabio” del juego. En la otra foto, la que se recoge en el libro, Ramírez y “Lichi” unen las manos con el periodista Juan Cruz, quien, detrás de la barra, posa como cantinero. Esta imagen es una suerte de resumen del espíritu de estas memorias que no solo hablan de Ramírez sino de numerosos escritores latinoamericanos, tanto de los gigantes del boom como de otros menos reconocidos pero con historias fascinantes.

Ramírez presenta Juan de Juanes publicado por una editorial de Miami, La Pereza Ediciones, el miércoles 18, en el Koubek Center, y el jueves 19, en Barnes and Noble. Magnífica oportunidad para conversar con este intelectual que además fue vicepresidente de su país del 1986 al 1990.

Uno de los aspectos que llama la atención de Juan de Juanes es su naturaleza híbrida, son unas memorias muy generosas porque habla de usted, pero mucho más de otros escritores. ¿Cómo clasificaría este libro?

Quizás podríamos hablar de la bitácora de un viaje por la literatura, una ruta en la que voy en compañía, o me encuentro en ciertas estaciones del viaje con esa compañía. Es un mundo que al fin y al cabo no viene a ser tan extraño, desde luego que todos los pasajeros-escritores somos seres humanos con grandezas y debilidades, cualidades y miserias. Y a fin de cuentas lo que quiero contar es que a lo largo de esa ruta me he hallado con gente entrañable, que quisiera que nunca se murieran pero ya se sabe que no es así, se van muriendo y lo que me queda es la desolación. Tomás Eloy [Martínez], [Carlos] Fuentes, [Eliseo Alberto] Lichi, Saramago, Benedetti, Monterroso, [Gabriel García Márquez] Gabo. En este sentido es también un libro de obituarios, un libro elegíaco.

El libro gira en torno a Juan Cruz, ese canario inefable. ¿Por qué, haciendo un balance, resulta tan importante la labor que ha hecho Cruz?

Juan Cruz es el cronista de los escritores de su época. Los ha entrevistado a todos, ha conversado con todos, y como empiezo diciendo en el libro, tiene el don de la ubicuidad porque siempre está en todas partes. Ha estado en la ceremonia de entrega del Nobel sin fallar, al menos en las últimas 10 ocasiones. Si hablamos de periodista cultural, él es el mejor ejemplo, imaginativo, incisivo, lúcido. Y además es un buenísimo escritor. Cuando leí su libro Egos revueltos, que trata de los egos de los escritores, quise ponerle un espejo enfrente, y hablar de los escritores que he conocido desde mi propia experiencia, explicar al lector cómo ha sido ese trato. Alguien me ha dicho que soy una especie de bisagra entre la generación del

boom y las generaciones siguientes, y me gusta ese papel.

Entre los momentos más memorables del libro se encuentran los que se relacionan con Cortázar, con ese viaje a la selva en el avión tan débil que parecía se caería en cualquier momento. Siempre aparece en las memorias de otros escritores como alguien generoso, encantador. ¿Cómo lo recuerda?

Eso, un hombre de quizás dos metros de estatura, encantador como un niño por su inocencia, y feroz a la hora de sus ironías. Generoso y humilde, serio en sus cosas e intransigente a la hora de serlo. Que el avión en que volamos a la selva en la frontera entre Costa Rica y Nicaragua en 1976 fuera a caerse, es parte de la manera cortazariana de asumir el humor en la escritura, como lo pone en su cuento Apocalipsis de Solentiname. Era una avioneta Piper Azteca en excelentes condiciones, con un piloto experimentado, pero volar en un aparato de esos que siempre parece estar a merced del viento, le encoge el alma a cualquiera. Lo mismo cuando Julio narra la inauguración de una micropresa a la que lo llevé bajo un sol de justicia. El sólo piensa en Vlad el empalador en aquella silleta incómoda, o en que van a fusilarlo sentado en la tarima bajo ese sol, como hacían con los próceres en el siglo XIX, una cortesía de último minuto.

Quisiera preguntarle de esos recuerdos de Eliseo Alberto, de ese extraño viaje a Miami en que usted terminó en una cabina de radio con Olga Guillot.

Lo cuento tal como ocurrió. ¿Qué extraño viento llevó esa tarde hasta la cabina de transmisión a Olga Guillot, que oía el programa mientras conducía por una autopista de Miami? Para mí fue un encuentro con el milagro, como si se me hubiera aparecido Bobby Capó, o Celia Cruz, o Celio González, Bienvenido Granda, personajes legendarios de mi infancia, que es cuando empecé a entrar en el mundo encantado de los boleros a los acordes cadenciosos de la Sonora Matancera. Y Lichi se lo perdió. El cubano más cubano que he conocido: “algún cubano puede querer a Cuba igual que yo, pero no admito que nadie me diga que la quiere más que yo”, solía decir. En la promoción del premio Alfaguara en 1998 anduvimos por muchos países y ciudades, dimos decenas de entrevistas, nos presentamos en muchos escenarios, forjamos una amistad para siempre. Y la estación en Miami fue para mí de las más memorables de esa gira, por eso la cuento en el libro.

En el libro tiene espacio tanto para García Márquez y la anécdota de que solo firmaba libros (no servilletas ni otras cosas) como para escritores menos conocidos pero realmente interesantes. ¿Por qué siente que debe recordar a Francisco Ruiz Udiel, a Chema Lopez Baldizón y Alvaro Menen Desleal, por ejemplo?

Porque no son famosos, y este es un libro donde caben los famosos y los no famosos, desde luego que la literatura es un oficio integral. Y esos tres que mencionas, además de haber sido buenos escritores, tuvieron vidas singulares, fueron parte de ese apostolado de la literatura. Ruiz Udiel se suicidó muy jovencito y truncó la promesa que él mismo era como poeta. Chema fue asesinado en Guatemala, víctima de la terrible represión que diezmó las filas de artistas e intelectuales. Y Menen Desleal, extravagante, divertido, vivió ese episodio que cuento en el que tiene que ver con un prólogo de Jorge Luis Borges que él mismo inventó para un libro suyo de cuentos.

Hay dos momentos que tienen que ver directamente con usted. Uno es cuando Cruz le dice que no ponga en la solapa del libro que fue vicepresidente de Nicaragua, y usted concuerda afirmando que usted mismo no compraría el libro de un vicepresidente. ¿Por qué fue tan bueno el consejo? ¿Es verdad eso de que son tan malos políticos los escritores? Y a su vez, ¿por qué el poder no los tolera pero le encanta rodearse de ellos?

Ese es un estigma que no deja de perseguirme aun ahora. Cuando voy a empezar una presentación literaria delante de un auditorio lleno, en cualquier parte, y me anuncian como escritor y ex vicepresidente, me suelo encoger en el asiento. No me gusta, pero es inevitable. ¿Por qué yo, me digo? Los vicepresidentes nunca son recordados, no figuran en los libros de historia. “Llantas de recambio”, los ha llamado alguien, y es lo más despectivo que he oído, pero es la verdad.

Ahora, creo que los escritores son malos políticos porque no tienen los pies sobre la tierra, ni la cabeza tan fría como para alegar razones de estado para tomar decisiones implacables, controvertidas, o hasta crueles. Un novelista dispone de la vida y de la suerte de sus personajes, pero no es capaz de disponer de la vida y de la suerte de los ciudadanos de un país. Tolstoi pudo describir la batalla de Borodino como si hubiera estado allí, pero no hubiera sido capaz de dirigir a las tropas rusas, o a las francesas. No hubiera podido ser Napoleón de carne y hueso, ni tampoco el zar Alejandro de carne y hueso.

Y cuando los escritores se acercan a los políticos reales, que son pragmáticos y manejan otro tipo de ética, entran en conflicto con ellos, el eterno conflicto entre el intelectual y el hombre de acción. Rómulo Betancourt, Juan Bosch, Vargas Llosa, todos ellos derrotados en la política, y triunfantes como escritores. El poder los quiere cerca, quiere su prestigio, los presidentes quieren fotografiarse al lado de ellos cuando son famosos, pero también lo hacen con los boxeadores coronados y con las estrellas pop. Fotografiarse con los novelistas para darse un baño de intelecto.

Otro momento memorable es aquel en que narra sus recuerdos de joven proyeccionista en su pueblo. ¿Se traslada esa pasión por el cine a su obra literaria? ¿Recuerda alguna conversación con Cabrera Infante sobre este tema?

Nunca conocí, por desgracia, a Cabrera Infante, que sigue siendo para mí una leyenda desde que, cuando niño, leía en mi pueblo de Masatepe, cuando yo era proyeccionista del cine de mi tío, sus críticas de cine en Carteles, que él firmaba como G. Caín. Carteles llegaba puntualmente cada semana a Masatepe, lo mismo que Bohemia. Y sí, mi pasión por el cine se trasladó a mi pasión literaria. Cuando mi tío me nombró operador oficial de su cine, entré en una vida distinta, y cuando vi Cinema Paradiso la primera vez, me estremecí: Tornatore me estaba contando mi propia historia.

Aprendí desde los 12 años que las técnicas de ver en el cine, se trasmutaban a las técnicas de contar en la literatura. Planos lejanos, medios, cercanos, encadenamientos, fundidos, cortes, voces en off, flashbacks. Luego, en mis años de Berlín en los años 1970 completé ese entrenamiento intensivo yendo todas las noches a ver películas clásicas al cine Arsenal, allí saqué, diría, mi doctorado en cine. Neorrealismo italiano, expresionismo alemán, cine francés de posguerra.

La historia de lo acontecido al poeta salvadoreño Roque Dalton, ese asesinato fratricida es de alguna manera la ejemplificación del axioma de que la Revolución devora a sus propios hijos, aunque esta era solo en ciernes. ¿Usted vivió esa situación en el proceso en Nicaragua? En retrospectiva, ¿siente que valió la pena mezclarse en política? ¿Se siente conforme con el balance actual en su país?

En mi libro de memorias sobre la revolución Adiós Muchachos, uso ese símil del cuadro de Goya, frente al que voy siempre a situarme cada vez que entro en el Museo del Prado, Saturno devorando a sus propios hijos con fauces ensangrentadas. Es el precio incesante que se paga en las revoluciones de las que otros, los más despiadados y mejor dotados para la mentira y el cálculo, terminan apropiándose. Pero no haber estado allí, no haber participado, es un imposible. Estuve, no tengo más que reflexionar sobre ese hecho, pero no ignorarlo. Lo que ocurre hoy en Nicaragua no es nada revolucionario, ni tampoco nada democrático. Estamos bajo el peso de una autocracia, otra más en la lista de las que hemos sufrido en nuestra historia.

¿Cómo percibe la situación actual de violencia en Centroamérica?

Pesan distintos factores: las redes del narcotráfico que atraviesan la región. Las pandillas juveniles en El Salvador, Honduras y Guatemala, que se han vuelto verdaderas organizaciones criminales. El tráfico de inmigrantes ilegales hacia Estados Unidos y los abusos de que son víctimas, extorsionados, secuestrados, asesinados. Y la violencia de la pobreza y de la marginación, la violencia de la falta de oportunidades de trabajo y de estudio, la violencia de las fortunas corruptas que crecen como la espuma al amparo del poder. La violencia de la autocracia, que niega la democracia y estrecha la libertad de expresión. Todo está ligado. Mientras no tengamos instituciones firmes, jueces y fiscales que no se dejen corromper, institutos electorales transparentes e independientes, ciudadanos mejor educados, escolaridad alta, mejor distribución de la riqueza, mayor equidad, la violencia seguirá.

¿Cree en las utopías o, en su defecto, en algo que involucre la palabra futuro sin que parezca una consigna?

De lo que hay que cuidarse es de las utopías regresivas que acaban siempre en grandes desastres. Veamos nada más lo que ocurre en Venezuela: después de haberse probado hasta la saciedad que el control estatal de la economía es una aberración, otra vez los estantes están vacíos, otra vez los alimentos almacenados en contenedores en los puertos se pudren, y suena a hueco la propaganda oficial de que todo es causado por una conspiración, y no por la ineficiencia y el caos que todo sistema de control que pretende ser absoluto trae consigo.

Pero no se puede vivir sin utopías, la humanidad siempre ha mirado hacia ellas. Mi utopía es la de una sociedad democrática y a la vez justa, una sociedad de ciudadanos educados, que porque tienen las herramientas críticas en su mano, no pueden ser fácilmente engañados por la demagogia. Una sociedad donde el ingreso esté repartido con equidad. Eso, para mí, es una utopía probable.

Sergio Ramírez presenta ‘Juan de Juanes’ miércoles 18, 7:30 p.m., Koubek Center, 2705 SW 3 St., y jueves 19, 7 p.m., Barnes and Noble, 12405 N. Kendall Dr.

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