Artes y Letras

Leonel Matheu: la persistencia de las imágenes

Como el diabólico Krank, el genio loco de La Cité des enfants perdus, Leonel Matheu (La Habana, 1967) secuestra sueños infantiles que, en un rapto de violencia y lucidez, transforma en pesadillas. Simbólicas, opresivas y recurrentes, como suelen ser todas las antiutopías, bajo ese ritmo biomecánico y cinemático, acentuado por repetitivas e hipnóticas videoinstalaciones, se recorren las salas de Crossroads of the Dystopia ( Encrucijadas de la distopía), exhibición retrospectiva del artista cubanoamericano en The Patricia and Philip Frost Art Museum, de Miami.

La distopía de Matheu explota una condición onírica, preámbulo de ese estado catatónico, a medio camino entre la pesadilla y el sueño, que sin ser indeseable no deja de ser inquietante, porque uno puede llegar a aceptar que entre todas las sociedades totalitarias esta, que enmascara su violencia bajo una fachada de benevolencia, sería una de las más seductoras y peligrosas. Toda su violencia es apenas una posibilidad que flota en suspense, esperando un chasquido de dedos para disparar su mecanismo de decapitación. Dentro de esa calma matheusiana late la ansiedad.

Estas figuras antropomórficas también producen algo parecido a la coulrofobia, ese temor irracional a los payasos. Uno sabe que no son confiables. La más icónica, una mezcla de Pinocho y Mr. Potato Head, domina el universo de híbridos animados protagonistas de estas obras que a veces nos sentimos tentados a llamar “episodios”.

Heredero de la estética neoexpresionista que inauguró Philip Guston, Matheu se curtió en los inicios de otra de las grandes transiciones del arte contemporáneo: el origen del surrealismo pop o lowbrow art. Mientras artistas como Mark Ryden o Gary Baseman, desde California, se apropiaban de una visualidad vintage o anime, la figuración y los ambientes de Matheu parecen extraídos de ilustraciones y dibujos animados de los antiguos países socialistas. En sus pinturas se respira una estética de la Ostalgia, esa fascinación nostálgica –incluso como rechazo, denuncia o cita sarcástica– por el mundo álgido y distante de la Europa comunista que invadió los televisores y el imaginario de varias generaciones de cubanos. Si es cubana su obra, como afirma el catálogo, lo es precisamente a partir de esa ajena transculturación, y no porque aluda directamente a la circunstancia insular.

Los “juguetes” de Matheu viven, sin embargo, al ritmo de los tiempos, e incluso se le anticipan: se toman selfies y explotan el adictivo hipnotismo de los microvideos en circuito desde una década antes de la furia de Instagram y Vine: cuatro videoclips en loops de tres minutos, creados entre el 2005 y el 2009, ayudan a acentuar el ambiente de universo distópico, esa sensación de sentirse acompañado o vigilado, que es uno de los méritos curatoriales de la muestra.

Tanto en sus obras bidimensionales como en sus videoinstalaciones, Matheu juega con nuestra memoria icónica, activando esa percepción de movimiento como una sucesión de planos estáticos, y la sensación de que algo está a punto de suceder de manera cíclica y permanente. Ese recurso de anclaje, en un nivel metafórico, se destaca en instalaciones como Good Intentions (2013), en la que su juguete icónico aparece sumergido en un tanque de petróleo o asfalto, a punto de ser lanzado al mar como las ejecuciones rituales mafiosas, o simplemente oculto, vigilante. De esa ambigüedad surge el misterioso desasosiego que acompaña a esta obra: su fijeza y su movilidad, su carga y su levedad.

Como lúcidamente afirma la curadora Janet Batet en su introducción a la muestra: “Con un magistral uso del lenguaje sintético del diseño gráfico, Matheu construye una iconografía personal, pero también universal, que entreteje en íntimas fábulas de nuestra existencia diaria. Espiritualidad, tecnología, pasión, soledad, sueños, quimeras y decepciones son el corazón del cuerpo reflexivo de su obra”. Y es cierto que hay momentos en los que su obra propone de una manera directa alguna fábula moderna con su moraleja, como Mission (2010), en la que un grupo de osos marchan de manera robótica en favor de la conservación de los bosques con hachas, ramas y brazos de madera.

En esta amplia reunión de casi 70 obras, se puede apreciar una extensa variedad de técnicas y materiales que van desde la animación y la instalación con materiales mixtos hasta el óleo sobre tela, el óleo pastel, la tinta sobre tela o las serigrafías de Vitality, una serie que forma parte de su ambientación del Jackson South Community Hospital, en la que, tomando elementos gráficos como sus pájaros con cuerpo de Origami, nubes, arcoíris, hierbas estilizadas o árboles desnudos, el artista construye niveles decorativos y simbólicos que respondan a las necesidad del diseño funcional.

Tras atravesar la encrucijada matheusiana, uno puede descubrir, con suerte, que como en las matrioskas rusas esta obra contiene múltiples historias, unas dentro de otras, que explican la distopía en un sentido lúdico, quizás el único desde el que puede uno acercarse a una sociedad totalitaria: una utopía hueca en la que anida una quimera que contiene un sueño y una pesadilla. • 

Joaquín Badajoz es escritor, curador y crítico de arte. Escribe de arte para diferentes publicaciones y galerías.

‘Crossroads of the Dystopia’ en The Patricia & Phillip Frost Art Museum Florida International University, 10975 SW 17 St. (305) 348.2890. Hasta el 14 de septiembre.

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