Artes y Letras

Sorpresas de una tarde de verano

El prometido gran final del Mainly Mozart Festival no solo cumplió sino que superó toda expectativa y, además, brindó gratas sorpresas que excedieron el renglón estrictamente musical.

En el primer día del verano, reconfortó asistir a un concierto de música de cámara en el vasto Knight Concert Hall del Adrienne Arsht Center –en plena Copa Mundial de Fútbol– y encontrar una sala repleta, léase más de 2,000 personas. Más que un logro, una verdadera hazaña para sus organizadores y un duro revés para quienes sostienen que no hay público en la “no-temporada-musical” del tórrido verano miamense.

Las razones del éxito fueron varias. A saber, y destacar, un programa bien armado, con obras accesibles que combinaron lo frecuentado con rarezas, ejecutado por tres artistas de probada jerarquía a los que se añadió un final coreográfico con la participación de excelentes integrantes del Miami City Ballet, aunque esta conjunción de música y danza fue lo menos destacable de la velada, atrajo gran parte de público asimismo incentivado por el precio de todas las localidades ($20).

El concierto apuntó a un tema, Mi patria, que en una ciudad como Miami tiene fuerte arraigo y connotaciones tanto en la música como en la nostalgia y el recuerdo; de hecho, la patria errante desde la perspectiva eslava, rusa y judía en gemas musicales de Rachmaninov, Bloch, Bartok, Tsintsadze y Dvorak.

Responsable de este “golazo musical” fue Marina Radiushina, que, además de organizar, se lució en un refrescante solo de transcripciones de canciones de Rachmaninov – Lilas y Aguas primaverales– en el que la pianista ucraniana confirmó la notable impresión causada con su participación en el resto del programa.

Si bien la premiada joven violinista canadiense Yi-Jia Susanne Hou exhibió el virtuosismo esperado en el Tzigane de Ravel y las Danzas populares rumanas de Bartok, fue la actuación de Amit Peled la que deslumbró gracias a una musicalidad y carisma soberanos. En la plegaria de Bloch (de Vida judía) y la Canción del juglar de Glazunov cautivó con limpidez, profundidad y un sonido opulento capaz de abarcar un amplísimo rango sin compromenter ningún aspecto estilístico o técnico. No obstante, fue en las Cinco piezas sobre temas populares de Sulkhan Tsintsadze en las que el chelista israelí, secundado por la requerida fiereza de Radiushina, logró el punto más alto de la velada con un despliegue de recursos realmente excepcional y siempre medido. Peled incursiona por tercera vez en el escenario local y debería regresar pronto; una lectura de las Suites de Bach con el instrumento que le legó Pablo Casals podría señalar un hito en temporadas venideras.

Dos clásicos tríos del repertorio enmarcaron el programa que fue iniciado con el primer Elegíaco de Rachmaninov en una versión suntuosa y expresiva que dio la tónica de la velada y que finalizó con una selección del Dumky de Dvorak, en la que a los tres eximios instrumentistas se sumaron los bailarines en coreografía de Adriana Pierce.

Como inesperada propina, el pas-de-deux del Café Music de Paul Schoenfield en cierta medida funcionó como anticlímax para el concierto que se había extendido demasiado entre presentaciones y pausas. Vale destacar que la introducción a cada obra, recurso de alto riesgo, probó ser un acierto gracias a la escueta y precisa narración de Frank Cooper, bien ilustrada con videos de Ali Habashi.

Las mínimas aristas a limar (básicamente organizativas) no logran opacar el sensacional resultado de un concierto contra el cual no pudo el sol, ni el domingo, ni el fútbol, en el que triunfó la buena música y en el que emerge claramente el compromiso a trabajar en unidad, una propuesta que debe apoyarse sin vuelta de hoja. La audiencia está lista y expectante, solo falta una oferta rica y variada que no debe hacerse esperar.• 

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